martes, 8 de abril de 2025

474/ "Marinas de ensueño"

Confesaré algo: la re-lectura de un libro no es (por decirlo así) plato de <<ordinario>> gusto para mí. No es lo acostumbrado. La re-lectura de un libro de poemas, diré ahora,  deja un regusto agradable en mi paladar lector. La re-lectura de una novela, desde luego, se le vuelve acibarada a éste. Pero iré sin dilación al caso que nos ocupa: un poemario sustancioso de Juan Ramón Jiménez; su título: Historias; fecha de primera lectura: año 18. En el 25 lo releo, sí, con verdadero gusto; pretexto: la excepcional musicalidad de los versos juanramonianos, muchos de ellos pertenecientes a la primera época del poeta (la <<sensitiva>>). Un concierto sinfónico, por ejemplo, lo hallamos en la sección <<Otras marinas de ensueño>>. Ahí podrá comprobarse lo que mal que bien sostengo en este improvisado post. 

     Botón de muestra:


     Al fondo de la calle de lluvia, sola y pobre,

     como un jardín se inflama un ocaso vehemente;

     los muros son astrosos, los cristales, de cobre;

     se dijera que todo se va a acabar, que el poniente

     es un fin verdadero…


     Huele a brea y a lama,

     casi en seco, los pobres barcos están doblados…

     Un arroyo de sangre parece que derrama

     todavía no sé qué ríos agotados…


     ¿A dónde ir? ¿En dónde estar? ¿Hay alegría

     en parte alguna? ¿Es verdad que hay aurora?

     Todo el color del mundo es esta marina de ele(j)ía,

     la risa, esta agua sucia y sangrienta que llora…


    

     Otro botón de muestra, esta vez, alegre: 


     ¡Oh, tarde clara, pura, suave, melodiosa!

     En los cristales se refleja la marina…

     todo es de un oro suave, de un melodioso rosa…

     Se dijera de agua la brisa vespertina…


     El aire trae y lleva la alegría del puerto…

     todo es tranquilo: el trabajo, la risa, la sirena…

     El mismo hogar alegre, de par en par abierto,

     parece que se va, por una mar serena…


     Como sin fuera absurda la nostal(j)ia se olvida

     está aquí lo solado, lo cierto, lo bendito…

     qué gracia de colores, está nueva la vida…

     en el ocaso má(j)ico se muestra lo infinito…

   


     Siete años, como siete días, han transcurrido entre la primera lectura y la no menos primera re-lectura de Historias. Siete <<diminutas enormidades>>. Siete abismos líricos sin lírica (por decirlo al modo jeroglífico). No hay jeroglífico que valga: cada vez está menos presente la lírica entre nuestros líricos. Esto, paciente lector, es todo lo que hay. 

     Hoy el ojo y el oído (los míos) tejen su red de significados abstractos de manera más eficiente que siete primaveras antes. La melancolía ha sido, por fin, trascendida; como la nostalgia. Ergo: la lectura sosegada, sensitiva (auditiva y visual), ha acabado imponiéndose definitivamente a esa otra lectura racional que echaba humo cada vez que mis ojos se topaban con una de estas <<marinas de ensueño>>… Y qué belleza, y qué aburrimiento, y qué fantástico aburrimiento… Leyendo estas marinas se aburre uno con delicadeza: la única manera legitima, me parece, de aburrirse el lector. Y que nadie confunda delicado aburrimiento con bajeza o mediocridad artísticas. ¡Nada que ver! Juan Ramón Jiménez es (fue. Será) el mejor poeta de la historia de la literatura de todos los tiempos. Repito: ¡De todos los tiempos! É, incontestablemente, cosí.              

miércoles, 2 de abril de 2025

473/ Sólo Moguer...

La última entrega en forma de aliento poético que hizo a la humanidad Juan Ramón Jiménez fue Moguer. Moguer: librito de versos y prosas, no pueblo, no patria chica del poeta; pero, también, Moguer patria chica del poeta y pueblo y todo lo imaginable del corazón del hombre. Un libro que es pueblo que, a su vez, es libro. ¡Cuántas horas y días y semanas y meses y años no pasaría yo en Moguer pueblo…! Valga la especificación: cuatro ensoñados años. Más concretamente: los de la Secundaria y el Bachillerato. Cuatro ensoñados años de compañerismo puro y de amistad enseñoreada de la alegría individual y, por supuesto, de conjunto. Como el poeta, cuando me asomaba a la azotea de mi piso de San Juan del Puerto, veía lo que él veía cuando a la suya se encaramaba. Escribe el Nobel: <<Veía por encima de las casas de enfrente la Rábida embozada en pinares verdeoscuros y el mar espadeando entre ellos; Huelva con sus cabezos granas, sus vapores y sus muelles negros; los montes suaves, perlas, de la sierra de Aracena, lejos, por encima de las marismas inmensas; San Juan del Puerto, largo, con su estación del tren entre los eucaliptos; Beas chiquito, Lucena tapado, Bonares después, casi Niebla (…)>> (op.cit. Fundación JRJ. Huelva, 1982. Pág., 196).

     Todos y cada uno de los enclaves mencionados por Juan Ramón en el poema en prosa titulado Granadilla, tú… tuve yo el buen tino de pisar con mis pies de plomo. Repito: todos. Con mis pies de plomo de adolescente casi onubense e inigualable y pleno de sol de abril de Sevilla la llana. Remembranzas, sí… Memoria de un adolescente soñador y enamoradizo, como lo fue el poeta, respirador absoluto de un aire oloroso a marisma y a celulosa acentuadas… Y el azahar al fondo, a unos ochenta o noventa kilómetros de allí, donde se erige Sevilla embellecida (esplendorosa).

     Compartí con Juan Ramón atmósfera espiritual, sensual, quinceañera y resplandeciente. Él recaló, luego, en Hispalis (como yo. Apostillaré, ahora, algo: yo salí <<de>> y recalé <<en>> Hispalis. Aquí acaban nuestros paralelismos). Más tarde, el poeta arribó a Madrid, ciudad literaria entre las ciudades literarias; sólo Buenos Aires se le arrima un ápice. A veces pienso que Juan Ramón escribió todos sus versos para que los leyese un servidor de (casi) nadie; y, esto, sólo. Tal es la fusión <<mágica>> que experimento con la obra del <<Andaluz Universal>>. Me ocurre lo mismo con Federico y la suya (su obra); no así con Rafael y la suya (más marinero, éste, que hortelano); Miguel Hernández era, creo, el verdadero hortelano; con todo y que la obra del poeta del Puerto de Santamaría la juzgo sublime. El último en discordia sería Antonio Machado (con él comparto <<recuerdos de un patio de Sevilla...>>. Eso es todo. No es baladí).

     Moguer libro ha supuesto para mí un nuevo (y gozoso) encadenamiento a la obra sin par de Juan Ramón. O, por mejor decir, un recordatorio sentimental y espiritual ha supuesto para mí leer la obrita con alas (pero desprovista de pico torvo) Moguer. Más en esta época del año (<<Abril, sin tu asistencia clara, fuera/ invierno de caídos esplendores…>>) en que visito regularmente el campo por circunstancias que no vienen a cuento. Situarse en pleno campo uno y no representársele mentalmente la lectura juanramoniana de rigor, de hace un rato, resulta poco menos que imposible. Un calorcillo visceral recorre, entonces, el fuero interno del lector… Es como si la habitual melancolía juanramoniana fuese subsumida por la no menos habitual, y juanramoniana, belleza. Sólo por esto habrá merecido la pena leer Moguer o cualquier otro título del <<Andaluz Universal>>; ése a quien tanto gustaban las minorías… Reténgase, un momento, bien en la memoria esto: campo, silencio, soledad lírica...


     ¡Moguer!

martes, 25 de marzo de 2025

472/ Maestro, no pupilo con ínfulas de maestro...

Leer a Gilbert Keith Chesterton se me antoja una experiencia desacostumbrada; digo: por excepcional. Yo ya lo sabía, de mentas, pero hasta ahora no me había chapuzado en ese océano de agua verde kriptonita que es la literatura de Gilbert Keith Chesterton. Y hacerlo (chapuzarme en ese agua chestertoniana) se ha constituido en auténtica ufanía: literatura del intelecto; sí, del intelecto. Así Chesterton, así Borges, así Bioy… Así, también, Quevedo y Cortázar (en según qué pasajes); así… 

     Agua verde, kriptonita pura, refrescante para el espíritu y para la inteligencia lectora e inquieta (no inquietante). Permítaseme, ahora, que lance al éter este alarido de júbilo socarrón: <<¡Albricias!>>. Y es que tanta literatura de consumo, como la imperante hoy en los cenáculos mediático-libreros, hastía el alma. Lo peor de todo: con la literatura de <<no>> consumo se fue, además, el librero fidedigno: ese que te aconsejaba desde la erudición y la experiencia y no desde los índices de venta publicados en cualquier patochada de espacio televisivo minado con minas anti-juicio-crítico; o ese que, si no conocía el título solicitado, lo indagaba; o ese que, caso de no conocer la respuesta a una pregunta cualquiera, no sólo indagaba ésta sino que la diseccionaba para ofrecerla (si se daba la oportunidad) a quien la hubiese formulado. Hoy no hay libreros con ese pelaje. ¿Irán, los actuales, a comisión? Lo ignoro. Tampoco hay, hoy, escritores como los de antaño para quienes el ejercicio de la literatura era <<finalmente inútil>> (Borges dixit) pero, a la postre, justificativo de una búsqueda interior no socavada por el dinero ni por la prisa. ¡Todo (¡ay! ¡Dos, tres veces, ay!) se está yendo al garete!

     De Chesterton, autor <<no>> comercial, estoy descifrando (en el más amplio sentido del término) El hombre que fue jueves. Una proeza literaria. Un juguete del intelecto y de la imaginación verbal pura. Un pozo, además, de personal moral que a muchos resonará ideologizado (Juanito Manuel, conjeturo, disentiría de esta apreciación. Cómo se nota el influjo de Chesterton en Juanito Manuel, sobre todo, en determinadas actitudes cerebrales; que no celebradas. Jo. Lástima que Juanito Manuel tomara por la senda del manierismo. Además, las sinrazones que vomita Juanito Manuel no son las que lanzaba al éter Chesterton, ni de lejos… ¡Bah!, por Juanito Manuel; ¡hurra!, por Chesterton).

     Y qué decir de las paradojas… 

     Chesterton, como ejemplo de lo dicho recién y a colación de ello, ha escrito: <<Mi querida Miss Gregory, hay muchas maneras de sinceridad y de insinceridad. Cuando, por ejemplo, da usted las gracias al que le acerca el salero, ¿piensa usted en lo que dice? No. Cuando dice usted que el mundo es redondo, ¿lo piensa usted? Tampoco. No es que deje de ser verdad, pero usted no lo está pensando. A veces, sin embargo, los hombres, como su hermano hace un instante, dicen algo en que realmente están pensando, y entonces lo que dicen puede que sea una media, un tercio, un cuarto y hasta un décimo de verdad; pero el caso es que dicen más de lo que piensan, a fuerza de pensar realmente lo que dicen>> (op.cit. Diario El País. Madrid, 2003. Págs., 16-17).

     Lenguaje y pensamiento, en apariencia, inteligentes. Pensamiento inteligente y estulticia, a todas luces, necesaria; necesaria para sostener el edificio cimentado en los sofismas mas extremados. Esta, y no otra, es la cadena espiritual de Juanito Manuel (huelga aclarar, ¿no es cierto?, que hablo de Juan Manuel de Prada). En fin. Con su pan se lo coma (Juanito Manuel. Quién si no) y que Dios le perdone tanto tanto atrevimiento…

     Nota auto-dispensadora: leer a Chesterton (maestro) y no pensar al mismo tiempo en Juanito Manuel (pupilo con ínfulas de maestro) no puede ser y, además, es imposible.

     Y que entienda quien pueda.  

viernes, 7 de marzo de 2025

471/ El velo de Isis

Yo he postulado siempre el valor de la ambigüedad literaria; también, el de la pluri-significación literaria. Lo he postulado hasta el extremo de rehusar aquellos textos que no hacían acopio de esa premisa o cualidad. Literatura y filosofía debían permanecer próximas la una a la otra. Filosofía, no; mejor diré: metafísica. De ahí el valor del carácter ambiguo y pluri-significativo que refiero aquí y ahora. Yo no me ponía en la siguiente coyuntura: que pueda existir un exceso de ambigüedad (de posibles interpretaciones) en la obra literaria de que se trate. La clave radica en el término: <<exceso>>. Cada escuela literaria interpretará de un modo u otro una novela, un cuento, un poema (¡pero esto es harina de otro costal!). Yo hablo, aquí, del lector particularísimo; no de una u otra escuela. Yo hablo, aquí, del lector inigualable (no hay dos lectores iguales por la sencilla razón de que, todavía, la clonación humana <<no digital>> es una utopía) o tanto monta: aquél que trasciende su época. Quizá esté yendo demasiado lejos ahora; no es ese, en absoluto, mi propósito. Bajaré uno o dos pistones.

     Hablaba yo de la ambigüedad y pluri-significación literarias y de (llegado el caso) un uso excesivo de las mismas. Quien tiene que modularlo (el uso excesivo o no), pensará la inmensa mayoría, es el autor. Y yo digo: Sí y no. Me explicaré un punto: el autor consciente de su obra, sin duda, lo modulará; el inconsciente, no. Y lo más probable es que la mayor parte de autores no sea del todo consciente de la obra que está pergeñando (o que ha pergeñado). Será el crítico, el estudioso de la misma, quien más se aproxime quizá a esa totalidad total. El riesgo, pues, es absoluto. Cabe la posibilidad real de que el autor se extralimite en el uso de la ambigüedad; a veces, incluso, sin conciencia plena de que se está extralimitando. Gajes del oficio de las letras libres.

     Un tipo de autor escapa indemne de ese horror: el documentalista, sesudo, obsesivo y reacio a la imaginación y a la fantasía. Un autor, éste, que camina el camino de la literatura con una brújula en la mano. Ejemplo: Arturo Pérez Reverte. Otro: Rosa Montero. Otro más: Lorenzo Silva. No digo que estos autores no hagan uso de la ambigüedad y de la pluri-significación literarias en sus obras. Digo: que no suelen hacer un uso excesivo de ellas. Si lo hicieran (un uso excesivo de la ambigüedad y la pluri-significación) sus obras, casi todas novelas comerciales, quedarían en el limbo de las baldas de las estanterías olvidadas de los almacenes olvidados de las librerías lucrativas…

     El caso de Henry James llama vigorosamente la atención. Escribió, éste, uno de los textos más ambiguos (o sujetos a múltiples interpretaciones. Sí: múltiples…) de la literatura moderna: Otra vuelta de tuerca. Mi tesis es: para escribir algo así hay que ser depositario de una imaginación calenturienta en tanto se recorre el <<sendero bifurcado>> de la literatura sin una brújula en la mano. Luego, a posteriori, llegarán las correcciones… No diré yo lo contrario… Pero, a priori, comandan el cotarro escritural la imaginación y un sexto sentido que nada (o muy poco) tiene que ver con el menos común de los sentidos. Silva, Montero y Reverte acaparan demasiado sentido común en sus obras. Aburren. 

     James, como escritor, fue desemejante al resto. En Otra vuelta de tuerca puede leerse: <<El momento se prolongó tanto que se hubiera necesitado muy poco más para que yo empezara a dudar de si “estaba” viva>>. Además de: <<(…) Sentí un extraordinario estremecimiento ante la sensación de que era yo la intrusa>>. Y más adelante: <<Seguimos en silencio mientras la doncella estaba con nosotros, tan en silencio, se me ocurrió caprichosamente, como el de una pareja joven que, en su viaje de novios, en el hotel, se siente cohibidos en presencia del camarero>>; o: <<Habló con una alegría a través de la cual pude captar el más exquisito estremecimiento de pasión resentida>>; o: <<Hacerlo de cualquier forma era un acto de violencia, porque, ¿qué otra cosa podía ser sino imponer por la fuerza la idea de torpeza y de culpa en una pequeña criatura indefensa que había sido para mí una revelación de las posibilidades de una hermosa amistad?>>. 

     Los cinco parlamentos arriba copiados los ejecuta la narradora protagonista, una institutriz, y se desarrollan en el contexto de su labor como institutriz. <<Dudar de si “estaba” viva>>, <<La sensación de que era yo la intrusa>>, <<Pareja joven>>, <<Pasión resentida>>, <<Hermosa amistad>>… Todo esto da que pensar. Y mucho.

     Escama (bastante) que Borges sólo entreviese tres posibles interpretaciones de Otra vuelta de tuerca: <<The Turn of the Screw (Otra vuelta de tuerca), es deliberadamente ambiguo y está lleno de horror sutil; ha suscitado tres interpretaciones, todas justificadas por el texto>> (Introducción a la literatura norteamericana. Alianza Editorial. Madrid, 1999. Pág., 77). Las tres, sin duda, mejores posibles interpretaciones. Con esto último, paciente lector, me avendré.

     The End.

lunes, 3 de marzo de 2025

470/ "Cómico de la lengua"

Hay, in onore della verità, viajes improductivos. Hay viajes soñados (mejor: ideales). Hay viajes, impertinentes, que uno no desearía emprender nunca. Pero hay <<un>> viaje sobre el cual han corrido ríos de tinta sin saber el escritor de turno cuáles son sus hitos primordiales; un viaje insustancial (o todo lo contrario) a cuyo término, cuando el viajero rinde por fin itinerario, resulta imposible la vuelta. Puede, éste, conformar la muerte (quién no lo ha pensado alguna vez). Puede, éste, conformar la demencia; ya que <<todo se olvida>>... Pero puede, el viaje de marras, conformar el fracaso y su corolario natural: la frustración. Frustración tras la lucha, tras el esfuerzo por la supervivencia, que acaba cediendo paso al frío (un frío emocional) y al hambre (un hambre no refractaria de la fantasía). Pues bien: si todo esto lo envolviésemos tal un regalo en el papel iridiscente de la comedia (con sus reflejos de tornasol al sol y son de la alegría de la literatura en desgarro cómico) obtendríamos: El viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán Gómez, y ya entonces nuestra percepción del teatro habrá mudado de piel para siempre.

     El teatro es arte (arte sublime); pero el teatro es medio de <<no>> subsistencia. Lo es para algunos desafortunados; sólo algunos... ¡No, hombre, no! Para la inmensa mayoría lo es. Y Fernando Fernán Gómez, que bien lo sabía porque lo sabía bien, quiso dejar constancia de ello (el año 1985) con la novela mentada. Y lo hizo como lo haría un <<cómico de la lengua>> (expresión dos veces consignada en el texto de que tratamos aquí; más concretamente: en el CAP 3 y en el CAP 15): con morfosintaxis y cosmovisión rebosantes de gracejo.    

     Nadie crea hallar en estas páginas dolor, sufrimiento, agonía… No, no… O no sólo… Porque todo ello (lo hay, lo hay, aunque sin un dramatismo exacerbado) el lector lo hallará envuelto en humor del bueno (con una o dos discordancias: el acoso y abuso sexual y el machismo de época; ambos con la brida suelta), de cómicos ambulantes, de gentes de <<malvivir>> que por encima de todo idolatran (o mejor: adoran) su vocación: el teatro. Otro tema, éste, importante en el texto objeto de nuestro apunte: <<La vocación>> (Agostina Lute dixit). 

     Carlos Galván (al comienzo del segundo acto, perdón, capítulo…): <<Las vocaciones se despiertan viendo trabajar a los otros>>. Vocación por el teatro, el cual tendrá que vérselas con el cine, la radio y el fútbol y todo eso en la España escuálida de posguerra. ¡Despiadado trámite! Carlos Galván (en otro pasaje de la obra, perdón, de la novela): <<Lo peor, aunque hoy todo me produce nostalgia, era la lucha por encontrar trabajo seguido. En cafés, en círculos, en casinos, en almacenes, en patios, en cuadras, donde fuera. Y la lucha contra el peliculero, contra el fútbol, contra la radio. Lucha en la que no podíamos hacer nada, más que trabajar lo mejor que sabíamos, y en las que llevábamos las de perder, porque el público cada día se apartaba más>>. 

     El humor lo maquilla todo (o mejor: todo queda realzado por el humor). Humor que se posiciona por encima del drama siempre (o por debajo. Depende…). En todo caso es, el humor, primordial y no accesorio. 

     Botón de muestra dialogado (parlamentan Carlos Galván y su hijo Carlitos a quien él llama <<el zangolotino>> y cuyo acento es gallego):

     <<–¿De dónde vienes, hijo?

     –Ya lo sabes, de hablar con el abuelo.

     –¿Le has planteado tu idea?

     –Sí, claro.

     –¿Y qué te ha contestado?

     –Me ha dado un tantarantán que por poco me caigo por la ventana al patio.

     –Pero ¿qué ha ocurrido? ¿No se lo has explicado bien?

     –Sí. Igual que a ti.

     –¿Y no te ha comprendido?

     –Sí, yo creo que sí, que me ha comprendido muy bien, y por eso me ha dado el tantarantán.

     –Debe ser que está anticuado.

     –Eso me parece a mí>>.

     El paroxismo de la gracia, me parece, radica en el <<tantarantán>> que menciona Carlitos. Término éste que también utiliza el mamarracho de Cela en su mamarrachada superlativa: <<Viaje a la Alcarria>>. El efecto cómico en Cela no es tan pujante…

     Sólo un referente más que añadir a todo lo hasta aquí aireado: el carácter sicalíptico de algunos pasajes del texto. La psicalipsis hace de las suyas normalmente enfocada en uno de los personajes más conseguidos: Rosita del Valle (prima de Carlos Galván y tía del zangolotino a quien Carlos embauca para que se camele a Carlitos con el propósito único de que lo retenga en la compañía de cómicos y no decida éste desertar de la misma sin más. Más adelante será el propio Carlos Galván quien quede prendado de sus encantos mujeriles y hasta tendrá ocasión de experimentarlo en carne propia… O no. Apostilla: haría bien el lector incauto en no creer todo lo que le dice el narrador en primera persona. El que avisa…). 

     Otto botón de muestra, de nuevo, dialogado (parlamentan el zangolotino y Rosita del Valle. Principia el diálogo el zangolotino):

     <<–¡Ay, perdona! Perdona que te haya tropezado. No sabía que estabas tan cerca.

     –No te preocupes, hombre. Es natural que me tropieces. Estamos a oscuras.

     –¡Ya la tengo!

     –Enciende.

     (…)

     –Es que no luce.

     –Pero ¿le has dado?

     –Sí, pero debe de estar fundida.

     –O se habrá aflojado. Voy a ver.

     –¿A tientas? (…)

     –Claro, a tientas. Acércame tú una silla, también a tientas.

     (…)

     –¡Ay, perdona!

     –Hijo, ni que lo hicieras adrede. En cuanto te mueves, me tropiezas.

     –Como está oscuro…

     –Anda, pon aquí la silla.

     (…)

     –Sujétame, que voy a subir… ¡Pero sujétame a mí, no a la silla!

     –Bueno, bueno. Pero ¿por dónde te sujeto? ¿Por aquí? ¿Te sujeto por aquí?

     (…)>>. 

     Novela, en su máxima expresión (y extensión), dialogada; vamos: teatral. Novela (casi) teatro. Teatro (diríamos…) casi novela. Una delicia para el paladar del lector literario no demasiado escrupuloso, eso sí, con la moral de época. Obra maestra de la literatura de humor (o tanto monta: del humor literario). Léanla del derecho o del revés. Da radicalmente lo mismo. Cambiará, per saecula saeculorum, su perspectiva de la literatura y de otras ignominiosas entelequias.