lunes, 24 de junio de 2013

74/ Sanjuaneando...

<<Retorno a Ítaca o al paraíso. Danza de lobos esteparios. Anarquía feliz>>. Para F. S. Dragó no era otra cosa la magnánima noche de San Juan. Abro paréntesis: qué neurosis y qué maravilla de concepción. Cierro paréntesis. Razón no le faltaba al mejor barrabás de los ensayistas díscolos e iberos. Recuerdo mis prodigiosas duermevelas del Bautista. ¿Dónde? En el no menos prodigiosos enclave de San Juan del Puerto (Huelva). Cómo olvidarlas…: camaradería y sicalipsis o embriaguez y, oh, corazón roto y vuelto a restituir. Penélope buscada. Penélope hallada. Además de Zenobia en extravío o, ay, mórbida y morbosa a carta cabal… Quítese lo último. 

     No ambiciono recuerdos de tal calibre ni de estruendosa vitola; sí, que mis venideras noches de San Juan sigan perforando lo consuetudinario. ¿En aras de qué? De la sacrosanta individualidad. Oh, pobre de mí: ya no volverán aquellos que fueron y se fueron…

lunes, 3 de junio de 2013

73/ Villa Adriana (সে)

En el Templo de Villa Adriana el estilóbato es el dolor. Vendría a suponer sostén de fuste la soledad. Un bajorrelieve reza: Fiel a estar sola. Jo. ¡Ya es mala pata! ¿Viento opuesto? Amainemos velas, qué remedio… El collarino del capitel se erige en voluntarioso esfuerzo creador. Ingresa otro bajorrelieve: Lloré pétalos de una flor mermada; once campanadas, un campanillazo: dos tónicas correlativas. De acarrear “pétalos” el golpe de voz en el 2º pie habría respirado un <<heroico pleno>> hermosísimo. Lástima. El morbo de la poesía post-postmoderna: la libre cacofonía del verso libre. En granadí: de naíca se puede culpar a la constructora del Templo, carne de post-postmodernidad, como todos. O casi todos. Ay. Prosigo… El equino pasa, pluma en ristre, por ligero juego de muñecas… Fantásticamente estampado en: (…) antropomórfica/ antropofágica/ antropogangrenosa/ antroponoquieroseguirestamuerte (…) Y el ábaco se perfila con buril de carácter alborozado. ¡Bien, muy bien! Pero no aquietaré mi trote aquí. El arquitrabe del entablamento adquiere fisonomía de cabeza humeante… ¡Rebién! Su friso frisa en egocéntrica chispa lírica (acaso, ya, no tan bien). Aunque he de apostillar: todos los líricos adolecen de ella (¡io sono il centro del mondo!). La cornisa se despacha a modo de cavilaciones, augurios y conjeturas emotivos. ¡Mejor, mucho mejor, que bien! Y el frontón convoca un paralelismo: el existente entre la necesidad de esculpir y la personalidad depresiva de quien esculpe; con un colofón: la acrótera del perfeccionismo indagado a machamartillo. ¡Requetebién!

     En Villa Adriana hay un Templo recoleto y pizpireto llamado Parches. Yo no lo distingo de ese modo. Su traza arquitectónica es adornada con perfiles semejantes a los de su artífice. Y más post-postmodernuras: ningún (casi ningún) signo de puntuación se ofrece al visitante. Sí hay convergencias fónicas asonantes y consonantes que amoscan los ojos. <<Impaciencia>> con <<obediencia>>, verbigracia, en la columna nº 20. Y lagrimean, los míos, al contemplar una gavilla de inscripciones en que sobresale: Caigo del columpio por querer ir al cielo/ Otra herida en las rodillas/ y mi madre diciendo/ La caída duele. Para abortar mi llanto lo tomo por el flanco bueno: cielo, goce. ¡Quia! No puedo por menos de preguntarme: ¿Complejo de culpa suscitado por una promiscuidad terapéutica y desbocada? No lo anhele Buda. ¡Viva ese puerto perpetuo <<de sí retorno>>! 

     Apretujaría yo a la hacedora del Templo por el vigésimo noveno y trigésimo grabado. Los dos son fantásticos sin pera ni pero. Y pienso (mal que me pese) en la color mortuoria de las columnatas. ¿Reflejo del potencial creativo de la constructora? ¿Mera mácula originada por las mordeduras del Tiempo? O, tanto vale: ¿Personaje o Persona? Espero (a más no poder) lo primero: personaje. Y, ¿la espera? ¿Quién espera? Quién no espera… Ay. 

     Concluyo: la Piedra del Santuario podría ser zen. O sea: de un budismo a base de sosiego intemporal. Como las habidas en Nanzenji, Kioto. lamentablemente barrunto que no será así. Porque, Piedra: Elemento inerte./ Sempiternamente/ nace y, oh, fenece/ a tiempo perenne

     Entre pros y contras he conocido (burla burlando) el Templo de Villa Adriana. ¿Qué aún no he desvelado qué sobrenombre le endilgo? Este (en bengalí): সে.

miércoles, 29 de mayo de 2013

72/ Crisopeya onubense

Álvaro Alonso Barba nació en Lepe. Alquimista recalcitrante, zalamero con la clerigalla, era. Parió un Arte de los metales afamado. Lo reivindica Dragó en su Gárgoris y Habidis. Yo voceo: ¡Ijujú! Posee la Onuba cuasi lusitana su hierofante. 

     Lo estrambótico del caso radica en que el alquimista arribó a América (precolombina); concretamente: al <<Distrito inca de Tihuanaco>>, y en calidad de cura, <<adepto>> y evangelizador al par. ¡Ay, sombra que me asombras

     Nadie se asombre ni, por ende, sombrío se halle: esto del par (del <<pluri>>) se huele en la vieja huerta de la alquimia. Los de la panacea universal embarullaban mejunjes sincréticos en busca de Oro. Dicha obcecación, para mí, dibuja con carboncillo una escena táurica: la estocada espiritual sobre el espinazo del iniciado. Un modo éste, como cualquier otro, de crecer padeciendo tormento. Siendo uno cura o, tanto monta, curandero.

lunes, 20 de mayo de 2013

71/ Afortunada incorruptibilidad

La escultura griega arcaica se postuló gritería de colores. Tal aseveración ha alborotado a más de uno (y de dos): y es que se policromaban los modelados con pigmentos chillones. Da pírrica cuenta del lance Miguel Tarradell en El arte griego y romano

     (Visibilizar con rayos X de fábula <<crisoelenfatinas>> (estatuas de oro y marfil) verde limón causa verdadero pasmo. O, lo que se acogería a delirium tremens, la Atenea de Fidias fucsia). 

     Pregunto: ¿Quién adujo que el arte griego adolece de apocamiento? ¿Y quién que se atavía con tedio al resguardo de una producción artística monocroma? Nefasto médium era ése.

     Conjeturo: la bóveda celeste arropa el corpus incorrupto de una asentada fantasía que a Dios gracias, y a menudo, da en el clavo… 

     ¡Albricias!

miércoles, 8 de mayo de 2013

70/ Vicenta, Federico

Días atrás leí Cartas de Vicenta Lorca a su hijo Federico. Qué hallazgo magnífico. Ahí entreví que el poeta zangoloteaba un punto y su mentora le sobre-protegía otro. Además de un García Lorca iracundo y de una Vicenta vaticinadora.

     Verdadera es la carta en que se encastilla lo que sigue: "Federico, no olvides todo lo que te digo y en particular lo de perder el tiempo (…) que para ti es ahora mismo lo que más vale (…)". Quedé estremecido al leerlo… Pensé: de urgencia nos parecen nuestros lapsos cuando su término acecha… 

     ¿Cabe que Vicenta contemplase a su hijo por el ojo del huracán de la vanidad? Legión son las interpelaciones que conminan al vástago a no postergar nada: aclara la <<abajo firmante>> (Vicenta) que su objetivo pasa por que él pueda valerse per se y no su (la de ella) gloria de claustro materno… 

     Ambos devanaron la madeja del amor impar. Ella como lo que era, una madre preocupada, y él en la pose de un niño temeroso de Dios.

     En fin.