lunes, 10 de febrero de 2014

123/ Yo, gato. ¿Y tú?

A Ana Alba


Creo que me estoy aficionando a los gatos. No sólo al de Cheshire (Alicia en el País de las Maravillas). También al de Kipling. O al de Antonio Burgos (llamado Adriano). O al de Poe. O al de Hemingway. O al de Rubén Caba (Leónidas). O al de Rosarillo Flores. O a Willy, de mi añorada Ana, que lamió lo que no debía… O al de Alicia y Manuel cuyo nombre es Valentina. O al de Dragó: Soseki. Murió. Poseía ojos verdes y pelaje atigrado. Jamás tuve noticias suyas; he sabido de su existencia por el libro que lo hará pasar a la posteridad: Soseki. Inmortal y tigre (Planeta. Barcelona. 2009). Se publicó la obra cuando ingresaba yo en la Facultad de Comunicación de la US (atiborrada, por cierto, de perros). En 2014 la leo. Hasta hoy los gatos me habían pasado desapercibidos. Corrijo: hasta tratar a Valentina y leer el libro aludido y saber más de estos tigrillos. Son amigos de los escritores (sus álter ego) y no antagónicos de éstos. Son independientes y libres; felices y con siete vidas que estrujar. Ronronean y chupan y se rozan, sin compromiso, con humanos. Son promiscuos. Son hermosos. Son silentes. Y son aventureros. Y slow: no conocen del estrés. Tampoco del pasado (ni del porvenir. Viven en continuo presente). Son intuitivos y astutos; nunca maliciosos. Odian los cascabeles. Y cualquier yugo: no han nacido para que se les unza. Acompañan y desamparan cuando les viene en gana. Fintean a la tristeza con arrojo. Son poetas satíricos; se pasan la lírica por el forro. Se ríen, desde el respeto, de los perros; más, de los perracos. Esos que abren la boca para tragarse el mundo y engullen moscas.

     Los perros ladran y aúllan y arman escándalo; son un poco tontos. Los gatos se los llevan de calle. Todavía no he visto a ningún gato sucumbir entre las fauces de un can; y sí a uno de éstos recular con el rabo entre las patas ante el zarpazo de un minino. El perro tiene algo de políticamente correcto. El gato lo tiene de heterodoxo. El perro es de derechas o de izquierdas. El gato no es ni de lo uno ni de lo otro: es anarquistón y misticón (como un servidor de casi nadie). El perro se asea si lo asean. El gato nunca se ensucia. El perro es sumiso. El gato es libre (ya lo he apuntado). El perro ataca. El gato defiende. O tanto monta: el perro es beligerante y el gato pacifista. El perro puede ser actor y, de hecho, sobreactúa. El gato solo actúa. El perro huele a cualquier cosa. El gato huele a gato. El perro impide dormir a los hombres. El gato vigila el sueño de sus amigos (humanos o no) y el de los niños. El perro es diurno. El gato es diurno y nocturno. El perro es realista. El gato es idealista. El perro es racionalista. El gato es espiritualista. El perro se establece. El gato vaga. El perro indaga. El gato descubre. El perro vive. El gato vive y sueña y vuelve a vivir y a soñar y, así, hasta el infinito.

     No he podido evitar la archi-extendida comparación can-gato. Recuerdo a Félix “el gato”. Recuerdo a mi estimado Alejandro Jodorowski que en cierta portada de uno de sus libros aparece con un gato señorón: el suyo. Miguel Delibes, otro eximio autor, utilizaba perros para ir de cacería. Si hubiese llevado gatos, en vez de perros, habría tenido otro carácter de mayor. Porque reseco (aunque excelente escritor) era un rato. Como gato se censura y como perro se ofende el censurado. También existe el escritor gato y el escritor perro. Al primero hay que leerlo entre líneas. Al segundo se le ve la intención enseguida. El primero deleita. El segundo entretiene. Si se critica al primero, éste maullará riéndose y jamás rectificará su proceder o su pensamiento. Si se critica al segundo, éste ladrará e intentará morder al crítico. Ejemplo de escritor gato: Javier Marías. Ejemplo de escritor perro: Arturo Pérez Reverte. Marías dijo que sus libros gustaban mucho o no gustaban nada. ¡Bravo! Reverte, por su parte, va sobradito. Conste que ninguno de los dos me seducen…

     Ahora, lector, permíteme que te interpele: no seas perro. Sé minino. No te arrodilles ni agaches la cerviz para morder la pelotita. Sal de juerga nocturna y regresa, satisfecho y desfogado, a tu cubil. Eso, si no has nacido perro, lo cual sería una desgracia como cualquier otra; en cuyo caso, ay, me compadecería de ti y emitiría: <<¡Miau!>>, que quiere decir (en gatuno): <<¡Cuánto lo siento!>>.

miércoles, 15 de enero de 2014

122/ A mandíbula batiente

¡Hora era de leer algo desenfadado! ¿Por qué la literatura (casi con total exclusividad) se regodea en la tristeza, en la tragedia, en la agonía? También podría, me parece, indagar lo ridículo y lo cómico y lo extravagantemente risueño como medio de deleite. Otro gallo (llegado el caso) haría gorgoritos en ese corral de plumíferos amargados en que se ha convertido la panoplia literaria…

     ¡Milagro! Se ha muerto mamá, de Alfonso Ussía, es una deliciosa y berlanguianísima humorada… El marqués de Sotoancho (Cristián Ildefonso Laus Deo María de la Regla Ximénez de Andrada y Belvís de los Gazules, Valeria del Guadalén y Hendings) ha conquistado mis tripas. Y su madre: Cristina Victoria Jimena Belvís de los Gazules Hendings, Boisseson y Hendings. Y su hombre de confianza (el del marqués): Tomás Miranda Carretón. Y su mujer (la del marqués): Margarita Restrepo Olivares. Y su administrador (el del marqués): Alcoceba. Y su capellán (el del marqués y el de la madre que lo parió): Don Crispín…

     ¡Con los gestos y peripecias de estos personajes he reído a mandíbula batiente y desquitado, de paso, de tanto lastre melancólico-literario acumulado a lo largo de años y años y más años de infinitas lecturas “taciturnas”!

     Triviales me parecen las meteduras de pata encastilladas en las páginas 99, 100 y 157-159 (Ediciones B. Barcelona, 2007). Respectivamente, son: una incredibilidad, una apología ideológica, un hecho absurdo. Insisto: carecen de relevancia.

     Lo primordial: lo bien fabricada que está la novela y el tufillo que desprende a infaltez (estado en que vive y piensa y siente el niño-adulto) y adulancia (ídem, con los términos invertidos: el adulto-niño).

     No es Alfonsito Ussía santo de mi devoción. No. ¡Pero qué requetequetebién escribe el <<joío>>! ¿Alguien lo desmiente?

viernes, 10 de enero de 2014

121/ Insipidez literaria

La línea de sombra (Conrad) me ha disgustado sobremanera. El lector claudica para terminar bostezando. Qué aburrimiento. Qué deseos de llegar al término de cada página. Los párrafos se suceden interminablemente, con flema no del todo original. 

     Joseph Conrad fue arrojado a la luz en Polonia. Una sola cosa he de destacar: que el personaje protagonista cae mal (lo que resulta desacostumbrado). Le pierde el orgullo. No es arquetípico. Y el antagonista (otra falta de costumbre literaria) embruja. Es bohemio y cruel. Nunca ejemplar.

     Cualquier anécdota o acción o gesto sucede a cámara lentificada. No hay una metáfora del tránsito de la adolescencia a la adultez. Resalta el hecho fantástico del maleficio, y poco más. Ergo: el peor libro que he leído junto a Al fin libre (J.J. Benítez) e Historias de política ficción (M. Vázquez Montalbán).

     É, sencillamente, cosí.

miércoles, 8 de enero de 2014

120/ Tres reflexiones

Esbozaré tres reflexiones inducidas por un interrogante. He aquí la primera: ¿Qué es el tiempo? Una sucesión de instantes que son materia temporal… Cada milésima de segundo engloba un mundo de instantes; la vida de cualquiera, desde el nacer hasta el morir, una eternidad de tiempos. La eternidad no traspasa lo que la engloba: su propio tiempo de instantes; ni el suyo, la eternidad de la eternidad; ni el suyo, otro tiempo de instantes mayor: la eternidad de la eternidad de la eternidad. Creo que Berkeley y Hume congregaron en algunas páginas esta metafísica. Desconozco si esencialmente fueron felices o vivieron atormentados por la ignorancia.

     Quiero determinar el presente como único tiempo que fluye; e ilusorios, el pasado y el porvenir. Por ello, Ella no está en mi memoria y no está en mi esperanza, sino Aquí y Ahora. Un Aquí y Ahora simultáneo a su Aquí y Ahora. Simultáneo y acaso contingente. 

     La segunda reflexión inducida por un interrogante es la siguiente: ¿Es infalible la etimología? Gustavo Bueno opina que quien no sabe latín tiene vedado el paraíso del filosofar. Otros entienden lo inverso: las transformaciones sufridas por una palabra, a lo largo del tiempo, diluyen su raíz: el sentido primigenio de que gozaba se extingue. Quisiera pensar que al final de una serie combinatoria (atribuciones de sentido a una palabra) aguarda el azar y el gusto y la repetición. A despecho de esto, yo estoy con Bueno.

     Y, finalmente, la tercera reflexión inducida por un interrogante es: ¿Corroe el desencanto? Tras muchos años como lector no soy deleitado por cualquier texto (refiero el nivel del escrito). Cada vez siento más apremiante la necesidad de escribir aquello que los otros no escriben. O aquello que los otros no pueden escribir porque aún no existe. Calculo que quizá los otros ofrezcan todo lo que es dable ofrecer al mundo. A la vuelta, se ubica el lugar común (la Literatura está plagada de lugares comunes) y el tedio. Sin obviar que mis textos no alcanzan la cualidad de originales (en el sentido de novedosos). Los juzgo deficientes y desafortunados. Por eso, me parece, continúo leyendo a quienes no ofrecen más que lo acostumbrado; vale decir: lo heredado.

     El espíritu de un escritor se imbuye de quienes le preceden y afecta a quienes le sucederán. Ocurriendo, por qué no, que el pupilo elucide al maestro y no a la inversa. He leído y comprendido y no sé si compartido tal opinión porque carezco de pruebas fehacientes. La afirmé en un post anterior. Podría, ahora, retractarme de ella. El snobismo consiste en agenciarte el argumentario de otro para airearlo como propio. No seré yo quien curse semejante barbaridad (“propio” me disuade…). A veces no es evitable coincidir con el modelo: la afinidad <<opinativa>> opera y nos persuade con razón. No hay que pedir, por ello, excusas a nadie. Sino demostrar que lo sostenido se fundamenta en algo con que comulgamos y no en axiomáticas creencias. Un axioma deja de serlo cuando lo refuta otro axioma. Es indemostrable que yo ame a Ella porque el amor es abstracto e intangible. Definirlo no serviría de nada. Únicamente en la memoria del recordador deviene cierto un recuerdo. Lo demás es ilusión: la de quien se sabe recordado. Igual sucede con lo intangible-importante en la vida. Se vuelve tangible y liviano, escribiéndolo. La trivialidad de un deseo escrito deja paso a otro deseo menos trivial por inconcebible. Es el síndrome del folio en blanco…

     ¡Lagarto, lagarto!

miércoles, 1 de enero de 2014

119/ "Nada humano..."

Leed lo que sigue: “El rostro falso debe ocultar lo que sabe el corazón falso” (William Shakespeare. Macbeth. Acto I, Escena VII); y: “(…) Las palabras dan un soplo demasiado frío al calor de los hechos” (op. cit. Acto II, Escena I). En ello juzgo la esencia de tan loable obra. Se diluyen con palabras la realidad y la culpa. Y la cara es el espejo del alma. La grandeza de Shakespeare no se agota fácilmente. Cualquier lector medio asimila en sus obras las enseñanzas de toda una vida.

     Cabe suponer que la fecha de parto de la tragedia fue 1606. 2014 rinde pleitesía al ingenio del inglés otorgándole actualidad. La condición humana no conoce de evoluciones ni de involuciones; es la que es; es la que siempre fue y será la que siempre ha sido. Al final de la tragedia el lector sabe que el destino le ha deparado un encontronazo consigo mismo. Yo he cerrado el libro con el corazón sosegado y la mente clara (<<Mente clara, corazón tierno…>>, dijo el Buda). Puede que otros (al leerlo) hayan claudicado ante su enormidad o pequeñez humana...