viernes, 14 de marzo de 2014

127/ Ser vs. Ser imaginado

Y voy yo y me topo, hoy, con lo siguiente: <<La literatura es un galope desenfrenado que siempre desborda los límites del territorio del periodismo>> (Fernando Sánchez Dragó. Sentado alegre en la popa. “La Europa exótica (IV). El tren expreso”. Planeta. Barcelona, 2004. Pág., 136). No puedo estar más de acuerdo. Yo añadiría, a modo de apostilla impertinente, que: El periodismo es el pariente feo de la literatura. Y tan pancho y a gusto me quedaría si no fuera porque soy escritor y soy periodista. Aunque recapacito y observo que mi alma no está dividida. Qué va… Es monolítica. Una sola y sin fisuras. ¿Por qué? Porque lo que me interesa no es tanto la actualidad (lo que es) como la potencia (lo que puede llegar a ser). No ignoro que con ello incurro en flagrante contradicción. La razón de esta espantada del gremio de los encorbatados con pantalones sujetos a la altura de la cintura por obra y gracia de unos tirantes, que teclean en una redacción, estriba en que lo segundo (la potencia literaria) requiere imaginar en tanto que lo primero (la actualidad periodística) se sobra y basta con constatar. 

     Imagino lo que me da la gana; constato lo que puedo y lo que debo. Hacer literatura es ir libre por la vida. Hacer periodismo es arrastrar grilletes: los de la sacrosanta y hostigosa y desaliñada actualidad. Luego, está lo mal que se escribe en las cabeceras, aprisa y sin ton ni son; y lo bien escritas que, por lo general, están las novelas y los cuentos y los ensayos y los poemas. Nunca un texto literario tendrá capacidad de acaparar tanta monstruosa deformidad como uno periodístico.

     Por eso yo grito: ¡Viva la literatura! Y, bueno, de paso pasaré la mano por el lomo al periodismo… Para que no se enoje. Para que no patalee ni lloriquee… Todavía es (conjeturo) necesario. Y mucho. Sólo hay que ver los desmanes de la Política para corroborarlo…

viernes, 7 de marzo de 2014

126/ Tras Omar... (III)

¿Qué vincula a Khayyam con Machado? ¿Y con Camarón? ¿Y con Descartes? ¿Y con Borges? ¿Y con la Baghavad Gita? ¿Y con el Budismo? ¿Y con Bruce Lee?

     Vayamos por partes. 

     Rubaiyat LXXVII: <<Todos los seres tratan de recorrer el camino del Conocimiento. Unos lo buscan; otros afirman que lo han encontrado. Sin embargo, aún no se ha levantado la voz que un día clamará: “¡No hay camino; no hay sendero!”>>. Esa voz se levantaría el año 1917. ¿Dónde? En Proverbios y cantares (Machado), con aquello de <<Caminante, no hay camino, se hace camino al andar>>.

     Sigamos, entonces, haciendo camino... 

     Rubaiyat LXXII: <<Un poco de pan, un poco de agua fresca, la sombra de un árbol y tus ojos. Ningún sultán más feliz que yo. Ningún mendigo más triste>>. Tal poemilla fue entonado el otro día por el hijo de Camarón de la Isla en un programa de televisión… Tal cual. Lo juro. Yo lo vi y oí.

     Prosigamos la marcha... 

     Rubaiyat CII: <<Cuando muera, conmigo habrán muerto las rosas, los cipreses, los labios bermejos y el vino perfumado. No habrá ya albas ni crepúsculos, penas ni alegrías. El mundo habrá dejado de existir. El mundo solo es real en función del pensamiento>>. Sobran dilucidaciones. Descartes pensaba que al pensar existía. Punto.

     Pero continuemos el itinerario... 

     Rubaiyat CIII: <<Esta es la única certeza: peones somos de la misteriosa partida de ajedrez que juega Dios. Nos mueve, nos detiene, nos levanta y nos arroja después, uno a uno, al abismo de la Nada>>. Seguramente muchos otros habrán hecho uso de tan conocida metáfora ajedrecista. Borges la subrayó una y otra vez. Otro punto.

     Reanudemos, en este, la caminata... 

     Rubaiyat CXXV: <<Si quieres gozar la soledad magnífica de las estrellas y flores, sepárate de todos los hombres, aléjate de todas las mujeres. No te avengas con nadie. No te inclines sobre ninguna llaga ni participes de ningún festejo>>. Para mí es de sentido común. Aunque cierto es también que yo leí la parte del Mahabharata denominada Baghavad Gita o Canto del Bienaventurado, y ello ha de notarse.

     Y, por último, dos excursiones más...

     Una: Rubaiyat CXXX: <<Escucha: si este mundo no es más que una ilusión, ¿por qué te angustias? ¿Por qué piensas día y noche en tus miserias? Abandona tu alma a la fantasía de las horas. Escrito está en tu destino. Ningún borrón será capaz de corregirlo>>. El Budismo dicta que nuestros sentidos provocan engañifas que poco o nada tienen que ver con la realidad.

     Y dos: Rubaiyat CLI: <<Tuve maestros famosos y me enorgullecí de mis progresos y triunfos. Cuando recuerdo al sabio de entonces, le comparo al agua que cede su forma al cáliz y a la humareda que disipa el viento>>. El maestro Lee dijo (en inglés): <<Sé agua, mi amigo>>.

     Pregunto (en español): ¿Está o no está Omar, nacido allá por la centuria undécima, continuamente en órbita hoy día (¿y no estará mañana?) para goce de todos nosotros? Dejo en el aire el interrogante ruso.

viernes, 28 de febrero de 2014

125/ Tras Omar... (II)

A quien quiera entender...


Mi queridísimo y admiradísimo y, hasta hace bien poco, desconocidísimo Khayyam dejó escrito lo que sigue: <<No tengo miedo a la Muerte. Prefiero este hecho ineluctable al que me impusieron el día que nací. ¿Qué es la vida? Un bien que no elegí y que devolveré con indiferencia>> (Rubaiyat. LXVII). Veintiocho poemas más adelante se encuentra uno con esto: <<A nadie pedí la vida. Me esfuerzo por aceptar, sin júbilo ni rabia, todo lo que la vida ofrece. Partiré sin preguntar al prójimo acerca de mi curiosa permanencia en este mundo>> (Op. cit. XCV).

     Alguna vez me he cruzado con gente que decía no haber pedido venir al mundo. Por lo general, dicho sea sin pizca de malicia, personas acomodadas en el mullido asiento del azar o con personalidad depresiva. Yo no me avengo con ellas. Yo exclamo: Si estás, haz por el placer de hacer, y aprovecha el momento y corre y salta y vuela libre y no mires abajo ni a izquierda o a derecha ni adelante o atrás. Preocúpate sólo de no caer. Y si caes (es sabido), te levantas; el acto de levantarse es aventurero y libera endorfinas. Sé (casi todos podemos) feliz. Pero selo ya.

viernes, 21 de febrero de 2014

124/ Tras Omar... (I)

Quien me desincruste de estos poemillas milagroso desincrustador será: y es que incrustado hasta el tuétano me hallo en Rubaiyat (Omar Khayyam), y de ahí ya no me sacan ni con agua borbotando. Transcribiré, ahora, dos poemas suyos.

     Uno: <<Nuestro tesoro es el vino y nuestro palacio la taberna. La sed y la embriaguez son nuestros fieles compañeros. Ignoramos el miedo porque sabemos que nuestras almas, nuestros corazones, nuestros cálices y nuestras ropas manchadas, nada tienen que temer del polvo, del agua ni del fuego>> (VII).

     Y dos: <<Cuando tuve sueño, la Sabiduría me dijo: Las rosas de la Felicidad nunca han perfumado el sueño de nadie. En vez de abandonarte a este hermano de la Muerte, ¡bebe vino! ¡Tienes la eternidad para dormir!”>> (XXXV).

     Me desgañito gritando: ¡Bravo, bravísimo!

     Ahora, haré míos estos sabios renglones del no menos sabio (cuando no malabarista lingüístico) y preclaro Fernando Sánchez Dragó: <<Las palabras son como el vino: necesitan pátina y poso, hay que sobarlas y resobarlas, tienen que fermentar y decantarse en cubas de roble viejo>> (Sentado alegre en la popa. Barcelona, 2004. Planeta. P. 27). Todo un paralelismo óptimo y muy bien avenido con la causa lectora (o eso creo yo).

     La palabra embriaga y salvaguarda del miedo a la Muerte. ¡Correcto! Leer confronta la diminuta muerte diaria que es el sueño. No sé, no sé. Dormir es a morir lo que a vivir es leer. ¡Vaya, hombre, siempre tan incisivo mi querido y respetadísimo Omar!: como una vaharada de rosas silvestres en mitad de un prado seco. Incisivo y, ¡oh, Alá mío!, barbudo y no menos aturbantado. Y, ¿es que el angelito era persa?…

     Pues eso.

lunes, 10 de febrero de 2014

123/ Yo, gato. ¿Y tú?

A Ana Alba


Creo que me estoy aficionando a los gatos. No sólo al de Cheshire (Alicia en el País de las Maravillas). También al de Kipling. O al de Antonio Burgos (llamado Adriano). O al de Poe. O al de Hemingway. O al de Rubén Caba (Leónidas). O al de Rosarillo Flores. O a Willy, de mi añorada Ana, que lamió lo que no debía… O al de Alicia y Manuel cuyo nombre es Valentina. O al de Dragó: Soseki. Murió. Poseía ojos verdes y pelaje atigrado. Jamás tuve noticias suyas; he sabido de su existencia por el libro que lo hará pasar a la posteridad: Soseki. Inmortal y tigre (Planeta. Barcelona. 2009). Se publicó la obra cuando ingresaba yo en la Facultad de Comunicación de la US (atiborrada, por cierto, de perros). En 2014 la leo. Hasta hoy los gatos me habían pasado desapercibidos. Corrijo: hasta tratar a Valentina y leer el libro aludido y saber más de estos tigrillos. Son amigos de los escritores (sus álter ego) y no antagónicos de éstos. Son independientes y libres; felices y con siete vidas que estrujar. Ronronean y chupan y se rozan, sin compromiso, con humanos. Son promiscuos. Son hermosos. Son silentes. Y son aventureros. Y slow: no conocen del estrés. Tampoco del pasado (ni del porvenir. Viven en continuo presente). Son intuitivos y astutos; nunca maliciosos. Odian los cascabeles. Y cualquier yugo: no han nacido para que se les unza. Acompañan y desamparan cuando les viene en gana. Fintean a la tristeza con arrojo. Son poetas satíricos; se pasan la lírica por el forro. Se ríen, desde el respeto, de los perros; más, de los perracos. Esos que abren la boca para tragarse el mundo y engullen moscas.

     Los perros ladran y aúllan y arman escándalo; son un poco tontos. Los gatos se los llevan de calle. Todavía no he visto a ningún gato sucumbir entre las fauces de un can; y sí a uno de éstos recular con el rabo entre las patas ante el zarpazo de un minino. El perro tiene algo de políticamente correcto. El gato lo tiene de heterodoxo. El perro es de derechas o de izquierdas. El gato no es ni de lo uno ni de lo otro: es anarquistón y misticón (como un servidor de casi nadie). El perro se asea si lo asean. El gato nunca se ensucia. El perro es sumiso. El gato es libre (ya lo he apuntado). El perro ataca. El gato defiende. O tanto monta: el perro es beligerante y el gato pacifista. El perro puede ser actor y, de hecho, sobreactúa. El gato solo actúa. El perro huele a cualquier cosa. El gato huele a gato. El perro impide dormir a los hombres. El gato vigila el sueño de sus amigos (humanos o no) y el de los niños. El perro es diurno. El gato es diurno y nocturno. El perro es realista. El gato es idealista. El perro es racionalista. El gato es espiritualista. El perro se establece. El gato vaga. El perro indaga. El gato descubre. El perro vive. El gato vive y sueña y vuelve a vivir y a soñar y, así, hasta el infinito.

     No he podido evitar la archi-extendida comparación can-gato. Recuerdo a Félix “el gato”. Recuerdo a mi estimado Alejandro Jodorowski que en cierta portada de uno de sus libros aparece con un gato señorón: el suyo. Miguel Delibes, otro eximio autor, utilizaba perros para ir de cacería. Si hubiese llevado gatos, en vez de perros, habría tenido otro carácter de mayor. Porque reseco (aunque excelente escritor) era un rato. Como gato se censura y como perro se ofende el censurado. También existe el escritor gato y el escritor perro. Al primero hay que leerlo entre líneas. Al segundo se le ve la intención enseguida. El primero deleita. El segundo entretiene. Si se critica al primero, éste maullará riéndose y jamás rectificará su proceder o su pensamiento. Si se critica al segundo, éste ladrará e intentará morder al crítico. Ejemplo de escritor gato: Javier Marías. Ejemplo de escritor perro: Arturo Pérez Reverte. Marías dijo que sus libros gustaban mucho o no gustaban nada. ¡Bravo! Reverte, por su parte, va sobradito. Conste que ninguno de los dos me seducen…

     Ahora, lector, permíteme que te interpele: no seas perro. Sé minino. No te arrodilles ni agaches la cerviz para morder la pelotita. Sal de juerga nocturna y regresa, satisfecho y desfogado, a tu cubil. Eso, si no has nacido perro, lo cual sería una desgracia como cualquier otra; en cuyo caso, ay, me compadecería de ti y emitiría: <<¡Miau!>>, que quiere decir (en gatuno): <<¡Cuánto lo siento!>>.