Leo Sentado (lo estoy en mi silla de trabajo) alegre (¡qué más quisiera yo!: ando algo tristón) en la popa (incorrecto: me envuelve la atmósfera de la bodega del navío de las letras…): una recopilación de crónicas exógenas y endógenas rubricadas por el ilustrísimo Fernando Sánchez Dragó. He arribado a la del 29 de octubre del año 1999. El autor divaga en ella. Literalmente ahí (y en clave de sonsonete) enuncia: “Llueve, y yo divago”. Pues bien: mi pluma escribe <<a ratos sale el sol, y yo entristezco>>. Hoy, como aquel día y mes y año de autos (el de la lluvia) le ocurriese a Dragó, tengo el caletre vagando sin ton ni (es claro) son. La causa estriba en varias cuestiones que no vienen a cuento: Sopitipandos no es bitácora poético-lírica-biográfica sino literaria y filosófica, a secas, fundamentada en la lectura de textos filosóficos y literarios. Aunque más lo segundo. ¡Y punto en boca! ¿O, acaso, hay literatura sin filosofía y viceversa? No sé, no sé. Lo cierto es que en estos momentos no estoy yo para literatas ni filosóficas parrandas. Aunque ya que he mojado la pluma en el tintero, enunciaré algo: un párrafo de la obra arriba subrayada y de la crónica un poco más abajo (de arriba) aludida me ha llamado poderosamente la atención. Es éste: “Alguien, en alguna parte, estará ahora sufriendo por mi causa, y yo creeré que es por mi culpa. O quizá lo contrario: yo sufriré ahora por causa de alguien, y ese alguien creerá que la culpa es suya” (op. cit. Planeta. Barcelona, 2004. P., 303). Lamentablemente, yo hoy estoy en disposición de afirmar un parafraseo de la primera oración del párrafo transliterado. A saber: que alguien sufre por mi culpa y no por mi causa. Y lo lamento muchísimo. Sí, hoy sale a ratos el sol, y yo entristezco. Hoy mi caletre se incursiona por sendas que a ningún lugar conducen. Hoy no se me ocurre nada más que contar y, coherente conmigo mismo, aquí me atajo. Hasta nuevo impulso. ¡Quiera Buda que éste sobrevenga pronto! Y Amén.
martes, 1 de abril de 2014
viernes, 28 de marzo de 2014
131/ De JRJ (IV)
Y hasta aquí, por ahora, Idilios. Hoy pregunto a Juan Ramón desde el sosiego más absoluto: ¿Qué haces, maestro? Y el poeta de Moguer se mini-explaya en clave de final de título. Dice: “Echado en la baranda de la vida,/ mira mi alma pasar el largo/ río del tiempo.// Echo al agua una flor,/ le pienso/ una duda más bella,/ le contemplo/ una luz más divina,/ la dejo/ pasar, sin verla./ Me duermo…// En sueños, oigo el agua/ correr, correr, correr./ La sueño./ Y entonces ella me ve a mí/ corriendo, cada noche, muerto…”. Muerto, no. Vivo. Vivo y bien vivo. Mejor: requetevivo.
Tus versos, JR, resollarán siempre y su corazón palpitará con una diástole y una sístole no de break beat o latido roto sino de vals armonioso y melodioso y brumoso y (por qué no) fastuoso. En ellos me hundiré yo con Ella, que es tuya y es mía. O sea: con Zenobia y con… ¿Para qué subrayar lo que ya fue y será subrayado en esta bitácora más de una y de dos y de tres y de no sé cuántas veces? No. Incurriría en revelar una realidad; no en desvelarla. Quien desee conocerla (la realidad intangible de que hablo) que ojeé al trasluz los negativos de esta antigualla fotográfica en que se ha convertido mi pobre memoria escrita en electrónico negro sobre blanco acristalado… ¡Oh, Dios mío! ¿Seré, a la postre, como Florentino Ariza?…
jueves, 27 de marzo de 2014
130/ De JRJ (III)
Todavía más Idilios. ¡Habla, Juan Ramón: dime, dile y diles algunos versos representativos! Y el poeta habló: <<Al encontrarte, Amor, hallé el Idilio (…)// ¡Ay! ¡Ojos del Idilio/ claros, marinos, entre tiernos tallos/ que colgaban de verde (para mí azul) aquellas trenzas (para mí guedejas a su aire)/ de oro, sobre los finos hombros blancos!>>. Y qué digo, si puede saberse, yo ahora… Inmerso estoy en una pesadilla: Ella me persigue noche y día y tarde y… ¿es que me dejo yo atrapar? Pues sí. Me dejo. Demasiado se está alargando ya la agonía en carne (la mía) propia. Aunque lo es, digo: la agonía, mental y solo mental… Lo juro. Pero de pensamientos vive el escritor. ¿Y de palabras? No, no. Éstas se las acaba llevando el viento. Más vive de su alma (la de las palabras), de su esencia (la del alma de las palabras), de su contenido (el de la esencia del alma de las palabras). Entonces oigo una voz…: ¿Es que las palabras se las lleva el viento? Y otra…: Un, dos, tres… ¡Despierta!
Nada: sigo embelesado en los brazos de Morfeo feo y embrutecido por los dislates comunes de los sueños agónicos y alegóricos… <<Pero qué diantres digo>>, digo yo ahora.
martes, 25 de marzo de 2014
129/ De JRJ (II)
Más Idilios. Que Juan Ramón Jiménez explique qué acontece al hombre cuando éste padece un cuadro de astenia primaveral: <<(…) Un vago calor frío/ achica el corazón y no sabemos/ qué hacer y vacilamos y una tristeza/ fugaz ensombrece/ la ilusión de verdad y belleza:/ ¡oh, noche, oh sombra, oh muerte/ que detienes la cabeza!>>. Y hasta el cuerpo, me atrevería a apostillar yo; cuerpo, cabeza y espíritu, para ser del todo exactos. Pero ¡hete aquí! que no hay noche sin día; y viceversa. De modo que aguardemos pacientemente a que el sol de la plenitud espiritual, mental y física salga no por donde quiera sino por donde debe: por el sabio y chocante Oriente.
Ahora, permítaseme que acabe con un fragmento poemático de Federico García Lorca (invirtiendo, eso sí, el orden estrófico). Dice así: <<¡Alma,/ ponte color naranja!/ ¡Alma, ponte color de amor!// En la mañana viva,/ yo quería ser yo./ Corazón>>.
Pues eso: Que yo acabe siendo yo y que tú, hombre o mujer que pierdes el tiempo leyéndome pudiendo leer a Borges o a Edgar Poe o a Álvaro Pombo, lo avistes (o vislumbres que, para el caso, es lo mismo).
martes, 18 de marzo de 2014
128/ De JRJ (I)
Leo Idilios. Otra vez, y cuantas más veces mejor, Juan Ramón Jiménez y su obra todavía en marcha para toda una legión de lectores (entre los cuales felizmente me hallo). A lo que iba… Hay en el haber del título arriba enunciado un poema, Invierno, que dice: <<Los dos, sí, los dos…// El fuego/ agradable y rosa, empieza/ a lamer la pared íntima,/ con sus elásticas lenguas./ La lámpara está apagada./ Ya hemos cerrado la puerta.// Y, abrazados, tú riéndote,/ ojos y labios se besan…/ Los dos, sí, sí; los dos dentro…// Mas ella se queda fuera>>.
¡Rudo golpe asestado contra mi plexo solar! Nunca Ella se queda fuera… Qué más quisiera y anhelara yo que Ella pudiera no ya quedarse sino estar esporádicamente fuera… Para que hubiese lugar a eso habría yo de saltar por la borda del buque de guerra de la vida y abandonarme a las gélidas aguas del océano que mantienen a flote al susodicho navío o a los integrantes de la no menos susodicha subdivisión marítima provistos de escamas para respirar y de aletas para nadar…
No. Tal cosa es imposible hoy por hoy como imposible fue ayer y no sé si lo será mañana. Yo no estoy en disposición de saber qué (o qué no) ocurrirá a partir de este mismo instante. El hombre propone y la vida dispone. ¿Y no será que donde digo <<hombre>> digo <<poeta>>, y donde <<vida>>, <<destino sentimental>> o <<azar pasional>>…? Ay.