Esta madrugada he tenido un estrambótico sueño. Dialogaba yo con un escritor reconocido acá (y allá). Exactamente ignoro sobre qué parlamentábamos. Solo recuerdo una palabra: prosopopeya. Y que yo confundía esa figura retórica con la etopeya. Creo que aleccionaba sobre ello, pretencioso de mí, al escritor… Él (es varón), que lo es siempre (varón y pretencioso), asintió y más tarde reaccionó. Se rebulló y contraatacó con otra pretenciosidad. Reflexiono sobre esta tara de los escritores. No me gusta. No la comparto. La pongo en práctica, subyugado a mí (¿liberado de mí?), con no poca perseverancia. Motor esta (la perseverancia) de mi escritura. No de mi oralidad. Habla Jekyll. Escribe Hyde. Moneda literaria… Podía haber confundido el hipérbaton con la hipérbole, o la anáfora con la anástrofe, lo que deviene más común. En la vigilia, y he aquí lo extravagante del caso, nunca confundo prosopopeya con etopeya. Será que mi yo dormido baja la guardia mientras mi yo vigilante la alza. Este mismo post resulta pretencioso al contener términos que designan figuras retóricas. Mi intención, sin embargo, no es la pretenciosidad. A veces Hyde regurgita a Jekyll.
martes, 5 de mayo de 2015
jueves, 16 de abril de 2015
181/ "Pegasos, lindos pegasos..."
Entre “lato” y “alegría” respira “laetitia”. Palabra latina, esta última, que designa “alegría” y origina “lato”. Lato: sentido que se da a las palabras sin que, en rigor, les corresponda. En ello abunda la poesía. No imagino un poema cuyas palabras se avengan con la literalidad. Y como la alegría (“laetitia”) es un sentido y además lato, y tanto o más poético que la tristeza (¡a ver si prestan oído algunos!), hubo un poeta triste que escribió sobre ella. Lo que tenía que decir, lo dijo, y muy bien, con estos versos: “Pegasos, lindos pegasos,/ caballitos de madera…// Yo conocí siendo niño,/ la alegría de dar vueltas/ sobre un corcel colorado,/ en una noche de fiesta.// En el aire polvoriento/ chispeaban las candelas,/ y la noche azul ardía/ toda sembrada de estrellas.// ¡Alegrías infantiles/ que cuestan una moneda/ de cobre, lindos pegasos,/ caballitos de madera!”. Ese poeta era Antonio Machado. ¿Qué niño no ha dado vueltas, en una noche de feria, sobre un caballito colorado? Hoy, el caballito de marras es otro y las vueltas marean un punto… Pero la alegría, aunque se vista de seda, alegría se queda (en un sentido conceptual). Machado diría: niña se queda. Poetas, por el amor de Krishnamurti, escribid sobre esa niña. La lleváis dentro.
miércoles, 8 de abril de 2015
180/ En el nombre del viento...
A mis maestros queridos.
Hay una sensibilidad especial entre alumno y maestro (¿no es sensible, acaso, la educación?). José Antonio Marina llama “alumhijos” a sus alumnos. En Los secretos de la motivación. Yo no sé si habría que llegar a tanto. No hay que llegar a tanto. Tampoco quedarse cortos. Antiguamente el maestro era la viva encarnación de Satanás y el alumno un Ángel Custodio. Yo no sé si había que llegar a tanto. No había que llegarse a tanto. La educación es felicidad. Y libertad. Y paz. José González Torices (mi gratitud, José) ha escrito: “Yo te bendigo/ en el nombre del viento,/ por el nombre mío.// Si vives tu libertad,/ yo te bendigo./ Si en la guerra pones paz,/ yo te bendigo./ Si luchas para cantar,/ yo te bendigo./ Si tu guerra es para amar,/ yo te bendigo.// Te bendice tu maestro/ que ayer te enseñó a soñar”. Solo discrepo de lo último. Un maestro no enseña a soñar. Un maestro pone los medios para que el sueño se realice. Algunos medios. No todos. El remanente (casi la totalidad) de tan fantástico poema lo hago mío. Como mío hago a aquel maestro de la Lengua de la mariposas que tan maravillosamente encarnara Fernando Fernán Gómez. O aquel otro que pisó Baeza y escribió sobre moscas. Y otros (míos de verdad), que tanto y por tan poco me ayudaron a ser feliz: sor María Luísa, sor Isabel, Evaristo, Laura, Lisardo... La educación es felicidad. Es libertad. Es paz. Buda quiera que ningún niño tenga jamás que interrumpir su educación para ir a la escuela. Lo hizo (lo escribió) George Bernard Shaw. Yo le compadezco.
viernes, 6 de marzo de 2015
179/ Soy, luego...
Teresa de Calcuta escribió, o dijo, o insinuó: “Si miro a la masa, no actúo nunca. Si miro a una persona, sí”. Masa: ¡qué venda la mía! Persona: ¡al aire todo! Aquélla no tiene boca. Ni espejos del alma. No tiene escrúpulos. Ésta, individualmente lanza alaridos y ojeadas por doquier. Los aprehendemos. Empatizamos con el lanzador. Acaso, luego, actuamos. Y a otra cosa. La acción reconstituye el alma (mirando a los espejos de ésta…) Pero apalea el cuerpo. Los taoístas reniegan de ella. Como el hombre-masa. Sin embargo el Tao seduce al par que la masa repele. Somos actores independientes. Siempre la virtud en el medio.
viernes, 13 de febrero de 2015
178/ Valor intrínseco
Arbitrariamente abro Historia de la literatura española (de J. L. Alborg). Página 350. Leo: “La producción dramática de Montalbán, que alcanza la no pequeña cantidad de medio centenar de obras, está falta sin duda de un estudio suficiente que establezca su valor real”. De inmediato busco el referente. Juan Pérez Montalbán. Discípulo de Lope. Notario de la inquisición. Loco al final de sus días. Dejó de respirar en mil seiscientos treinta y ocho. Repito de viva voz: Mon-tal-bán. Ni una sola línea de su factura he tenido el albur de leer. Reflexiono en el aserto de Juan Luís. Un estremecimiento recorre mi columna vertebral. Se me revuelven los mondongos. De resultas: malestar generalizado. Una obra de alcurnia con menos valor del merecido por no ser objeto de estudio hondo. Siempre me he sentido refractario a esa idea que postula que la literatura no es hasta no ser leída. Algo similar sucede, me parece, con el valor intrínseco. Éste no debería mermarse nunca. Pero el bisturí de la erudición deja maltrecho mi discurso. Un drama, un poema, un cuento adquiere nombradía con la pluma del erudito. Eso no significa que antes de la escisión dicha nombradía no existiese. Estaría bajo un velo. A la espera de ser rescatada de la ignorancia. Como rescatado de la mía ha sido Juan Pérez Montalbán. Sobre éste escribió Quevedo un sarcástico epigrama: “El doctor tú te lo pones,/ el Montalbán no lo tienes,/ con que quitándote el don/ vienes a quedar Juan Pérez”. Lo hizo en alusión a las supuestas pretensiones de hidalguía de Juanito. Todo porque éste silbó una comedia quevedesca. Aequam memento rebus in arduis servare mentem. Y don Francisco no se aplicó el ungüento.
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