miércoles, 10 de junio de 2015

186/ Juanramoniano estoy

Un propósito mío de re-lectura para este verano lo representa Platero y yo. Cada vez que acudo a ese texto se cierne sobre mí el deseo de emular a JRJ. No hay palabras que describan con fidelidad cómo tan singular librito cortocircuita mi yo de adentro. Lo leí, por vez primera, en la adolescencia. No he podido zafarme de su influjo. Una amalgama armónica de atributos justifican lo que digo: melodía, idea, técnica. A la primera, por la segunda, y a ésta por la tercera. Solo a JRJ (con Darío) no le era ajeno el mágico itinerario. Cualquier texto juanramoniano sobrepasa al imitador. Ni aun los meros captores de reflejos de estilo son capaces de copiarlo. El osado se resigna y vuelve a enfundarse la camisa de lector. Y algo ocurre. Yo no requiero, cuando leo a JRJ, nada. Rectifico: solo que me dejen solo, tranquilo, conmigo y con la elegía andaluza. Me traslado a los idílicos y reales, al par, campos de Moguer. Justo por los alrededores de Fuentepiña. Desde el otero en que ésta se sitúa puedo divisar, al fondo, el pueblo. Y soy inmensamente feliz. Leo, vivo, veo el pino bajo cuyas raíces yacería Platero. JRJ se dejaría envolver por su frondosa sombra en compañía de Zenobia o de sí mismo. Pienso en Filomena (blanca y rubia...). Ella (LPR) y yo anduvimos cerca de esos andurriales. Recuerdo que la luna-lunera llena, enseriada, nos producía un repelús intrigante. Pero escritor y musa, bajo un mismo plenilunio, acaban por separarse. Ignoro el motivo. ¡Cosas de la madre luna! He de conformarme y, pues, me conformo. Lo que en modo alguno significa que quiera (o pueda) olvidarlo.     

viernes, 5 de junio de 2015

185/ De geometría y de vida

Hoy la vida se me figura un poliedro. Las caras de ese poliedro estarían representadas por mis limitaciones de hombre. Una pirámide (también una esfera) sirve al caso que me ocupa. La pirámide es un poliedro con n caras (5 para mí) y una propiedad esencial: todas ellas, menos una, son triángulos (yo, el otro, mis circunstancias y las circunstancias del otro) que se unifican en un vértice común (Dios, suerte, destino). La otra cara, yo la visualizo así, es un cuadrilátero (¿vivir no es luchar a muerte?). Se corresponde ésta con la base. Voy, ahora, con el segundo modelo: la esfera. La definiré: cuerpo limitado por una superficie curva cuyos puntos (cualquiera de ellos) equidistan de un centro común (otra vez Dios, suerte, destino…). Si cortásemos por la mitad ese cuerpo y trazásemos un itinerario imaginario a modo de diámetro sobre él, inexcusablemente, pasaríamos por el centro de una circunferencia: ¿acaso no emparentamos (digo: en la vida) la suerte o el destino con Dios? Sea Dios, destino o suerte, todos “pasamos” por ese centro existencial. He dicho: centro, vértice, caras que limitan un cuerpo. He dicho: un poliedro. Me corrijo: un frágil poliedro que, tarde o temprano, se caerá y romperá (la dama de negro no se anda con chiquitas). ¡Tate! Todavía se conserva entero. Ergo... 

viernes, 29 de mayo de 2015

184/ Admirado "rey" Lledó

Lledó habló y, de nuevo, me satisfizo. Dijo el filósofo que la corrupción que más le preocupa es la de la mente. Te alabo el gusto, querido Emilio. Desde el primer momento que te escuché y leí acabé noqueado por tu discurso. Los profesores con un ADN como el tuyo, o parecido, mitigan los efectos de la holgazanería mental. ¿Cómo? Así: potenciando la curiosidad e inconformidad con el orden de ignorancias establecido. También induciendo la búsqueda bibliográfica de respuestas. Fácil de enunciar. Lo sé. Difícil de ejecutar. No lo sé menos. Te han galardonado con el “Princesa de Asturias” de Humanidades. ¿Sabrá, ahora, el populacho quién eres (y qué dices y a quién o a quiénes lo dices)? Ojalá. Leer a un humanista vivo no es para tomarse a chicota. Casi todos están, ya, muertos. O en capilla. A ti aún te auguro una larga trayectoria vital. Y más artículos, y libros, y entrevistas televisivas y televisadas donde poder verte y oír tu sapiente voz. O fagocitar tu mensaje. Sea como fuere, y sin menoscabo del aliento, com-pren-der-te. Muchos sabios olvidan este ingrediente clave en la marmita de su discurso verbal: la comprensión. Saber y no saber transmitir lo que se sabe redunda en saber solo. Y, ¿qué sentido tiene saber si no se comparte lo sabido? Como tampoco lo tiene (sentido) saber a prisa y corriendo. Esto último, acaso, lo fomentan las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC). El 18 de noviembre de 2014 enunciaste a un periodista del País lo que sigue: “(…) yo fui feliz en la guerra [la Guerra incivil del 36] porque aprendí a leer. Tenía un profesor en Vicálvaro que nos hacía leer un par de veces por semana el Quijote y luego nos preguntaba por sugerencias de la lectura. Hay que enseñar a leer y a amar la lectura. La tecnología es una ayuda para la cultura, pero no creo que tenga nada que ver con la educación”. Saber a todo trapo se ha convertido en el troyano de cualquier mente inquieta. Ya no se reflexiona como antaño. Ya no se investiga con la hondura de antes. O mejor: se investiga horizontalmente, hasta que el aburrimiento hace bulto, movido por el ansia de cambiar de actividad para saber (a todo trapo) algo nuevo. “¡Más madera!”, parecen gritar los gurús de Internet (personal posmoderno). ¿Te leerán ellos? Lo dudo. Más vale saber en mano que ciento volando no es dicho de mi gusto del todo. Yo prefiero este otro: el saber, a fuego lento, mejor sabe. Palabrita del niño Buda.

jueves, 14 de mayo de 2015

183/ Cada loco con su texto

El acto de leer, me parece, engendra un anhelo de trascendencia agazapado. Leo para trascender mi yo anterior al lapso en que leo. Línea cursada, línea que habrá expandido mi espíritu. Lo relevante no es el texto (su forma y su contenido) sino el acto de leer. Cruzo la siguiente esquina (la siguiente línea), rindo itinerario en este tascucio (en esta palabra), reemprendo la marcha y arribo a aquella plaza (a aquella frase). Hitos que suscitan controversias internas entre mi yo callejero y mi yo casero. Vivir, pues, es leer. Y viceversa. No así escribir. Escribir (escribir a secas) es leer sin vivir. Para vivir hay que salir y ver y la escritura obliga a entrar y cerrar los ojos, introspectivamente, para que el lector vea (lea) y viva más. Escribir-entrar y leer-salir son binomios que integran una fórmula única: mi vida. Me pregunto qué acontecería si no leyese. Moriría... Borges creyó, a pie juntillas, que se sentía más orgulloso de los libros que había leído y no tanto de los que había escrito. Considero tal postura loable. Pero falsa. La obra propia colma, hasta el hartazgo, el ego. La ajena, lo diluye. La ajena (la ajena buena), lo pulveriza. No hablaré de la obra mala. No mencionaré la extendida obra mediocre. Un lector competente sabe que se nutre de los egos de quienes se echaron a la aventura de escribir. El objeto de esta reflexión es una queja. Hela aquí: escribir obviando el ego resulta irrealizable. Como para mí lo es (irrealizable) no pensar, cada jornada, en La joven de la perla. O no escribir cuando en ella pienso. No desde el ego (pero desde el ego), sino desde la experiencia, desde el entorno mediato. Que ese entorno y esa experiencia sean exteriores o interiores raya en nimiedad. Escucho “Your hand in mine “, de Explosions in the sky, mientras garrapateo este post. Se me figura la joven de la perla musicalizada: cada acorde, una guedeja de su cabello de sol, una franja de su piel blanca... No hablaré de ojos... Y sí. Cada loco con su texto.

martes, 5 de mayo de 2015

182/ Un sueño

Esta madrugada he tenido un estrambótico sueño. Dialogaba yo con un escritor reconocido acá (y allá). Exactamente ignoro sobre qué parlamentábamos. Solo recuerdo una palabra: prosopopeya. Y que yo confundía esa figura retórica con la etopeya. Creo que aleccionaba sobre ello, pretencioso de mí, al escritor… Él (es varón), que lo es siempre (varón y pretencioso), asintió y más tarde reaccionó. Se rebulló y contraatacó con otra pretenciosidad. Reflexiono sobre esta tara de los escritores. No me gusta. No la comparto. La pongo en práctica, subyugado a mí (¿liberado de mí?), con no poca perseverancia. Motor esta (la perseverancia) de mi escritura. No de mi oralidad. Habla Jekyll. Escribe Hyde. Moneda literaria… Podía haber confundido el hipérbaton con la hipérbole, o la anáfora con la anástrofe, lo que deviene más común. En la vigilia, y he aquí lo extravagante del caso, nunca confundo prosopopeya con etopeya. Será que mi yo dormido baja la guardia mientras mi yo vigilante la alza. Este mismo post resulta pretencioso al contener términos que designan figuras retóricas. Mi intención, sin embargo, no es la pretenciosidad. A veces Hyde regurgita a Jekyll.