martes, 8 de marzo de 2016

223/ Rafael Porlán

En Ensayos, aforismos y epistolario (Alfar), leemos: “Dotado de fina ironía y sagaz humor, Porlán muestra, en determinados momentos, cierto distanciamiento respecto a algunos aspectos de la vida. Su hermano así lo certificó en 1997: `Además de contarnos estas desconcertantes anécdotas, solía expresar observaciones humorísticas, de carácter irónico, con las que trataba de ridiculizar todo lo que le parecía mediocre o falso. Sin embargo, estas ocurrencias eran de tan poca acritud, que pocas veces se dio el caso de que alguien se sintiera molesto por ellas. De todas formas, el uso del humor que era una de sus peculiaridades más destacadas, constituyó para él una especie de compensación que le ayudó a soportar una existencia que le había defraudado por no estar de acuerdo con su sensibilidad´”.
     Hago mío (sin ser mío) lo escrito desde el último punto y seguido hasta el punto final de este pasaje. Una frase absoluta. Un cúmulo de palabras hilvanadas con el hilo del coñazo. Que no del cañamazo. Pues bien: lo hago mío. 
     Ni de mentas conocía yo a Rafael Porlán. No. Tampoco he abarcado su obra literaria con ojos ni alma ni, mucho menos, corazón. ¿Quién o qué tendrá la culpa? Era poeta y novelista. Era ensayista y dramaturgo. Hijo natural de Córdoba y adoptivo de Sevilla y de Jaén. Perteneció a la generación del veintisiete. ¿Alguien lo recuerda? Nadie. Una pena. Hay quien indaga a los jóvenes letraheridos de la postmodernidad al tiempo que echa en el olvido a quienes abrieron camino al modo de crear hoy. Que los postmodernos me perdonen. No soporto su prosa. No soporto sus versos. Solo juzgo irreprochables sus dibujos (ni siquiera su pintura me satisface). Son, todos, espléndidos ilustradores. ¿De qué? De libros de poesías y de gacetas. Dejan al poeta y al articulista en pañales. Ignoro si esto lo sabrá el plumilla y el periodista de turno.
     Rafael Porlán plantó la semilla. Léasele. Indágasele. Désele la oportunidad que tanto y tan acuciosamente merece. Es uno de los mentores del mal. Sí. Pero no del mal hacer. Belcebú también tiene asignado un lugar en la historia de los ángeles. Aunque cayera. Porque cayó. Quienes mal hacen son los escritores y los editores postmodernos. ¿Sus productos? Superficiales y simples y bellos y anodinos y oscuros (casi negros). Con su pan se lo coman. 

jueves, 3 de marzo de 2016

222/ Montaña rusa de los primaverales

A María José Bullock

Pau Donés: “Primavera que no llega…”. Sí. No llega. Pero llega. Ésta es un estado de ánimo. No una estación meteorológica. Vivo yo en impertérrita primavera. No digo que sea bueno. Más al contrario: acaso sea malo. ¿Por qué? Por la inestabilidad que caracteriza a dicho estado interior. Por sus claroscuros. Por sus ángulos muertos. Por su luz y su olor. Mortecina la primera. Desde luego. Agridulce el segundo. También. Por su atmósfera suspicaz. Por su aire ansiolítico. Me explico: produce, ella, en el individuo una hecatombe sentimental y una abulia terribles. Nadie escapa a su influjo. Quienes cumplen primaveras en primavera saben a qué me refiero. Ineluctablemente marca el día del nacimiento. Los arrojados al aire en primavera somos gentes dadas al altibajo emocional. Montaña rusa de los primaverales. Vivimos en continuo conflicto con nosotros y con los demás. Con la vida. Nos encanta la vida. Amamos la vida. Tememos a su antagonista. Me corrijo: a su adlátere. No otra cosa es la muerte que una parte de la vida. Aún así le tememos. Grande incoherencia. Rezumamos vida por los cuatro costados de nuestro ser. Al mismo tiempo caemos en picado por la montaña más arriba enunciada. Somos así. No podemos evitarlo. Nos hallamos en continua exaltación poética. Aunque nada sepamos de poesía. La poesía somos nosotros. Nuestros actos son los versos del ayer y del hoy y, quizá, del mañana. Escribió Pedro Salinas: “Tú vives siempre en tus actos. Con la punta de tus dedos/ pulsas el mundo, le arrancas/ auroras, triunfos, colores,/ alegrías: es tu música./ La vida es lo que tú tocas”. Y en medio de esa alegría, la primavera. Su aire ansiolítico. Su atmósfera suspicaz. Su agridulce olor. Su mortecina luz. Sus ángulos muertos. Sus claroscuros. En resolución: su inestabilidad. Que me digan, ahora, quién dijo que lo contrario es vida y esto no y quién que las tardes de prímula no cercenan los convencionalismos individuales de un solo tajo. Ya sé: las cifras de suicidio suman dígitos en primavera. También sé que te escribo (que te seguiré escribiendo) porque te quiero. Y que eres mi amiga del alma gemela. Y que tal vez nunca leas estas líneas. Y que te debo mi voz.  

miércoles, 24 de febrero de 2016

221/ Cualquier tiempo pasado fue mejor

Vérselas con el realismo sucio de Bukowski. Adentrarse sin remisión ni prejuicios en Se busca una mujer. Quedarse extasiado con la densidad de esos cuentos y sus, en ocasiones, abruptos desenlaces. No querer dejar de leer aunque la repulsa que algunos pasajes suscitan vaya siempre a más. Todo, digo, es una. La de la buena literatura. Esa de altos vuelos. Esa que a pasos agigantados se aleja de lo postmoderno siendo ella lo postmoderno. Mejor: acaparando (solo acaparando) reflejos de la postmodernidad que va a lo fácil como quien va a un precipicio a divisar la lejanía que otros ya conquistaron.
     Lo sucio y real no queda tan apartado de nuestra zona de confort. Ni ésta de aquello. No hay más que acudir a la calle y observar la inmundicia que desborda nuestros afectos. Tantos sueños rotos. Besos que no se arrojan. Abrazos que no se profieren. Caricias a mitad de camino entre la dulzura y la hostilidad. Y un sinfín de parabienes que en vez de alentar al individuo lo sumen en la desesperación más ardua por no ser original sino protocolario. 
     (Violencia visual, no sólo táctil, por todas partes. Charles Bukowski apostado en cada esquina...). 
     He de decir que me estomaga la intrascendencia que atesora el arte de nuestros días. La búsqueda de la superficialidad en que, por ejemplo, ha caído el poeta. Algo así era lo último. Ya ha acontecido. Vivimos, ¡oh, Fabio!, tiempos difíciles para la lírica. Y miente quien diga que siempre ha sido así. Es más raro, ¡fíjate bien, Fabio!, toparse con un buen poema escrito entre hoy y mañana que con un unicornio o un trasgo. Más raro y más futurible (que no futurista: Marinetti, ¡ay!, siempre está en auge). Más futurible y más imprevisible. Más imprevisible y más extemporáneo… 
     Yo también lo creo: cualquier tiempo pasado fue mejor.              

jueves, 18 de febrero de 2016

220/ A batallas de amor, campo de...

Parafrasearé a Caballero Bonald. Hummm, no, mejor lo dejaré para el final. Decidido.
     Nadie se altere. No voy a poetizar. Únicamente deseo poner al aire un poso de reflexiones de La señora Dalloway que es vasija de extraordinaria porcelana inglesa. Una navaja. Una navaja simboliza el afán del hombre por vivir al borde de sí mismo. O de sus emociones. Lo que, al caso, viene a ser ídem. ¿La abro o no la abro? ¿La cierro o no la cierro? El miedo de una mujer a sentir lo que siente (o a volver a sentir lo que sintió) cabe convertirse en el sueño del hombre que propicia en ella tales sentimientos. Con un añadido: la creencia de que el potencial soñador es superior a quien desencadena su sueño. O sea: él quedaría por encima de ella. Justamente eso cree la mujer. Inquiero: ¿Vivir la vida verdadera o la inventada por nosotros? Acaso la primera nos depare felicidad enclaustrada en tanto que la segunda, no. La segunda podría acarrearnos una infelicidad libre. ¿Solo podría? Léase, si no, lo que sigue:     
     “Qué costumbre tan singular, pensó Clarissa; siempre jugueteando con una navaja. Y consigue además, como antaño, que me sienta frívola, con cabeza de chorlito, una simple parlanchina estúpida. Pero ahora me toca a mí, pensó; y, empuñando de nuevo la aguja, llamó en su auxilio –como una reina cuya guardia se ha dormido, dejándola desprotegida (la visita de Peter la había desconcertado por completo, trastornándola), de manera que cualquiera puede acercarse y verla donde está tumbada con las zarzas formando una bóveda–, llamó en su auxilio las cosas que hacía, las cosas que le gustaban, a su marido, a Elizabeth, todo lo que era ella, en resumen, y que Peter apenas conocía ya, para que se congregara a su alrededor y pusiera en fuga al enemigo”.
     Y aquí entronco con mi propio ser. Porque todo viene de atrás (pongamos dos años)... Y también porque todo puede enmarcarse en una amistad profunda e intensa... Y entonces, ¡oh!, se complica todo... Y todo se dispara... La navaja se abre. Con ella se tajan las briznas del tiempo. 
     Pero no quiero poetizar. Solo convenir las bases de un diálogo interior conmigo mismo y con la novela de Virginia Woolf. Con Ella (aquí Ella no es La Joven de la Perla). Digo Ella, la mía. No la otra. Es decir: esa que no me pertenece. Esa que queda fuera del ámbito de mi imaginación. De este modo tan prosaico funciona la mente de aquel que sueña: le duele lo real, le place lo fantástico, lo literario. La hipersensibilidad (cercana, ésta, al sueño) es muy puñetera. Cualquier rocetón con alguien puede derivar en un melodrama psíquico y aún físico. No así su imagen mental (la del rocetón). Ésta siempre es positiva por muy difuminado que quede el borde de la misma. Y por mucho que sintamos hastío o dejadez o sueño a la hora de representárnosla. Por mucho y por muy. Sí. Por mucho y también por muy. Y ahí está otra vez la imagen de la mujer (o del hombre) que suscita todo eso en la mente del pobrecito soñador. Qué grande delicadeza tocar con los dedos de la fantasía el sentimiento puro. Pero no quiero poetizar. Léase, mejor, lo que sigue:  
     “Al repasar su larga amistad –treinta años casi–, la teoría de Clarissa encontraba, hasta cierto punto, confirmación. Aunque sus entrevistas habían sido breves, fallidas, a menudo dolorosas, a lo que había que añadir ausencias (las de Peter) e interrupciones (aquella mañana, por ejemplo, se había presentado Elizabeth –bien parecida, muda, semejante a una potranca de largas patas–, precisamente cuando empezaba de verdad a hablar con Clarissa), el efecto sobre su vida era inconmensurable. Había un misterio en ello. Se recibía una simiente cortante, puntiaguda, incómoda, la entrevista misma, terriblemente dolorosa la mitad de las veces; con la ausencia, sin embargo, en los lugares más insospechados, germinaba, se abría, perfumaba el ambiente; era posible tocarla, gustarla, situarla, sentirla y entenderla, después de años de olvido. De esa manera Clarissa había vuelto a él a bordo de un buque, en el Himalaya, sugerida por las cosas más extrañas (de la misma manera que Sally Seton, aquella boba generosa y exaltada, pensaba en él cuando veía hortensias azules). Clarissa había influido en su vida más que ninguna otra persona. Y siempre presentándose cuando él no la buscaba, fría, señorial, crítica; o seductora, romántica, evocadora de un prado o de las mieses en Inglaterra. La veía casi siempre en el campo, no en Londres. Una tras otra, las escenas en Bourton…”.
     Ahora sí parafrasearé a Caballero Bonald. Y lo haré del siguiente modo: A batallas de amor, campo de olvido. Y no de pluma
     Ea. Dicho queda. ¡Ojalá no tenga que arrepentirme! 

lunes, 8 de febrero de 2016

219/ Las fuentes II

¡ALBRICIAS!

Escribió Woolf-Millás: “Todo se había detenido. La vibración de los motores sonaba como un pulso que repiqueteara irregularmente por todo un organismo. El sol empezó a calentar con mayor intensidad porque el automóvil se había detenido frente al escaparate de la floristería; en la imperial de los ómnibus las ancianas desplegaron sus parasoles negros; aquí y allá se abrieron con un suave chasquido uno verde y otro rojo. La señora Dalloway, acercándose al escaparate con los brazos cargados de guisantes de olor, examinó la calle con sus delicadas facciones sonrosadas contraídas por la curiosidad. Todo el mundo contemplaba el automóvil. Septimus miró. Los chicos se bajaron de sus bicicletas. El tráfico se acumuló. Y allí seguía el automóvil, con las cortinillas corridas, y en ellas un curioso dibujo con forma de árbol, pensó Septimus; Y aquel gradual acercamiento de todo hacia un centro ante sus propios ojos le horrorizó, como si algo espantoso hubiera llegado casi a la superficie y estuviera a punto de estallar en llamas. Soy yo quien impide el paso, se dijo. ¿No lo estaban mirando y señalando con el dedo? Si estaba allí, inmovilizado, si había echado raíces en la acera, era por una razón, pero ¿cuál?”.
     Bromas aparte, el fragmento transliterado pertenece a La señora Dalloway, de Virginia Woolf. Al leerlo mi mente ha aducido la figura de Juan José Millás y no la de Gabriel García Márquez. La literatura de Juanjo superpone dos planos: el de lo concreto-literal y el de lo metafórico-general. He subrayado el segundo. Ese juego de ámbitos que se mezclan lo lleva Millás a un extremo en tanto que Woolf solo salpicaba, con ello, sus textos (¿sus textos? Yo no sé. Al menos este texto…). Aunque reiteradamente. Muy reiteradamente. Episodios lectores, como este, de averiguación de similitudes entre creadores de diferentes épocas y lugares me obligan a reflexionar sobre el arte y sobre la vida. Sobre cómo nutrimos nuestros patrones conductuales con los de los otros. Somos un circuito cerrado de ida y vuelta. La vida es la novela más sorprendente que podremos escribir jamás. El escritor, por suerte, no es ajeno a esta realidad. ¿Y el viviente? ¿Lo es el viviente (ajeno, digo)?
     Permítaseme, ahora, que exclame: ¡Albricias!, y que acto seguido me quede tan pancho.