miércoles, 18 de octubre de 2017

274/ "Mi mejor obra es mi constante arrepentimiento de mi obra"

Lo escribió Juan Ramón Jiménez. Además de: “Se habla demasiado de mi sistema de corrección. Si se corrije lo de ayer, lo de hace un año, dos, tres, cinco, ¿por qué no corregir lo de veinte, treinta, cincuenta? En buena lógica lo que necesita más corrección es lo más lejano, ya que la vida nos ha dado más tiempo de llevarlo con nosotros, y lo importante es que una cosa sea bella. Siempre he respetado en mi corrección la idea, el sentimiento, el sentido, el acento, el carácter de mi escritura y la mayor parte de la redacción que suponía un hallazgo. He suprimido lo más inútil o lo más vano y he procurado dejarle su verdad a cada cosa.
     Al corregir reviviéndolos mis poemas antiguos, les dejo lo anecdótico que tenían de fundamento, o lo imaginado, con el acento original. Lo que les quito es el añadido tonto, y a cambio de la sustitución verdadera; que, aunque no la señalé entonces, quedó grabada en mi recuerdo como pidiéndome que la salvara.
     Y estoy contento de haber podido salvarla”. 
     Palabra, a mi juicio, que va a misa. Lo copiado refleja una filosofía del esfuerzo literario. La escritura es esforzada. No automática. Los seguidores de Breton (léase: post-modernos de hoy) sostendrían lo contrario. Risas. ¿Quién escribe, en la actualidad, así? ¡Legión son! “Lo importante es que una cosa sea bella”. Esto sí: con la belleza se quedan los post-modernos más anchos que largos. Y no con esto: “suprimir lo más inútil y lo más vano”. 
     Puedo admitir que la literatura es inútil y es vana y es bella (contraviniendo, en parte, a Jiménez). Automática no. Eso nunca. Hay que pensarla y re-pensarla y requetepensarla para procurarle decencia artística. Muchos olvidan lo aquí apuntado: escribir sería jugar… Vale. Pero no pretendan “hacer” literatura de vuelo alto. Inevitablemente este les saldría rasante.  
     Es sabido: a pájaro que de esa guisa vuela… tiro certero del cazador. 
     Conque…        

miércoles, 20 de septiembre de 2017

273/ El poder de lo modélico

Volvamos, un punto, la mirada a Bécquer. A su Rima quincuagésimo segunda…

Olas gigantes que os rompéis bramando 
en las playas desiertas y remotas, 
envuelto entre la sábana de espumas, 
¡llevadme con vosotras! 

Ráfagas de huracán que arrebatáis 
del alto bosque las marchitas hojas, 
arrastrado en el ciego torbellino, 
¡llevadme con vosotras! 

Nube de tempestad que rompe el rayo 
y en fuego ornáis las sangrientas orlas, 
arrebatado entre la niebla oscura, 
¡llevadme con vosotras! 

Llevadme, por piedad, a donde el vértigo 
con la razón me arranque la memoria. 
¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme 
con mi dolor a solas!
  
     Cuatro serventesios de pie quebrado formidables. La lírica es uno de los tres grandes géneros literarios (¿los otros dos? Épica y dramática). No siempre fue así. Aristóteles se mostró reticente a incorporarla a esa tríada. Creía que no cumplía con las exigencias de la mimesis. Platón, quizá a regañadientes, sentó cátedra en su República (libro X): “Toda poesía es mimética”. 
     Recordarlo no está de más.  

domingo, 13 de agosto de 2017

272/ Literatura bajo sospecha

Yo sigo erre que erre con lo mismo. Señores escritores: ¿por qué se lían ustedes más que la pata de un romano? ¿No se percatan de que pueden expresarse sin tanto retruécano ni vuelvo y revuelvo ni… bla, bla, bla? Se abusa del discurso literario. Cada cual que escriba como quiera o pueda. Pero respétese al lector. No se le contraríe con rimbombantes frases ni (lo supuestamente contrario a las rimbombantes frases) vacíos “legislativos” de orden lingüístico. Está feo. Es descortés.  
     Va por vosotros, poetas y narradores post-modernos de chicha y nabo, publicadores allá donde os dejan. O: en "nidos" de no sé qué holgazanes de la palabra y “currantes" del lápiz. Sus ilustradores pasan por genios. Lo son. Sus autores parecen (no digo que lo sean. ¡Buda me libre!) holgazanes. Ni lo uno (complejidad innecesaria) ni lo otro (simpleza insultante) lo juzgo deseable. Como muestra un botón: Déjame morir/sé volver (en clara referencia a una oración de Alejandra Pizarnik que dice: Me iré y no sabré volver). No mencionaré el nombre del autor de esos trabajados versos. Tampoco la editorial que los airea. Para mayor inri: tales versos constituyen un poema. ¿Su título (creo que lo tiene. No está claro si es primer verso)? Los post-modernos reniegan de los títulos poemáticos y del carácter unitario de los poemarios que fabrican. El esfuerzo intelectual del poeta salta, aquí, a la vista. No emplea, éste, signos de puntuación. Una moda como cualquier otra. ¿Por qué tendrán los post-modernos aversión al punto? ¿Y a la coma? ¿Y al punto y coma? ¿Y a los dos puntos? Claro: es el genio y donde hay “Genio” sobra “Esfuerzo”. Todo sale del tirón y sin esfuerzo. Acaso el problema radique en los filtros. ¿Qué filtros (y quién los limpia) aplican estos "nidos" para afirmar o negar la calidad y calidez (o no) de una obra? ¿Hay entre sus filas expertos? ¿Filólogos? ¿Lingüistas? ¿Autores con legitimidad artística y moral? ¿Quién corrige las pruebas? Enuncian a los cuatro vientos que veneran el libro. No solo como tal sino también como objeto de culto. Ahí está la trampa. Los textos que publican son tan deficientes que los dibujos que les anexan se catapultan solitos al estrellato. Pobres poetas creídos poetas y pobres narradores entusiasmados e incapaces de discriminar. Con su pan se lo coman. Espero que esta no sea la literatura que nos depara el futuro. Aunque sea (sé que lo es) presente. Léase: versos y frases de urbanitas con sombrero y micrófono hedonistas y vanguardistas (¿me reiré? ¿Delante de quiénes van?) y trasnochados. ¿”Cul-tu-re-tas”? Moderna de Pueblo retrató a los “culturetas” en Cooltureta (Lumen) a las mil maravillas. Lo diré sin tapujos: falta excelencia. Tanto monta: Superior calidad o bondad que hace digno de singular aprecio y estimación algo.  

miércoles, 2 de agosto de 2017

271/ Café y cháchara

A Ana Alba: 
cafetera de pro.

Confieso ser cafetero. En según qué épocas el café ha tenido mala prensa. Siempre rondaba al consumidor la ansiedad o el infarto de miocardio. Hoy la toma de café no solo no está mal vista; también, se juzga necesaria para un mejor funcionamiento de la memoria y de los neurotransmisores empeñados en regular el quisquilloso e impertinente flujo anímico (serotonina. Dopamina. Endorfina). Es otra época. Corren otros tiempos. Unos más benignos… 
     Quienes tiran de Historia pueden argumentar algo. Por ejemplo: que el café dio “carta de naturaleza” a las tertulias del XIX. Gozaban éstas de prestigio. Alguna boca crítica echaba sapos y culebras al hablar de ellas. Clavijo ha escrito (en El pensador): “Si estas asambleas habían sido de provecho en algún tiempo, yo había tenido la desgracia de conocerlas demasiado tarde y que sólo podía andar detrás de ellas algún ocioso, que pensase en recoger materiales para pintar al natural el abuso de las letras, o escribir el elogio fúnebre de la urbanidad”. 
     Probablemente Clavijo pensaba (sin saberlo) en los cafés del XX o del XXI al escribir lo más arriba copiado. Nidos, todos ellos, de lenguaraces y de alcahuetes. Todos no. Alguna excepción hay. La diferencia entre el XIX y el XX o XXI es fácil de tragar y difícil de digerir: en las dos primeras centurias el café era pretexto para conversar. En el XXI la conversación lo es para cafetear. En plena era post-moderna se habla (por hablar) demasiado. El ignorante habla (por hablar) demasiado. El docto habla (pero no por hablar) demasiado. Se habla (por hablar) demasiado y se habla mal por tanto hablar cuando toca callar. Una duda me corroe: ¿Por qué quienes fatigan la sin hueso o no leen (algunos leen poco. Cierto) o no escriben? Habrá quien crea que del mismo modo se escribe demasiado y mal. Mejor sería leer demasiado (aunque se leyese mal). El mundo, me parece, con ese defectillo sin importancia sería mejor de lo que es.   

domingo, 9 de julio de 2017

270/ Altos vuelos técnicos

Deseo dar muestra de un trepidante estilo literario cinematográfico. No mío. Pedro Antonio de Alarcón es su artífice. Y El final de Norma la novela donde éste ejercita esa escritura. Expresar, aquí, lo que a nivel técnico supone esta obra lo juzgo un punto inapropiado. Demasiado extenso sería mi excitante discurso. Quédense tranquilos los lectores de esta pobrecita bitácora. No lo haré. Sin embargo apuntaré algo. Uno: la sencillez lingüística empleada por quien fue un gran intelectual de su época y miembro de la Real Academia de la Lengua Española. Ignoro si esto último refuerza mi impresión sobre el autor o la debilita. Dos: la plena ejecución de una trama y un argumento sencillamente perfectos. Esto es crucial y solo comparable a los que fabricara Pío Baroja en Las inquietudes de Shanti Andía. Nota: no mencionaré novelas largas para ejemplificar lo que quiero decir. Imaginar un argumento impecable sin desquerer a la psicología o a la filosofía o a la cultura (no de masas. Sí de escasa recepción) lo entreveo como un milagro. Y tres: la construcción de un equilibrado tiempo interno. Hacía mucho que no leía algo parecido. He tenido la impresión lectora de que un día narrado en un puñado de líneas se corresponde exactamente con un periodo de 24 horas. Un día u otras unidades de tiempo. Algo así solo lo logran los grandes novelistas. Algo así se llama: “literatura de altos vuelos técnicos”.