viernes, 23 de diciembre de 2022

394/ Cartas juanramonianas (I)

En varias ocasiones he anunciado en esta bitácora mi reticencia hacia la publicación de cartas del tipo que sean. Ello (la publicación de tales) no es algo que me satisfaga como hombre a secas pero sí (he de decirlo y a las claras) como lector, también, a secas. ¿Habemus contradicción? Leer textos del género epistolar me ha parecido una gozada desde que tengo uso de razón; leer cartas que no tienen voluntad de estilo, ni predisponen al deleite lector, no tanto. Dicho lo cual: publicar una carta, insisto: del tipo que esta sea, se me antoja radicalmente distinto. Y delicado. En <<sopitipandos>> haberlas haylas. El motivo de su aireo no es otro que el examen, literario, de las mismas. O, en el peor de los casos: la crítica literaria de su carácter (estilo, sintaxis, intencionalidad…). En modo alguno narrarán las mismas episodios de una intimidad abochornante para el autor. Esto, al menos, es lo que he procurado cada vez que una de esas misivas ha sido <<subida>> aquí. Ignoro si lo habré logrado (o no) a perpetuidad.

     Voy, a continuación, a romper una lanza en favor de aquellos antologistas de cartas de escritores laureados por la historia de la literatura universal. Valga como ejemplo extensible a otros el de Francisco Garfias (recopilador y editor). El año 1992 Garfias reunió en un solo volumen más de un centenar de cartas de Juan Ramón Jiménez dirigidas a diversas personalidades del mundillo literario y cultural de la época. <<Espasa Calpe>> editó el libro. A lo que iba: en el <<Prólogo>> de este puede leerse lo siguiente: <<Este volumen incluye una selección de cartas generales, muchas de ellas rigurosamente inéditas hasta ahora. Se han omitido las dirigidas a Zenobia, interesante correspondencia amorosa que algún día de publicará –ya lo hizo en parte Ricardo Gullón– con el título de “Monumento de amor, epistolario y lira”. También se han apartado las familiares y algunas cuyo contenido hubiese herido susceptibilidades de personas vivas o memorias de muertos, aunque en todas ellas exista, como contrapeso, una sinceridad desconcertante y una gran valentía en el ataque>> (Juan Ramón Jiménez. <<Cartas: Antología>>. Espasa Calpe. Madrid, 1992. Pág., 20). Y más abajo: <<Queremos hacer constar también que, en todo momento, hemos contado con la aprobación y el estímulo de la familia del poeta y, sobre todo, con la colaboración de su sobrino Francisco Hernández-Pinzón Jiménez>> (op.cit. Pág., 21).  

     ¿Convencido Garfias de la pulcritud ética de su labor recopiladora? No lo creo. Al no estarlo (digo: convencido; si no lo estuvo, claro) aclara que deja fuera de la antología de marras aquellas cartas que de una u otra manera puedan suponer una ofensa (o similar) a vivos y muertos. Quedaría coleando el apartado de las misivas estrictamente amorosas (como las destinadas a Zenobia). Pregunto: ¿Cabría publicarlas sin el menor melindre? Quiero decir: sin el menor escrúpulo hacia autor y destinatario. Juan Ramón no era tiquismiquis en este aspecto a juzgar por su intención, manifestada en reiteradas ocasiones, de hacer un libro de cartas (suyas todas) al que incluso se aventuró a ponerle uno que otro título menos lírico de lo que a priori cabría esperar: <<Carta pública>> (tengo entendido que ideaba un título distinto cada vez que le aguijoneaba el afán de corrección en pos, es claro, de la búsqueda de perfección. Luego, daría con la piedra filosofal de ese ideal de perfección que tanto le atormentaba: <<espontaneidad>> y <<sencillez>> unidas).

     Las cartas de Juan Ramón que hasta ahora llevo leídas no me parecen ni espontáneas ni sencillas. No especialmente. Eso sí: todas pertenecen a la primera época del poeta (más intrincada de conceptos e ideales). 

     Veremos lo que venga en adelante…

jueves, 15 de diciembre de 2022

393/ Pasada de frenada...

Hace una pila de años que no sé nada de Luis Antonio de Villena. Le perdí la pista allá por los noventa. Lo veía yo aparecer fugazmente por la caja tonta en programas ñoños de dudosa solvencia. Y también en uno que otro informativo. En puridad, más que informativo, Telediario. Por aquellos tiempos la oferta mediática televisiva no era la que tenemos hoy. Yo lo juzgaba un tipo raro. Siempre me atrajo lo raro. <<Rareza>> era igual a <<diferencia>> que era igual a <<originalidad>>. Quién podía criticar, digo: visceralmente, a alguien original. Los tipos así tenían merecido besar la Gloria. Hoy sigo pensándolo. Creo que falta originalidad a raudales. La literatura actual bebe y bebe, y vuelve a beber, de la fórmula más acertada para crear productos de consumo (comerciales) cuya finalidad es divertir a las masas de lectores: la intriga. Vicente Vallés lo ha expresado claramente (cito de memoria, por ello, puede registrarse algún error en la literalidad de las palabras que asigno a Vicente): <<Mi objetivo [el de la novela que ha escrito] no ha sido otro que lograr que el lector se divierta leyendo mi libro>>. Quiere decirse: “No sabiendo qué va a ocurrir en la página siguiente”. Su libro, <<Operación Kazán>>, ha sido galardonado con el <<Premio Primavera de Novela 2022>>. Dicho queda.  

    Pero no pretendía yo hablar del bueno de Vicente Vallés sino de Luis Antonio de Villena (presunto maldito nuestro). Y todo por una cuestión fácil de justificar: la mentada <<originalidad>>. Los autores barrocos parecen más dados a ser originales que el resto. Ignoro el motivo. Escritores barrocos de trapío vivos, en España, hay muy pocos. Digo <<barrocos>> de verdad; no <<barroquillos>>. Solo se me ocurren tres: Luis Antonio de Villena, Fernando Sánchez Dragó, Juan Manuel de Prada. Los demás no andorrean ese terreno plagado de metáforas, retruécanos, paralelismos y todo tipo de neologismos y préstamos lingüísticos exóticos tan desconocidos por el populacho. Ah, y de latinajos, que ya se me olvidaba… Como si retorcer la frase y culturizarla derivara necesariamente en novedad cuando, en realidad, lo novedoso sería expresar lo mismo con menos palabras y recursos. <<Minimalismo>>. Minimalismo versus Barroquismo. El caso es que leyendo <<Mitomanías>> (Luis Antonio de Villena) me he topado con una originalidad a mi juicio brillante. El libro atesora muchas originalidades pero a mí me ha llamado la atención una por encima de todas. La transcribiré aquí: <<Ese acierto iconizó a Almodóvar, por lo que alguien pudo decir (no sé si yo mismo en una crítica antigua), que la indudable modernidad de Pedro podía resumirse en la imagen de un cofrade de la Macarena metiéndose rayas de coca una tarde…>> (op. cit. Planeta. Barcelona, 2002. Pág., 152). 

     Como se ve, Luis Antonio no escatimó en elegancia expresiva. Observo que todos aquellos que se auto-definen <<progres>> o se comportan como el tópico típico <<progre>> ordena, manifiestan un rencor a lo sacro un punto cargante, creo. Como si lo sacro fuera responsable único de todas sus cuitas. No seré yo quien niegue algo así: cada hijo de vecino sabe sus cuentas; pero de eso a considerar siempre a lo sacro responsable solidario (o no) de las desventuras personales de cada quisque me parece algo desorbitado. Habría que distinguir entre lo generalísimo (la institución sacra por excelencia: la Iglesia) y lo particularísimo (el colectivo sacro por excelencia: el clero). Y, de paso, tampoco estaría de más chequear el concepto de <<Regla Áurea>>. 

     He dicho.

martes, 13 de diciembre de 2022

392/ Una pifia monumental

Hacía mucho que un libro no me decepcionaba tanto. Hacía mucho que una entrevista televisiva y televisada no me confundía a un nivel cuasi escandaloso. Hacía mucho que no me topaba con el tratamiento superficial, hasta la náusea, de un tema interesante a más no poder: la inclinación de la cultura japonesa al cuidado del individuo con vistas a que este logre convertirse en centenario cuando no traspasar, con holgura, la barrera psicológica y biológica de los cien calendarios. No suelo toparme, de ordinario, con textos donde al lector se le considere necio y no persona cabal. Ocurre esto cuando el autor hace uso (y abusa) del <<ñoñeo>>: una lacra de la post-postmodernidad. Los autores (pues son dos), en el caso que nos ocupa, lo hacen a diestro y siniestro. Yo diría: atontando (intentando atontar) a cuanto incauto se aproxima a las páginas de la pifia que han escrito con verdadera maestría. 

    Así lo he reconocido, lector curioso que soy, desde las primeras líneas del libro <<Ikigai>> (Urano. Madrid, 2016). Lleva, el paginado, veinte ediciones en su haber. Yo, francamente, no lo entiendo. Entre sus toneladas de polvo y paja hallo lo siguiente (voy a enumerarlo). Uno: verborrea (básica, infantil, a veces. Poco ambiciosa siempre). Dos: superficialidad (deriva de lo anterior). Tres: inexactitud (puede verse aquí: <<Desde su fundación, uno de los objetivos, tanto del budismo como del estoicismo, es el control de los placeres, deseos y emociones. Aunque ambas filosofías son muy diferentes, tienen como objetivo común reducir nuestro ego y controlar las emociones negativas>>); hasta donde se me alcanza, el budismo no trata de controlar nada, más al contrario: aboga este por la observación (y flujo) de los pensamientos y las emociones sin oponer resistencia lógica alguna en ese proceso de observación libre de ataduras juiciosas... Cuatro: postergación inútil de lo principal que, en todo caso, queda soterrado bajo lo accesorio. Cinco: consideración de <<soluciones>> obvias como si de la panacea universal se tratase. Un despropósito todo.

     Botón de muestra:

     <<Nos compramos “agua de la longevidad” y la bebimos en el aparcamiento del mercado mirando al mar, con la esperanza de que aquel botellín que parecía contener una poción mágica nos diera salud, larga vida y nos ayudara a encontrar nuestro Ikigai>>.

     Dicen que <<La esperanza es lo último que se pierde>>...

     Que esperen. Ellos que esperen…

     Otro botón de muestra:

     <<Si aún así tienes dificultades para conciliar el sueño en la cama, respira profundamente contando cada inhalación y exhalación hasta llegar a cien>>. Por alguna extraña razón este consejo no sería válido si el bello durmiente reposa sobre un sofá o cuenta sus respiraciones hasta un número distinto de cien... 

     La entrevista a Héctor García y Francesc Miralles, autores de <<ikigai>>, la vi en la 2 de TVE. Corrió, esta, a cargo de Antonio Gárate. Decepción doble. Admiro el trabajo televisivo y televisado del bueno de Gárate. No sé qué pudo pasársele por la cabeza el día que concertó semejante bodrio de entrevista (tan equivocada idea del libro promocionado ministró esta. Pues más se trató de una promoción bienintencionada que de un examen breve y objetivo de una obra escrita. ¡Oh, mores!). Vaya, ahora, una aclaración. <<Idea equivocada>>: `que no se ajusta a la realidad real (o, al menos, no a mi realidad) sino a otra distinta´. ¿Cuál? Lo ignoro. Si un libro procura autoayuda y solo de vez en cuando se erige en precursor de lo ensayístico (y no al revés, como se le da a entender al televidente en la entrevista de marras), que lo digan a las claras quienes corran con esa responsabilidad para mí moral. Y que no manipulen con palabras de artefacto y envoltura de papel satinado e, incluso, provisto de lazada... 

     (¡So sonsos!).    

     Japón, como país y como tema de ahondamiento intelectual, se presta a una complejidad maravillosa. Juzgo <<Ikigai>> una ofensa a aquellos que dedican su vida a estudiar este fantástico (léase el término <<fantástico>> en su acepción más literaria) lugar de Oriente que tanto ha aportado (y seguirá aportando) a la humanidad. Una ofensa y, ya de paso, un despropósito (otro más): sus autores residen o han residido (aún no lo tengo claro) allí.

     Borges escribió: <<(…) Entiendo que esa disciplina socrática no sería inútil. De las personas que conozco, muy pocas la deletrean siquiera. Se dejan embaucar por artificios tipográficos o sintácticos; piensan que un hecho ha acontecido porque está impreso en grandes letras negras; confunden la verdad con el cuerpo doce (…)>>. (<<Otras inquisiciones>>).

     Juzgue, si lo desea, el lector. Y a otra cosa.

jueves, 17 de noviembre de 2022

391/ Los derroteros

La novela de la inmigración bien podría pasar por la novela de la violencia. Suena raro. Hasta un punto xenófobo suena. <<Una tarde con campanas>>, de Juan Carlos Méndez Guédez, indaga esta línea discursiva. Los ojos de un niño venezolano cuya familia ha emigrado a España, recalando al cabo esta en Madrid, acaban constituyéndose en dos faros formidables que alumbran el espacio (sórdido) y el tiempo (congelado) a que tendrá que enfrentarse impepinablemente el lector. El lector no será otro que este niño venezolano. El lector (dondequiera y comoquiera que este respire) será llevado por el autor a mirar el mundo que le ha tocado en suerte como lo mira un niño de yo no sé cuántas primaveras. Era hora de que esto acabase produciéndose. <<Planicio>> (José Luis Olaizola) y <<El miedo de los niños>> (Antonio Muñoz Molina), por ejemplo, caminan sobre esa línea en ocasiones difusa que separa la manera ingenua (y, por qué no, despierta) de mirar del niño y la sofisticada y pamplinosa y embustera del adulto. El caso que nos atañe nada tiene de pamplinoso ni de embustero. Más al contrario: la crudeza de la inmigración (cuando no está, esta, bañada en oro. La inmensa mayoría de casos no lo están: hay dolor, hay penuria, hay escasez: nada sobra más allá de lo mentado) permanece sin velo que valga durante el curso de toda la narración. Yo diría: en estado puro. Yo diría todavía más: en estado honesto. La novelita de marras desprende honestidad a raudales. 

     El niño narrador, un mal día, presencia lo que sigue: 

     <<Justo enfrente, un hombre estaba dándole una patada a Ismael. Lo empujaba, lo cacheteaba, lo pateaba. Augusto salió al balcón a gritarle a aquel hombre que dejara en paz al chico, pero él respondió que era el padre y que se fuera a tomar por culo.

     Luego creo que mamá llamó a la policía, pero durante todo ese tiempo a Ismael lo estuvieron batiendo contra el suelo y su cabeza sonaba como un coco lleno de agua. Traca, trac, traca, trac. A mí me parece que Ismael tenía los ojos muy abiertos, como si pensara que así le dolerían menos los golpes. Pero después de un rato parecía como dormido y uno de los brazos le quedó colgando entre la rejas del balcón>>.

     El niño narrador, otro mal día, decide acosar a Ismael: 

     <<Algunas veces, los otros chicos de la calle me aplauden cuando le acierto a Ismael en medio de la cabeza. Entonces yo los saludo y después en el recibo de la casa hago un avioncito como esos futbolistas que marcan el gol en el último minuto>>. 

     El niño narrador, después de todo, tampoco se libra: será acosado.

     A veces la narración adquiere rasgos benévolos de ternura, de fantasía, de regocijo. A veces. 

     Siempre, ¡siempre!, el sometimiento a la cruda realidad será un hecho.      

jueves, 10 de noviembre de 2022

390/ Leer para creer

A veces la imaginación se solapa con la realidad y es entonces cuando el imaginativo corre un riesgo importante: confundir ambos planos (el ficticio y el real). Si el imaginativo no es más que un niño, el episodio puede adquirir tintes siniestros, tremendamente dolorosos. Una imaginación infantil recurrente es la del <<Hombre del Saco>> en sus múltiples variantes. Una de estas variantes múltiples aparece descrita en el libro <<El miedo de los niños>> (Antonio Muñoz Molina. Seix Barral. Barcelona, 2020). Y es: el pedófilo que rapta a un niño para abusar de él. Horripilante.

     Botón de muestra:

     <<–Ese maestro no tenía que haberlo dejado salir solo. Con lo tranquila que estaba yo sabiendo que iba a la escuela y volvía con Esteban.

     […] Quizá Bernardo se había perdido, porque se ponía a pensar en sus cosas y se despistaba con facilidad […]. Quizá se había perdido o se había puesto a jugar a las cristalas o a las estampas con alguien. […].

     Eran las diez de la noche y Bernardo no había aparecido. […]>>. (op. cit. Págs. 64-65).

     Decía que confundir planos puede acarrear una tragedia en toda regla. Cuando en la mente del imaginativo lo real pasa por ficticio, si lo ficticio ordinariamente es considerado algo inofensivo, la realidad de que se trate pierde entidad (o tanto monta: peligrosidad). Justo lo que le sucede a uno de los protagonistas del <<Miedo…>> (de nombre Bernardo). Sin embargo Bernardo sabe defenderse y logra escapar a tiempo. Es lo que interpreta el lector optimista de este fantástico cuento largo. Otro, pesimista, podría interpretar algo muy distinto. Se llama ambigüedad de la obra de arte: o riqueza que atesora la literatura de alto vuelo.

     Otro botón de muestra:

      <<–Qué patada le di, primo. Con lo grande que era se cayó redondo al suelo. Se derrumbó como una vaca cuando le parten las patas de delante en el matadero. La cabeza le rebotó en el suelo como una pelota. […] Le vi el pelo empaparse de sangre. Se quedaron pelos pegados en la punta de la bota pero yo no me paré a limpiarme y salí corriendo>> (op. cit. Pág. 78).

     Cómo el cuento fue escrito usando una sintaxis que no irrita, no aburre, no deja <<neutro>> al lector (sobre todo viniendo de quien viene: Antonio Muñoz Molina) me parece digno de mención y de alabanza. ¡Bendito sea el Señor, Dios del Universo, por iluminar al autor de <<La noche de los tiempos>> (Seix Barral. Barcelona, 2009) cuya lectura se me antojaba estimulante al principio y soporífera después (al cabo, por suerte, logré finiquitarla) y eso que empezó prometiendo tanto tanto! En fin. <<La noche…>> pudo ser obra maestra (acaso lo sea) pero quedó en una macro-descripción del final de la II República y comienzo de la guerra incivil española del 36. Esto a mi juicio. <<El miedo…>>, también a mi juicio, pudo no serlo (obra maestra) pero acabó siéndolo. Del <<Minimalismo>>, claro.  

     Señoras y señores: leer para creer.

     Antonio: mi gratitud.