sábado, 18 de junio de 2016

231/ ¿Belleza vs. Ideología?

Pregunto: ¿cuál es el móvil de Rebelión en la Granja? La respuesta a este interrogante la formula George Orwell en una (existen dos) introducción a su obra. Siempre según Christopher Hitchens. Transcribiré el pasaje de la misma que Hitchens airea en una página (aclaratoria) de una edición de bolsillo del título mentado que el abajo firmante (o sea: un servidor) maneja. Es el que sigue…
     Pero, antes, permítaseme una apostilla. El presente post carece de toda intención ideológica. Su autor no posee ideología. No. No la posee. Solo posee ideas. Unas nimias. Otras sofisticadas. Casi todas inútiles. Nada en el mundo le aburre más que la política. De raigambre anarquista individualista es. No de izquierdas. No de derechas. Tampoco de centro. ¿Es que hay que ser de algo quiéralo o no uno? ¡Bah! Fin de la apostilla. 
     …ahora sí. El pasaje: 
     “Los últimos diez años he tenido el convencimiento de que la destrucción del mito soviético era esencial para la resurrección del movimiento socialista.
     A mi regreso de España me propuse denunciar el mito soviético en un relato que pudiese entender casi cualquiera y que pudiera traducirse fácilmente a otros idiomas. No obstante, los detalles concretos de dicho relato no se me ocurrieron hasta que un día (en aquel entonces yo vivía en un pueblecito) vi a un niño de unos diez años que conducía un enorme carro tirado por un caballo por un sendero estrecho, y le golpeaba con la fusta cada vez que intentaba desviarse del camino. Pensé que si los animales llegaran a ser conscientes de su fuerza, no tendríamos poder sobre ellos, y que los hombres los explotan del mismo modo que los ricos al proletariado.
     Así que me apliqué a analizar la teoría de Marx desde el punto de vista de los animales”. 
     Orwell luchó en la guerra (in)civil española en el bando antifascista. Tuvo que salir por patas de la piel de toro debido a que fue perseguido por los afines a Stalin. Sostuvo que el régimen soviético representaba el infierno. No el paraíso. Rebelión en la granja se presta a una lectura ideológica. Quien la acometa (con exclusividad) se estará perdiendo la belleza implícita y explícita en ella. Se trata de una fábula magistralmente narrada de la que no puede uno desprenderse con facilidad. Es sabido: la belleza encandila y atrapa. De ella es de lo que más carece la política. La cual, en puridad, es fea. Un vodevil de los instintos. Un adefesio de la voluntad. Un astracán de la inteligencia.     

martes, 7 de junio de 2016

230/ Tres citas

Vayan, aquí, tres citas extraídas de La verdad de las mentiras (Alfaguara. Madrid, 2011).
     Una: “Eran años de bonanza y francachelas, de alegre inconsciencia y espléndida creatividad. Florecían todas las vanguardias estéticas y los surrealistas encantaban a los modernos con su imaginería poética y sus `espectáculos provocación´.”
     ¿Y no es esto lo mismo que sucede hoy a cuento de los gustos e ideas y perspectivas tristemente derivados de la post-modernidad? Por ejemplo: los que atesoran aquellos poetas veinte y treintañeros que publican en sellos humildes. Todos geniales.  
     Dos: “(…) en él [en Nabokov], como en Borges, había un escéptico, desdeñoso de la modernidad y de la vida, a las que ambos observaban con ironía y distancia desde un refugio de ideas, libros y fantasías en el que permanecieron amurallados, distraídos del mundo gracias a prodigiosos juegos de ingenio que diluían la realidad en un laberinto de palabras y de imágenes fosforescentes”. Y como cola: “En ambos escritores, tan afines en su manera de entender la cultura y practicar el oficio de escribir, el arte eximio que crearon no fue una crítica de lo existente sino una manera de desengranar la vida, disolviéndola en un fulgurante espejismo de abstracciones”. 
     Celebro que así fuera. La vertiente crítica me la repampinfla. En la abstracción (con lógica) radica el divertimento. Ella exalta la imaginación del lector. Hay que buscarle los tres pies a cada pasaje. Y no lo que fabrican los post-modernos. A saber: abstracciones sin pies ni cabeza cuyo sentido se oculta porque no existe. ¡Bah! Reniego de esa ralea. Tan urbanista ella. Tan superficial. Tan afín al "postureo" intelectual y artístico. Tan “cultureta”.  
     Y tres: “Espejismo, no espejo de la vida, una novela puede (…) traicionar la realidad que conocemos embelleciendo alguno de sus aspectos y ennegreciendo otros, embrollando sus jerarquías y otras manifestaciones. Ese espejismo nos enriquece pues aumenta nuestras vidas y haciéndolas soñar (…) empobrece la vida que vivimos y nos enemista con ella. Sin esa enemistad que agudiza nuestras antenas hacia los defectos y miserias de la vida, no habría progreso y la realidad sería (…) un hermoso paisaje inmóvil”. 
     La tesis central del libro. También es mala pata (de palo) que no podamos progresar si no descreemos de nuestra propia vida. Qué dolor. Ay.
     La primera cita transliterada se encastilla en la página 166. La segunda en la 333. La tercera en la 348. El autor de tamaño ensayo no es otro que Mario Vargas Llosa. Éste desgrana en él treinta y cinco comentarios metaliterarios. Cada uno de ellos se refiere a una novela escrita (o publicada) entre 1902 y 1994. Abre la lista El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad). La cierra Sostiene Pereira (Antonio Tabucchi). ¿Y en medio? Un mundo. 
     Leyendo esta obra he visto, de nuevo, la luz. Ya empezaba a descreer de la literatura “moderna”. Tanto cliché. Tanto tópico. Tanto entretenimiento. Tanta historia. Tanto vampiro. Tanto Grey. Tanto espectáculo. Tanta vaciedad. Tanta nimiedad. Tanta espontaneidad. Uf. Qué hartazgo. 
     Menos mal que siempre nos quedará París. El de las letras (¿cuál si no?). Lo conjeturo. No: lo espero. Mejor: lo deseo fervorosamente.   

miércoles, 25 de mayo de 2016

229/ Un lumbrera (ya difunto)

John Gardner escribió la siguiente soplapollez: “La escritura amanerada –como el sentimentalismo y la frigidez– surge (…) de un carácter defectuoso. En los círculos críticos se considera un error trazar relaciones entre los defectos literarios y un carácter defectuoso, pero para el profesor de Escritura Creativa esas relaciones son imposibles de pasar por alto. Si un alumno varón se pone a atacar al género femenino en pleno, escribiendo una ficción que incluso avergüence al resto de la clase, el profesor no estará a la altura de las exigencias de su trabajo si limita sus críticas a comentar el empleo excesivo de los `detalles góticos´, la tendencia sentimentaloide que presenta el ritmo de la frase o el efecto de distracción que pueda tener su dicción por ser sumamente escatológica. Lo máximo que se puede conseguir con esas críticas timoratas es una pieza de ficción revisada y libre de errores técnicos, pero no por ello menos vergonzosa. Para ayudar al escritor, ya que ese es su cometido, el profesor ha de capacitarle para ver –en parte enseñándole cómo delata su ficción la visión distorsionada que tiene de las cosas (tal como sucede siempre con la ficción cuando se examina a fondo)– que su carácter personal cojea bastante” (El arte de la ficción. Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja. Madrid. 2001. P., 153).
     John confundía los términos del binomio autor-narrador. ¿Quién se habría creído él para determinar que el carácter de alguien es (o no es) defectuoso? ¿No sería su cerebro, por patinador y colador y por vaina quien lo portaba, el defectuoso? ¿Y qué es esa tontuna de que una ficción puede llegar a avergonzar? ¿Es que toda ficción “vergonzante” (no por la calidad que atesore o deje de atesorar. Sino por su contenido “escatológico”) es inútil? Yo habría aconsejado a este profesor de Escritura Creativa de tres al cuarto de chóped que leyese (y que aprendiese de memorieta) La verdad de las mentiras. Genial ensayo (pero metaliterario) de Mario Vargas LLosa. Quien en esta ocasión no aburre. No a mí. De justos es reconocerlo. Y que no sirva de precedente. Leyéndolo habría podido percatarse de lo zopenco que podía ser y del valor de la buena literatura. ¿Cuál? Por ejemplo: “avergonzar” al lector. ¿El motivo? Conocer éste la condición humana frecuentando novelas y poemas y ensayos y exorcizar sus fantasmas. Los rasgos de éstos. Sus cortapisas. Su materia intramolecular.
     Lo más maravilloso del arte literario es la visión “distorsionada” de la realidad que airea quien lo ejecuta. La literatura no emula a aquélla. Solo la recrea. De re-crear. O sea: volver a crear. ¿Cómo? Según el libre albedrío sensible e imaginativo de quien la fabrique. Debía haberse metido esto en la mollera y dejar en paz a tantos (¿y tan apocados?) alumnos y alumnas. No reventar futuros proyectos humanos de escritor y de escritora. Los reventaría usted. Seguro estoy de ello. Pobres criaturas y creaturas (repárese en la “e” de este segundo término) aquellos que recalasen y aquellas que fuesen concebidas, respectivamente, en sus magistrales clases. De todos ellos y ellas me apiado. ¿Habrán logrado ser escritores? ¿Ser leídas? No añadiré nada. Le dejo (tranquilo. Ojalá) en el empíreo. Y excúseme el atrevimiento.   

lunes, 18 de abril de 2016

228/ La primera en la frente

Un brillo especial aflora a las niñas oculares del lector cuando éste se topa con una obra maestra. Y su viejo mundo se desmorona. Los cimientos que lo sustentan se resquebrajan y oscilan sus pilares fundamentales. En cualquier lapso puede venirse abajo la estructura. Los ojos no dejan de barrer la página. De izquierda a derecha. De arriba a abajo. Y vuelta a empezar en la siguiente. Con cada nueva página, exaltado ya, su mundo que de apoco se resquebraja empieza a perder aristas. Salientes. Esquinas. Esos fragmentos caen al piso y se convierten en polvo. Dura es la caída. La distancia habida desde el voladizo superior hasta el suelo de tal mundo es notable. Los cascotes precipitados suman dígitos. El piso es un polvero. Del polvo resurgirá otra estructura. Otro mundo. Otro lector. Otro hombre.
     Lo metafóricamente arriba expuesto he podido experimentarlo al leer Los confines (Andrés Trapiello. Booket). Mi horizonte psicológico ha mudado en anchura y hondura: ya no es (ni será) el que fue. El tema es el incesto. Entre hermanos. El tema es el amor. El tema son las relaciones de pareja. El tema es el poder que tiene el dinero de transformarlo todo. El tema es la ética. El tema es la moral. El tema son los prejuicios sociales. El tema es el instinto. El tema es la sombra alargada de la tradición. Dos sub-historias emergen en pleno desarrollo de la Historia (con mayúscula) de la novela. Ambas dramáticas. Cada una con sus dimes y diretes pero en ningún caso indignas de la principal. Sabia técnica la manejada por el autor: entrelazar argumentos sin velar la columna vertebral de la trama novelística. Ésta se envuelve en uno (un argumento) que es bisagra de los otros dos.
     Me congratula el respeto con que Trapiello trata tan temido tema. No se deja influir por el loco placer de narrar, en tan delicado extremo, escenas de cama. Es lo emocional lo que prima y seduce. Lo intelectual. Acciones concretas de uno que otro personaje despuntan. Pero el peso y poso del discurso narrativo recae en los pensamientos y en la perspectiva vital de la narradora protagonista (hermana del protagonista). Incestuosa pareja, ésta, que obliga al lector a zamarrearse. A convencerse de lo erróneas que resultan sus prevenciones psicológicas. El resto de personajes no son meros comparsas: dejan su huella indeleble en quien lee sus peripecias. He aquí otro acierto de la novela: el equilibrio logrado entre actores y anécdotas que brilla en una atmósfera progresivamente desangelada y opresiva y gris. 
     Tampoco desmerece la metaliteratura implícita en la obra. Ficción versus realidad. Jugoso juego. Algo manido ya. Siempre recurrente. Al lector (idealista) que se cree lo que lee bien le sabe. Por más que se haya enfrentado a ello repetidas veces. Al lector (realista) que no suele creerse lo que lee le magullará sus adentros. Suerte que uno no pertenece a tan viciado grupo porque es unamuniano: Niebla. Borgiano: Ficciones. Y cervantino: Don Quijote de la Mancha. Suerte.                     

jueves, 14 de abril de 2016

227/ El mundo boca abajo

Amado Nervo nos legó esta joya:
     
     Atiborrado de filosofía, 
     por culpa del afán que me devora, 
     yo, que ya me sabía 
     dos gramos del vivir, nada sé ahora. 

     De tanto preguntar 
     el camino a los sabios que pasaban, 
     me quedé sin llegar, 
     mientras tantos imbéciles llegaban…
     
     Su título: En panne. Léase: Averiado. O escacharrado. O estropeado. O estancado. El franchute no es lo mío.
     Vislumbro, aquí, dos causas del pesar del yo poético. Una: que los sabios no son tales. Y dos: que el tonto soy yo (con mi filosofía y todo) por preguntar repetidas veces y no aclararme lo suficiente o nada de nada. 
     ¿Será que habemus sobre-información?  
     El imbécil resulta ser el que sabe. No cuestiona. Él (o ella) arriba al final del camino. Dos substancias entreveo ahora. Una: que aquél no es tan imbécil. Y dos: que aquél lo es (imbécil) sin saberlo. Saber significaría detenerse. ¿Y el afán? ¿Pero afán de qué? ¿De saber? ¿De conocer? ¡Tate!: de hacer. Aquel que hace (no tanto aquel que piensa) acaba conquistando su mando en plaza y lo que le echen por delante y por detrás.
     Eruditos del mundo: mi enhoramala. 
     Indoctos e incultos del mundo: vuestro será el reino de los cielos. Mi enhorabuena.