jueves, 9 de julio de 2026

509/ "¿Por qué no lo hiciste, Federico?"

A campo traviesa, los pies sudorosos pisando la tierra apelmazada, la cabeza confusa y el corazón a galope tendido. Así te imagino, Federico, emprendiendo la huida de madrugada <<hacia Santa Fe>> (zona republicana, en el 36). No lo hiciste. Te quedaste en la Huerta de San Vicente rodeado de tus seres queridos (el que más tu madre: Vicenta Lorca). ¿Por qué no lo hiciste, Federico?

     Nadie piensa en esa posibilidad de salvación: huir, a campo traviesa, hacia la zona amiga. Todos ponderan salir del país, camino del exilio. Pero no es fácil salir del país. El campo, la luna alumbrándolo todo, habría podido constituirse en pasaje de salvación (en pasaje a una vida vívida). ¿Por qué no lo hiciste, Federico…? Ay.

     <<Al día siguiente, 7 de agosto, Alfredo Rodríguez Orgaz, joven amigo del poeta hasta hace poco tiempo arquitecto municipal de Granada, se presenta en la Huerta. Ha permanecido escondido desde el 20 de julio, pero ahora, enterado de que corre extremo peligro, ha decidido tratar de escaparse. El padre de Federico le promete que esta misma noche unos amigos suyos, campesinos, lo llevaran a campo traviesa hasta la zona republicana, situada hacia Santa Fe a tan solo unos kilómetros. Federico le cuanta que ha estado escuchando los boletines del Gobierno, transmitidos por Radio Madrid, y que está convencido de que la “guerra” no puede durar. Se niega, pues, a acompañarlo en su huida. Justo en este momento alguien da la voz de alarma. ¡Se acerca un coche! ¡A lo mejor vienen a por Rodríguez! Éste se despide precipitadamente y corre a esconderse entre unos arbustos detrás de la casa. Los del vehículo buscan, efectivamente, al arquitecto. Pero como no encuentran rastro suyo, y la familia niega terca y convincentemente haberlo visto, se marchan. Por la noche Rodríguez Orgaz llega sano y salvo a la zona republicana>> (pág., 569)

     ¿Por qué no te fuiste, de nuevo, con la Xirgu a América (concretamente a México)? Eso, también, te habría salvado. ¡Ay!     

domingo, 21 de junio de 2026

508/ Andaluz de raíz

El carácter andaluz es harto peculiar. Lo sabe hasta el Tato. En lo que poca gente repara, incluido el Tato, es en que no es la alegría sino la melancolía la nota distintiva del andaluz de raíz (el apegado a la tierra como a la madre que lo arrojó a la luz). Quien haya tocado alguna vez el bordón de la guitarra de un andaluz de raíz (corazón salvaje) sabrá de lo que hablo: Jijí-jajá, de fachada; ay, de fondo. Pero se trata de un ay lastimero, profundo. Un ay como traje de flamenca bordado con hilo gordo por los cuatro costados. No lo digo yo, Federico García Lorca lo dice: <<Andalucía “no es el país de la alegría y de la pandereta, sino el país de la melancolía sentimental de las corrientes internas del espíritu”>> (Ian Gibson: Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca. Ediciones Folio, S.A., pág., 75).

     La melancolía sería <<sentimental>> y, además, <<de las corrientes internas del espíritu>>. Desentrañemos, un punto, esto. ¿Cabe una melancolía no sentimental? O, ¿una melancolía, por así decir, <<cerebral>>? 

     Cabe. La melancolía no es un sentimiento, sino un estado del alma, del espíritu y de la mente. Y no es tristeza, que es otra cosa, ¡que es otra cosa, ay! En cuanto a las <<corrientes internas del espíritu>>, digo: las piedras aposentadas en el lecho de los ríos ni se ven ni se oyen (ni nada que se le aproxime); no obstante, están ahí. Son piedras, no rosas. Son cantos pulidos. Vale. ¿Y pulidos por qué fenómeno? Por el agua; por el roce del agua… Agua: ¡Vida! Vida (¡optimista estoy hoy, oh, Fabio!): ¡Alegría! 

     En resolución: La alegría contiene piedras en su seno.

     Federico da, una vez más, en el clavo. El andaluz de raíz no es alegre, es melancólico. Su melancolía es alegre, que es distinto… ¡Ay!

lunes, 11 de mayo de 2026

507/ Post a tiempo real (o traicionero impulso)

(Ahora)


El exceso de aplauso, a veces, hace dudar al lector-crítico. Refiero el que prodiga un autor a otro u otros autores y el lector-crítico lo lee. Más aún tratándose de un biógrafo. Es el caso de Ian Gibson y de su libro Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca. Yo no hablo de un exceso de aplauso a mi Federico (algo inconcebible. ¡La grandeza de la obra del poeta de Fuente Vaqueros merece todos los aplausos habidos y por haber!). No. Yo hablo del prodigado a Federico García Rodríguez (padre, yo no sé si de genio, del genio absoluto de la Vega granadina). Gibson, en un pasaje de la obra mentada, describe con fervor desmedido y no sé si con visión trasnochada a Federico García Rodríguez, que era (se ha apuntado) el padre de Federico García Lorca. Algo me rechina en ese retrato. ¿Puede un ser humano rozar, siquiera, la perfección? ¿Puede un ser humano asemejarse a Dios?

     Escribe Gibson en ese pasaje: <<García Rodríguez era tolerante, sensato, moderado en sus juicios, dispuesto siempre a echar una mano a quien le hiciese falta y dotado de una dignidad innata, de un buen sentido del humor y de una total ausencia de presunción. No es sorprendente que, con tales cualidades, llegaría a ser muy respetado en toda la comarca. También se le admiraba por excelente jinete y por manejar bien la guitarra, que tocaba con sentimiento en las reuniones en las que se recreaba aquella numerosa familia>> (op.cit. Pág., 28).

     

(Después de <<ahora>>)

     

     Uy, reparo en que junto a la palabra <<familia>> han colocado un 57. Este 57 remite a una nota recogida en el índice de notas de la obra de Gibson (volumen II). La nota reza: <<Mora Guarnido (1958), p. 18; Francisco García Lorca, p. 56; conversación con doña Isabel García Lorca, Madrid, 16 de marzo de 1983; OC, III, p.496>> (op.cit. Pág., 601). Inmediatamente, pienso: ¡Tate! Esto no lo firma Ian. ¡Lo firma Isabel! Enseguida, me he arrepentido del primer párrafo de este post, pero no lo he borrado (a las pruebas me remito). He hecho examen de conciencia y, después, he sentenciado: ¡Algo así no puede volver a suceder!

     No, no hay que lanzarse a la <<pileta>> sin antes cerciorarse de que en ella hay agua. El calamorrazo se presume monumental (de no haber agua, o haberla escasamente). Menos mal que, en el último instante, me ha dado por aproximarme al borde y echar una ojeada al fondo…

     Vayan, ahora y aquí, mis más sinceras disculpas a Ian Gibson. 

     Federico, seguro estoy, sonreirá con mi pifia dondequiera que esté.             

miércoles, 29 de abril de 2026

506/ Amor no escuchado

A MJ Bullock


El mejor elogio: <<Hablas como un personaje lorquiano>>. Y, ¿por qué es el mejor elogio? La respuesta se me antoja simple. Los personajes de Lorca son, en potencia, poetas magníficos. Y son líricos. Todos, desde el hombre de campo acostumbrado a trabajar la tierra, hasta la muchacha ingenua que sirve en la casa de un terrateniente, pasando por el propio terrateniente o su esposa o sus hijos; da lo mismo. La poesía se mastica entre mendrugos de pan, se la enfunda uno a modo de chaquetilla flamenca cuando cae la noche en el terruño, salta de su conejera como un gazapo sensual en busca de una cópula infinita… 

     Poesía fundamentada en la imagen, en la metáfora, en el símbolo. En la pasión. 

     Hay múltiples ejemplos de esto que digo en la obra de Federico. Esos personajes viven consumidos por el fuego (pasional) de la tragedia. Podría pensarse que alguno escapa de ésta por la puerta trasera: la de lo tangencial, accesorio o marginal. ¡Nada más lejos! Todos (casi sin excepción) sufren íntegra, trágica, poéticamente. Cierto es que, dentro de esa cuasi-totalidad, hay algunos que sólo rozan el dolor (por ejemplo: la vieja alegre de Yerma) de modo episódico. Rozar el dolor no es, en modo alguno, darle esquinazo sino más bien allegársele con el alma entornada y no abierta de par en par. Otro ejemplo: la muchacha que anuncia la llegada de los novios a una tienda donde compran lo que necesitan para la boda, pues tienen posibles, en Bodas de sangre; acaba llorando, momentos después de la anunciación, por una brusquedad de Leonardo. 

     El caso de Bodas de sangre no es particular. El personaje que, a mi juicio, más sufre (la madre del novio) no muere a lo largo del desarrollo de la obra. Esto se aprecia en otras tragedias de Federico. Una manera como cualquier otra de rizar el rizo (de subrayar una idea esencial): no hay sufrimiento mayor que el que no se extingue con la muerte. Al espectador (al lector) le queda la ardua sensación de que lo trágico, al concluir la obra, sigue estando presente y no va a desaparecer de fácil manera. También, una visión estoica como otra cualquiera. Los personajes lorquianos son trágicos y son estoicos: soportan el dolor con suma entereza. No se derrumban a las primeras de cambio. Luchan contra la sociedad, contra sí mismos (caso de Yerma en Yerma y de la novia en Bodas de sangre), contra el sistema. Y todo ello (por así decir) desde el plano de la heroicidad: el del mantenimiento, a rajatabla, de la honra. De este modo se aseguran de que nadie pueda hablar de lo que hablar nadie debe. No siempre les sale bien la jugada (recuérdese el rol de las lavanderas, en Yerma).  

     Escribió Federico (Bodas de sangre; acto segundo, cuadro primero):

     <<LEONARDO. Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y el dejarte despierta noches y noches? ¡De nada! ¡Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque!

     NOVIA. (Temblando). No puedo oírte. No puedo oír tu voz. Es como si me bebiera una botella de anís y me durmiera en una colcha de rosas. Y me arrastra, y sé que me ahogo, pero voy detrás>>.  

     Matrimonio por conveniencia; amor no escuchado. De resultas: tragedia viva. Hechos reales llevados a la ficción, a la literatura, al teatro con visos de arte supremo. Amor no escuchado: el peor amor imaginable por encima, incluso, del estorbado. Ay.                   

lunes, 13 de abril de 2026

505/ El corazón en el tiempo

Un nasciturus es <<un pájaro vivo apretado en la mano>>. Vale. Un consejo para una embarazada es no andar mucho y respirar suave <<como si [tuviera] una rosa entre los dientes>>. Vale. ¿Y qué? ¡¿Cómo <<y qué>>?! Dos imágenes éstas (soberbias. Todo hay que apuntarlo) que Federico fabricó y aireó, después, en Yerma como dos soles de primavera. Dos ejemplos, palpables, de una singular sensibilidad humana. Dos rasgueos de guitarra en la Andalucía profunda al desmayar el sol. Dos sorbos robustos de limonada en una cantina de pueblo, en España, en el 36. Y la puerta de la esperanza abierta de par en par. Y el miedo acechando…

     Yerma (Cátedra. Madrid, 2025) prefigura, por así decir, <<aspectos>> de un pasado lejano aunque no remoto. Y, también, <<aspectos>> de La casa de Bernarda Alba. Yerma, mujer neurotizada, lleva a un extremo las consecuencias de su dolor de madre en potencia (pero sólo en potencia: quid de la trágica cuestión) y eso la libera idealmente. El mantenimiento de la honra hace veces de desencadenante brutal. Lo mismo sucede con Bernarda que, por amor desmesurado a la honra, conduce hasta un final trágico a quienes en teoría más ama ella: sus hijas.

     Escribió, libérrimo, Federico: <<¡Calla, calla, si no es eso! Nunca lo haría. Yo no puedo ir a buscar. ¿Te figuras que puedo conocer otro hombre? ¿Dónde pones mi honra? El agua no se puede volver a atrás ni la luna llena sale al mediodía. Vete. Por el camino que voy seguiré. ¿Has pensado en serio que yo me pueda doblar a otro hombre? ¿Que yo vaya a pedirle lo que es mío como una esclava? Conóceme para que nunca me hables más. Yo no busco>> (op.cit. Pág., 112).

     La imposibilidad de lo que por natura se presume insoslayable (la concepción y el parto), creencia desaforada ésta, amarga el corazón y envenena la razón de Yerma: mujer neurotizada y <<energuménica>> (Ildefonso-Manuel Gil dixit); pero también mujer incomprendida y vapuleada por una cuestión espaciotemporal que escapa a su humano control: la honra. 

     Hoy Yerma no habría caminado, la planta de los pies en carne viva (pies, por cierto, volátiles), por ese vía crucis de excitado anhelo (peor aún: de enajenación secular). Hoy Yerma habría conservado la razón gracias a una emancipación del statu quo imperante menos radical que imprescindible. Hoy Yerma habría olvidado el trágico asunto y desempeñado otros menesteres. Y, ¡menos mal! Porque de no ser así, hoy, Yerma no tendría el corazón en el tiempo…

martes, 24 de marzo de 2026

504/ El mejor párrafo de la literatura universal

Leer cualquier novela esperpéntica de Valle Inclán tira por tierra la convención literaria más extendida desde que el mundo es mundo: el Realismo puro y duro (demasiado puro, a mi parecer, y ya que estamos: duro no, durísimo). Y lo hace desde el efectismo más duro y puro (poco duro me parece, la verdad) que hay: la dramatización. La novela se convierte, así, en puro (pero no duro) teatro. Y ya ahí todo es felicidad (dentro del drama, se entiende); quien lo probó lo sabe (Fernando de Rojas, por ejemplo, lo supo…). ¡Qué absoluta maravilla del retablo de las maravillas literarias es El trueno dorado, de Valle! Novela teatralizada, sí, pero más que teatralizada plástica. O mejor todavía: palpable. El lector palpa con sus propias falanges a los personajes sintiéndolos ennoblecerse o degenerarse (más lo segundo, quizá) conforme la trama avanza. ¡Gozoso itinerario lector!

     Leer a Valle no es leer a un autor más, diré, del montante de los buenos. No. Leer a Valle es leer al más grande manejando el léxico y la sintaxis del español (con el permiso de Borges). Yo lo catalogaría a Valle (y permítaseme la sinonimia) así: Saltimbanqui del lenguaje y funambulista de la escena. Esto cuando escribía en clave esperpéntica. Las obras ajenas al esperpento, siendo sobresalientes, no alcanzan la excelencia literaria de aquellas otras que muestran la realidad deformada de los espejos cóncavos (no <<con clavos>>; aunque, un poco, sí) y convexos (no <<con besos>>; aunque, se diría, siempre arrojan alguno al aire).

     Escribió Valle el mejor párrafo de la literatura universal. Este de más abajo: 

     <<El moribundo arañaba el cobertor, y aquella cotilla se levantó oficiosa para cruzarle las manos. Experimentó un sobresalto supersticioso al descubrir las verdes pupilas del gato inmóviles en lo alto del ventanillo. Corretona y furtiva volviose adonde estaba. Desde allí dirigió una mirada al camastro. El moribundo, bajo las lucientes pupilas del gato, desenredaba los dedos con torpe lentitud, y otra vez arañaba el remendado cobertor. Respiraba con anhelante ronquido (…)>> (op.cit., textos.info. Pág., 49).

     Mera pincelada, el párrafo arriba expuesto, de lo que en esencia (y no menos en presencia) es El trueno dorado: novela teatralizada desternillante y ferozmente crítica con el liberalismo imperante en España en la época isabelina. Acaso menos desternillante que crítica; acaso menos crítica que formalista. ¡Literatura, nadie lo olvide, es (ante todo y sobre todo) forma! Forma que, en el caso que nos ocupa, se reviste de exageración. ¡Caricatura en estado (pero esta vez sin acotación que se precie) puro y duro!

lunes, 9 de marzo de 2026

503/ No más que talento

La maldad puede generar apego y felicidad si, por lo que sea, permanece enmascarada. La víctima será feliz mientras dure el disfraz. Lo que no es tan común (por índices estadísticos pírricos) es que la víctima caiga y recaiga, una y otra vez, en las garras y fauces del malvado de turno. Justo lo que acontece al protagonista de Travesuras de la niña mala (Alfaguara. Madrid, 2011), de Marito Vargas LLosa; por nombre (el del protagonista, digo): Ricardo Somocurcio. También victimario él. Nadie lo olvide.

     Lo verdaderamente prodigioso de la novela más arriba mentada no es el argumento, la trama, el perfil de los personajes… No. Lo verdaderamente prodigioso es que el lector asume la tensión y distensión interior del protagonista masculino (el femenino no es sino la propia <<niña mala>>) y vuelve, una y otra vez, a caer en las fauces sedientas de vísceras y en las garras afiladas de aquélla (aunque Somocurcio, en un momento dado, también suelta la zarpa…) con el corazón abultado de amor (desde la perspectiva de este servidor de casi nadie: <<defectuoso amor>>. ¡No se pega a quien se quiere!). O, tanto monta: sintiéndolo, todo, en carne viva y propia. No se trata de ninguna personalidad definida y propensa a aceptar desmanes y abusos. No. Se trata, más bien, del gigantesco talento literario del autor. Botón de muestra:

     <<–Si esa vez, en lugar de despacharme a Cuba, me hubieras hecho quedar contigo aquí en París, ¿cuanto hubiéramos durado, Ricardito?

     –Toda la vida. Te habría hecho tan feliz que no me hubieras dejado nunca.

     Dejó de hablar en broma y me miró, muy seria y algo despectiva:

     –Qué ingenuo y qué iluso eres –silabeó, desafiándome con sus ojos–. No me conoces. Yo sólo me quedaría para siempre con un hombre que fuera muy, muy rico y poderoso. Tú nunca lo serás, por desgracia.

     –¿Y si el dinero no fuera la felicidad, niña mala?

     –Felicidad, no sé ni me importa lo que es, Ricardito. De lo que sí estoy segura es que no es esa cosa romántica y huachafa que es para ti. El dinero da seguridad, te defiende, te permite gozar a fondo de la vida sin preocuparte por el mañana. La única felicidad que se puede tocar.

     Se me quedó mirando, con esa expresión fría que se agudizaba a veces de manera extraña y parecía congelar la vida a su alrededor.

     –Tú eres buena gente, pero tienes un terrible defecto: tu falta de ambición. Estás contento con lo que has conseguido, ¿no? Pero eso es nada, niño bueno. Por eso no podría ser tu mujer. Yo nunca estaré contenta con lo que tenga. Siempre querré más>> (op.cit. Págs., 100-101).   

     Una novela que ha dejado a este servidor de casi nadie con el lastre del personaje protagonista pegado a la piel sin poder deshacerse de él, víctima, así, de la víctima-victimario. ¡Una inconveniencia literaria en toda regla!

viernes, 20 de febrero de 2026

502/ Pájaros cantores

Yo soy lector empedernido de Federico García Lorca. Con él compartí, con él, parajes de infancia. Yo olí el mismo aire de chopos que él olió. Yo degusté el mismo sabor del lomo en orza y de la morcilla y del chorizo que él degustó. Yo palpé el mismo hervor helado de la Sierra Nevada que él palpó. Y, ahora, yo leo la misma prosa temprana y talentosa que él leyó (porque, claro, antes la escribió. Risas). Una joya literaria y editorial. Un tesoro que pocos acabarán poseyendo. Federico García Lorca nunca falla. Federico García Lorca habla, en sordina (sin estrépito), al mundo. Y yo, cómo si no, de Mi alma no cabe en mí (Altamarea, 2025). 

     Qué huella maravillosa dejó en tales páginas mi Federico. <<Mi pueblo>>, <<mi escuela>>, son hitos que al lector (es decir: a un servidor de casi nadie) evocan un pasado afín al del poeta; al lector (como un servidor de casi nadie) que haya compartido la nieve y el lomo y el chopo y el paraje con él, con el poeta. Otro no tendrá ese privilegio.

     Venero la prosa de Federico García Lorca, su cadencia, su plasticidad, su léxico a la vez sencillo y profundo. Vayan dos botones de muestra…

     Uno: <<En esas noches los hombres sienten más los bordoneos sangrientos de una guitarra. En esas noches las viejas sentadas en sus puertas cuchichean historias pasadas y aconsejan a alguna muchacha en su amor. En el invierno los chopos están sin voces y el olor es de agua estancada y de paja quemada en los hogares…>> (op.cit., pág., 10).

     Y dos: <<Encima de la chimenea brillaba el cobre y el burdo cristal. Olía a membrillo y a morcillas que estaban opuestas a secar en la lumbre. Todos los gañanes llegaban muy despacio y sentándose gallardamente liaban dos cigarros con solemnidad de reyes. Como entonces no había luz eléctrica la cocina era iluminada por un velón de cuatro mecheros puesto sobre una mesa donde se dormían los gatos>> (op.cit., pág., 19).

     La emoción se desborda; pero no suelta, esta, de la mano al intelecto; al contrario: lo lleva asido (y al lector, transido). ¿A dónde? A lo profundo, a lo hondo, a <<donde habite el olvido, en los vastos jardines sin aurora…>> (Cernuda dixit). 

     Pero en esos años infantiles que rememora el poeta en el librito mentado los jardines no solo tenían aurora sino que, además, permanecían rebosantes de gritos… 

     ¡Los de los pájaros cantores!             

jueves, 5 de febrero de 2026

501/ Una distopía utópica (II)

Decíamos ayer…

     Eso: que la calle es el mejor escaparate de la condición humana. Y que, también, lo es de la alienación del hombre (y de la mujer, del niño y de la niña). Mujeres y hombres (y niñas y niños) como castillos, a punto están de tropezar con otros (o con cualquier cosa), por ir literalmente metidos en la pantalla del teléfono móvil mientras andorrean por la calle. ¿Qué sentido tiene algo así?

     Si solo fuera eso…

     Carmen Güaita, asomada a La ventana, avista un panorama dantesco: el ser humano <<movido por hilos>>. La Inteligencia Artificial provee esos hilos. El ser humano vulnerable, el que menos recursos dinamiza porque carece de ellos. Un ser humano (diríamos hoy) de segunda fila. El otro (el perteneciente a la élite social), no. Ese se libra de todo mal. Ese se sitúa por encima del bien (Derechos humanos) y del mal (vulneración de los Derechos Humanos). A él nada, o eso parece, le afecta; salvo una cosa: la <<Resistencia>> del oprimido que, en realidad, no es sino su alter ego.

    ¡Qui resistit, vinci! 

martes, 20 de enero de 2026

500/ Una distopía utópica

Permítaseme que, hoy, empiece por el final: Lean a Carmen Guaita Fernández (Cádiz, 1960); lean sus libros, sus ojos, su claridad mental. Repetiré, ahora y aquí, su nombre (para los olvidadizos): Carmen Guaita Fernández. Improbable (cuando no imposible) no emocionarse hasta el tuétano con las historias que narra esta maestra de niños y filósofa y novelista y miembro de la ONG Delwende, que desarrolla proyectos educativos en África, Asia y Latinoamérica. Emoción e idea inextricablemente unidas en una literatura humanista (¡esto sin dudarlo!) por los cuatro costados. Fáciles, sencillas letras; belleza menos formal que de fondo y todo en contextos cercanos a lo social (cuando no sociales, directamente); rebosantes, todos ellos, de Conditio humana (o Condición humana).

     El 19 leí Todo se olvida (Khaf). El 26 leo La ventana (Khaf). Obras diferentes ambas, con un nexo común: las luces y las sombras del ser humano alienado, ciego, (o por decirlo amablemente) distraído. Entonces, en el 19, yo me dije: <<He de seguir leyendo, sí o sí, a Carmen Guaita>>. Hoy, felizmente, lo he cumplido. 

     Las historias de Carmen no dejan indiferente a nadie. Es más: inmiscuyen a todo quisque en la problemática tratada; tratada, se entiende, literariamente. Yo hablo de novela, no de ensayo; de ficción, y no de otra cosa. Aunque lo narrado tenga visos de realidad y acapare análisis y reflexión (y aún experiencia personal, de la autora, claro); también belleza, intuición creadora, inspiración de raíz divina acapara…

     Y en todo ello hay, desde luego, compromiso con el ser humano.

     La ventana versa sobre la alienación del hombre (de la mujer. Del niño y de la niña) que, fatalmente, ha acabado siendo absorbido por la Inteligencia Artificial. Una distopía no tan distópica. Más utópica que distópica la juzgo. 

     ¡Salgan (o entren. Eso depende…) y vean! La calle es el mejor escaparate.


     Continuará…            

jueves, 15 de enero de 2026

499/ Páginas tempestuosas

Hombre reseco da literatura reseca; hombre liviano, literatura liviana. Juan Goytisolo no era liviano: su literatura es pesada, de calidad (mucha. Infinita calidad), pero pesada como ella sola. El ejemplo perfecto: Paisaje para después de la batalla (Espasa, 1999). Novela experimental, según algunos; obra maestra, según otros. Como si tanteo y excelencia no pudiesen ir de la mano. En fin. Novela infumable. Novela lingüísticamente maravillosa, mas, ay, intelectualmente soporífera (entre sus páginas de viento y arena y pedrusco incluye temas arduamente sensibles que harían vomitar a una cabra: pederastia, abuso sexual, pornografía infantil…). ¡Basta! Suficiente tuve ya con Cómo desaparecer completamente (Anagrama, 2025), de Mariana Enriquez, para ahora y aquí sumar y seguir con un tema tan perturbador (y oscuro) como ese. ¡Quita! ¡Luz clara (aún transparente) es lo que yo necesito aquí y ahora! Sea. Pero antes…

     …antes he de apuntar algo al respecto del libro de Goytisolo.

     Goytisolo pone de manifiesto en Paisaje para después de la batalla algo, para mí, primordial: en qué consiste la misantropía más enojosa, al otorgarle protagonismo a un misántropo pedófilo cuyo perfil psicológico (tres palabras más adelante lo hallarán) no tiene desperdicio: <<El solitario vecino del Sentier no sólo ha reducido la comunicación con su mujer a una serie de notas que desliza a diario bajo la esterilla de su apartamento –por no hablar ahora de otros medios clandestinos, inconfesables y perversos–, sino que ha dejado de frecuentar a la totalidad de sus antiguos colegas y amigos desde la muerte de su compatriota músico y compositor: no descuelga el teléfono, no responde a recados ni cartas, ha desactiva el timbre de la puerta y, cuando algún visitante obstinado golpea esta última con los nudillos, retiene el aliento, se hace el muerto, escucha con una sonrisa satisfecha el crujido del entarimado y las pisadas que se alejan por el pasillo, camino del ascensor. Si por desgracia da en la calle con algún osado, se cala el sombrero, acelera el paso, finge no escuchar su llamada y si el pelmazo insiste, corre tras él, pronuncia su nombre, acerca su jeta odiosa, le contesta sin ladear la cabeza ni tomarse la molestia de cambiar la voz: se equivoca usted, señor mío; la persona que busca no soy yo>> (op.cit., pág., 59).  

     Y todavía más adelante: <<La cultura a la que pertenezco acaba de ser barrida por un azar de la historia –una posible hecatombe natural, quizá una malhadada explosión atómica–, y yo soy su único representante y testigo>> (op.cit., pág., 124).

     Léase: el ombliguismo del indecente encerrado en sí mismo.

     Pregunto: ¿Se inspiraría Goytisolo en Richard Burton Matheson?

     Muchos en la piel de toro se verán retratados en estas soberanas líneas. Entre 

bostezo y bostezo hay algún destello de luminosa ejemplaridad.

martes, 16 de diciembre de 2025

498/ Los patinazos de un Nobel

¿Era Rudyard Kipling buen conocedor de España (o mejor aún: de lo español)? Permítaseme que lo dude… En el libro Viaje al Japón, el Nobel anglo-indio menciona España (mejor diré: lo español) una que otra vez, no sin patinazo. Dos (dos patinazos), para ser exactos, sufrió. Helos aquí; uno: <<<–Yo diría que la frente arqueada, la nariz ganchuda y los ojos juntos (el tipo español) son la cepa de los rajputs, mientras que el japonés con cara de alemán es el khattri, la clase más baja>> (op.cit. Ediciones Folio, S.A., pág., 109), y dos: <<España es artística, pero también ella se ve perturbada a intervalos>> (op.cit. Ediciones Folio, S.A., pág., 153).

     Apuntaré, primero, algo sobre el último patinazo. Qué quiso dar a entender Kipling con el término <<perturbada>> es materia de misterio. ¿Acaso España perdió el juicio? En algunos ámbitos, sí. Pero, ¿en el arte? No sé, no sé. Tal vez Kipling se refería (con ese término) a los ramalazos de razonamiento lógico que, de vez en cuando, irrumpen e interrumpen el discurso artístico de rigor (nadie olvide que España es el país del Realismo: una forma aburrida y gris, como cualquier otra, de hacer literatura).

     En cuanto al primer patinazo, ¿hay un tipo humano por cada nación? Puede ser, pero…, ¿la nariz ganchuda no es patrimonio de los romanos? Y los ojos juntos, ¿no lo es (patrimonio, digo) de los asiáticos?

     Los patinazos de un Nobel tienen su intríngulis. Concedámosle el beneficio de la admiración. Señor Kipling (doquiera que esté usted): ¡Mi gratitud!        

jueves, 4 de diciembre de 2025

497/ Un "dudoso" prólogo

Flaco favor el que hace Emili Olcina a Kipling y, por extensión (no por contracción; pues, de ser así, situaría yo el sello editorial por encima del autor…; cosa, esta, necia de solemnidad), a <<Laertes SA de Ediciones>> (2001) y a <<Ediciones Folio S.A.>> (2004). Yo no había leído jamás un prólogo (para el caso: firmado por Emili Olcina) que dejase en peor lugar la obra prologada (para el caso: Viaje al Japón, de Rudyard Kipling).

     Ejemplo de lo apuntado (en referencia a Viaje al Japón): <<Obtiene un texto de una amenidad extraordinaria, compuesto de fragmentos vivos y coloristas que, sin embargo, no están lo bastante bien cosidos, por la inconsistencia de los hilos narrativos; no hilvana bien porque está desorientado… (…)>> (op.cit., pág., 27).

     Otro ejemplo de lo apuntado (en referencia al autor de Viaje al Japón): <<(…) de ahí que, como un beodo, perciba dos Japones contradictorios allí donde un japonés vería un solo Japón que hierve de contradicciones; tan sólo con esa visión única y conflictiva, desde dentro tanto de sí mismo como del Japón, su texto podría adquirir una cohesión interna sin la cual le faltará la fuerza necesaria para subir a los niveles más altos de la creación literaria>> (op.cit., pág., 29).

     Y, ahora, voy yo y pienso: ¡Deseando leer Viaje al Japón! (Risas). No. Diré que aún sabiendo lo que Emili Olcina escribe en el <<falso>> prólogo haré el esforzado intento de leer Viaje al Japón. Según Olcina, el autor anglo-indio era racista, otro incentivo para leer Viaje al Japón. Aún sabiendo también esto último, haré el voluntarioso esfuerzo de leer la obra de Kipling. 

     Alabo la valentía de Olcina (y de las dos editoriales más arriba mentadas); reniego del lugar elegido para verter crítica literaria: un prólogo. El prólogo debería ser espacio de análisis reflexivo e introductorio de una obra; y no, en modo alguno, tribuna de opinión; por muy bien escrita (es el caso, en forma, no en fondo) que esté esa tribuna. 

jueves, 20 de noviembre de 2025

496/ Terror, no. Crudeza

Erra generosamente quien coloca etiquetas a la literatura. Erra generosamente quien registra géneros literarios. Al lector antiacadémico, sin embargo, todo esto le trae sin cuidado. Ahora dicen que Mariana Enriquez <<hace>> Terror. Yo no sé si lo que Mariana Enriquez <<hace>> o deja de <<hacer>> es esto o aquello de más allá; yo sí sé que su prosa, sencilla y lúcida, linda con lo repulsivo (apelo, aquí, a lo <<repugnante>> sólo); mejor aún: describe, sin lindezas, lo repulsivo. Un botón de muestra de su libro Cómo desaparecer completamente (Anagrama, 2025): <<Él no había estado en el momento del tiro, pero había visto la sangre después y… parecía que hubieran descuartizado animales en la habitación. Todo salpicado de sangre: la pared, las sábanas, la mesita de luz, el espantoso detalle de los rostros de dientes y hueso de la mandíbula por el suelo, eso sí lo había visto>> (op.cit., pág., 48). Que a esto se le pueda llamar <<Terror>> es, me parece, más un ejercicio de libertad expresiva e imaginativa que otra cosa. Del mismo modo podría llamársele <<Gore>>. O: <<Mal gusto>>. O: <<Decir las cosas como son>>. O: <<Valentía>>. O: <<Incorrección política>>. O: <<Escrupulosa, pura, observación externa>>. O, por qué no: <<Crudeza>>; así, a secas.  

     Lo que Mariana Enriquez <<hace>> es, <<sin género>> de duda, escribir bien. El gallego tóxico metía todo en el mismo saco y lo denominaba así: <<Literatura>>. Le concedieron el Premio Nobel; algo del tema sabría… Dejémonos de pamplinas academicistas y enfrentémonos a la prosa o al verso desde una postura des-encorsetada (libre). En ningún momento me ha embargado la sensación, leyendo a Mariana Enriquez, de estar ante un texto encajonado en el género <<Terror>>. ¿Invalida mi sensación la generalizada (por uso masivo…) etiqueta? Posiblemente, no; pero la deja en entredicho (para mí; solo para mí…). ¿A alguien se le ocurriría describir el cine de Tarantino (cine y literatura están íntimamente emparentados; nadie lo olvide…) como <<de Terror>>? 

     Únicamente vislumbro una justificación loable de esa etiqueta: que la vida sea, en última instancia, terrorífica. Ese es el tipo de vida que Mariana Enriquez describe en su libro Cómo desaparecer completamente; pero dentro de la vida terrorífica, a veces, brilla un haz de luz. Lo subrayaré: <<Lucía se empezó a reír y Matías se dio cuenta de que a él también le daba mucha risa, así que se rió también, y los dos terminaron agarrándose la panza, dejando los cigarrillos en el cenicero para non quemar la cama, tan flojos los ponía reírse>> (op.cit., pág., 114). Botella de oxígeno para el lector sensible. O: Suspiro de alivio. Tanto monta.

     Leer a Mariana Enriquez se me antoja sufrido. Algo hay, sin embargo, en su prosa que obliga a seguir enfrentándola con ojos incrédulos a la vez que llorosos; o expectantes a la vez que <<de párpados desmayados>>. Delinear esa intrínseca realidad con palabras (excusas por mi egoísmo) es lo que trataré de hacer en sucesivas lecturas de Mariana Enriquez. Veremos si, al cabo, acabo lográndolo o todo lo contrario...

martes, 11 de noviembre de 2025

495/ Con base en el retruécano

Algo hay en la literatura de Aira que desconcierta y fascina a la vez. Yo lo he comprobado muchas veces; hasta hoy no me había cerciorado al cien por cien de ello. Es infalible. Es inefable. Yo no sé cómo analizarlo sin caer en la incoherencia. Uno lee (uno empieza a leer) un texto de Aira, el que sea, y al tiempo que despotrica contra el autor goza la lectura y ahí ya no puede dejar de leer. ¡Asombroso! Porque Aira encabrita. Pero de igual forma impide que el lector se duerma en los laureles de la superficialidad y la nimiedad literarias (espoleando su pensamiento; llevando al límite su imaginación) tan presentes en esta época en que nos ha tocado leer. Uno lee (uno empieza a leer) a Aira y piensa: <<Cierro el libro, y a otra cosa>>. Pero, en esas, uno ya sabe que cerrará el libro para volverlo a abrir más adelante y no, en modo alguno, para no volverlo a abrir nunca más. 

     Recientemente me ha ocurrido lo arriba referido con Varamo (Anagrama, 2002). No sé cuántas veces me he enfrentado a la novela (me niego a decir: la <<novelita>>. Los artefactos, los <<juguetes para adultos>>, de César Aira son tan lúdicos y exponentes de una profundidad tan insondable que juzgo poco menos que sacrílego aplicarles un diminutivo como santo o seña de identidad. ¿Desde cuándo la identidad pasa por la cantidad?); quizá tres, cuatro veces, vayan ya.

     Lo cierto es que he vuelto a descifrar Varamo y, de nuevo, ha emergido en mí el enojo original y la subsiguiente fascinación. No se trata (hay que apuntarlo) de enojo derivado de la estética. No. Se trata, más bien, de enojo derivado del intelecto: qué está queriéndome decir Aira en este o en aquel pasaje de más allá… La fascinación <<no requiere mayor elucidación>> (Borges dixit. Y perdón por la rima): el lenguaje, aparentemente convencional, no lo es tanto; más lenguaje pluri-significativo es, el cual conduce a niveles de pensamiento a la vez juguetón y científico alejados (esos niveles) de lo que uno puede llegar a suponer a priori. Un a priori muy a priori. Porque uno, leyendo a Aira sucesivas veces, saca punta al intelecto; intelecto, de ordinario, dormido en los laureles del Realismo.

     César Aira ha escrito: <<Su posición era peculiar, y especialmente incómoda. Como cualquier otro improvisador, podía hacer cualquier cosa, realmente cualquiera, pero a diferencia de cualquier otro él había tenido un punto de partida, bajo la forma de una intención secreta (…) Su intención no era improvisar: al revés, improvisar era lo que debía hacer para realizar su intención. Aún así, también tenía que tener la intención de improvisar, porque todo lo que se hace, aún lo accesorio, se hace con una intención. Pero el secreto de su intención anterior contaminaba necesariamente ésta, y entonces debía ocultar que improvisaba, cosa que, dada la falta de tiempo, equivalía a improvisar que ocultaba>> (op.cit., págs., 59-60).

     Si lo arriba copiado no es un retruécano o una paradoja (o como quiera llamársele) en toda regla, pero fascinante…, que venga Buda y lo vea. 

     Y así, paciente lector, la obra toda de Aira.

lunes, 3 de noviembre de 2025

494/ ¿Transgresión u observancia?

Yo sigo, erre que erre, con el escabroso tema del incesto. Cae, ahora, en mis manos Bélver Yin (Jesús Ferrero, 1981; BIBLIOTEX, S. L., 2001). La primera vez que topé este tema en una obra de ficción fue el año 2016. El libro que me lo arrojó en la faz fue Los confines (Andrés Trapiello). Luego, vino el de Cela: Mrs. Caldwell habla con su hijo, 2025. Tres novelas, pues, que desarrollan (cada una a su modo) el mentado escabroso tema. Antes he dicho: <<Cae, ahora, en mis manos Bélver Yin>>. No. La novela de Jesús Ferrero aguardaba pacientemente en una balda de mi librería a que yo, por fin, la redescubriese (si por <<descubrir>>, pero no <<redescubrir>>, entendemos lo que sigue: hacerse uno con el libro de que se trate y poco más; o sí...: leerlo. Lo primero, hay que decirlo, ocurrió yo no sé cómo ni dónde ni cuándo).

     La prosa de Jesús Ferrero se me antoja ágil. Una escritura dinámica, comprimida (dice mucho con pocas palabras), la sostiene omnímodamente. ¿A qué emplear cientos de páginas para airear una idea que, fácilmente, pede ser expresada en unas pocas líneas? (algo así dejó escrito Borges; y tenía razón). Hay cada barroco por ahí suelto (¿verdad?, Juanito Manuel)…

     Quizá de los tres casos de incesto ficticio más arriba mentados el menos venéreo sea el ventilado en Bélver Yin. Conlleva, este, incertidumbre; el lector nunca sabe, a ciencia cierta, si se produce o no la <<Caída Final>>. 

     Botón de muestra:

     <<–Ven– dijo ella atrayéndolo hacia sí–, hoy te dejaré dormir a mi lado, pero sólo si me prometes que no iremos más lejos de lo que las leyes prescriben en nuestro caso.

     –Seré cándido– dijo él–; seré, si así lo quieres, desdeñoso con tu piel y me acostaré contigo como si me acostase solo. No te oiré, no te veré: seré un témpano. 

     –Tan exageradamente frío no te quiero– susurró Nitya, asiéndose a su hermano con prudencia.

     Estaba anocheciendo, pero ellos no tenían por costumbre encender los candelabros, simplemente dejaban que la noche entrase en su alcoba y los acompañase hasta el alba con toda su oscuridad>> (op. cit., pág., 80).

     Qué pasaría o dejaría de pasar en esa alcoba es, finalmente, algo que el lector tendrá que conjeturar. Hay una petición promisoria. Hay la ejecución de esa petición promisoria. ¿Alguien cree, a pies juntillas, en lo que (literalmente) se dice?

     En otro pasaje de la novela la incertidumbre adquiere forma de certidumbre:

     <<Saberse deseada por un eunuco que la tomaba por un hombre le producía náuseas, mas esa repulsión se confundía a veces con el deseo de poseer enteramente a su hermano. A ratos lo imaginaba bajo su cuerpo, pronunciando su nombre con delectación. ¿Qué le estaba pasando y por qué la escena del jardín había provocado en ella apetencias tan dudosas?>> (op.cit., pág., 142).

     Quizá la clave esté en el adverbio (<<realmente>>).

     Y así, pian pianito, el lector llega, por fin, a ser testigo (¡pero no explicito!) de la <<Caída Final>>. Esto sucede (valga la repetición) al final de la novela; concretamente: en el capítulo veintiuno (al final de este, en el último párrafo). Ahí, se lee:

     <<Se nombraban desde el origen y en ese instante carnal se fundían para siempre sus vidas y sus muertes, su luz y su oscuridad, su eterno retornar al corazón de lo idéntico y al primer alborear de sus puras diferencias: Bélver Yin, Nitya Yang>>.

     En el párrafo arriba copiado, por más decir, queda descrito el carácter simbólico de la novela. Yo no entraré en ese jardín de rosas con espinas como garfios…

     Yo no sé si los temas literarios responden a deseos inhibidos del autor. Yo sí sé que resulta del todo irremediable que lo más transgresor y oscuro del ser humano emerja a modo de potencia imparable a la conciencia de aquel. Deviene sano y recomendable que así suceda. De lo contrario, la sustancia oscura y transgresora se enquistaría en el fuero interno del autor, pudiéndole provocar (no es descabellado pensarlo…) la muerte por abultamiento. Una implosión terrible. No conviene subvalorar el inconsciente. Él es nuestra Otra Parte (malicio que Coelho no estaría muy de acuerdo con esta apreciación; pero en fin. Risas); una Otra Parte, eso sí, insidiosa y mezquina; tanto que, a veces, vuelve majara al más cuerdo.             

lunes, 20 de octubre de 2025

493/ Don Camilo José (sin don) Cela Trulock

Cela adolecía de personalidad con rasgos psicopáticos. Es sabido. Es sabido, de igual modo, que a lo largo y ancho de su obra literaria dio cabida a escenas o ideas con resonancias pedófilas. Cela no juzgaba estas ideas o escenas desde un prisma ético. Al contrario: las presentaba desde el plano de la lucidez; es decir: como una muestra de lo enferma que está la sociedad y de cómo él tiene los arrestos suficientes para denunciarlo. Nunca escribió (nunca dijo) Cela ni una sola palabra a que poder agarrarse el observador externo (el escuchante. ¡El lector, vaya!) para adjudicarle el sambenito de esto o de aquello de más allá. Pregunto: ¿Basta, lo hasta aquí apuntado, para exonerar a Cela? Accedemos, así, a lo que algunos denominan: <<Los límites de la ficción>>. ¿Debe tenerlos (esos límites) un cuento, una novela, una obra de teatro, un poema? Yo digo que no.

     Y digo más: hora va siendo de separar el autor de su obra, la persona del personaje, el rostro de pellejo y hueso de la máscara de fieltro y gomaespuma. Vale: esto resulta válido para cualquier escritor menos para Cela. ¡Oh! Y eso, ¿por qué? Porque don Camilo José (sin don) Cela Trulock se desvivió en los platós de televisión y en una que otra tribuna de opinión (perdón por las sucesivas rimas) por dar carta de naturaleza a la idea que en el caletre de algunos lectores (el mío, por ejemplo) queda, y que reza: <<Don Camilo José (sin don) Cela Trulock se fusionaba con sus narradores (no con todos) y también con sus personajes (no sé si con todos)>>. En esa supuesta fusión radicaría el mal de Cela.

     Cela daba cancha (mucha, muchísima, todo el rato) al narcisismo y, de vez en cuando, a la pedofilia en el plano de la ficción. Esto que digo lo he sostenido, creo, en otro post a colación de Viaje a la Alcarria. Ha llegado el momento de ejemplificar otro hito psicopático de Cela (el incesto. Sí, lector paciente, has leído bien: ¡El incesto!) con algún pasaje de la obra (extraordinaria donde las haya. Refiero, aquí, la obra literaria vista en conjunto) del gallego tóxico; más concretamente: de Mrs. Caldwell habla con su hijo (RBA Editores, S.A., Barcelona, 1994). 

     Y, pues…

     Pasaje uno: <<En nuestra vieja Inglaterra, las madres no tienen una manera determinada y prevista de amar a sus hijos varones. En esto, como en otras muchas cosas, existe una gran libertad>> (op.cit., pág., 57).

     Pasaje dos: <<En los tiempos de la navegación a vela, la mar semejaba una alcoba en la que, ¡qué pena haber nacido a destiempo!, tú y yo nos hubiéramos encontrado>> (op.cit., pág., 65).

    Pasaje tres: <<Quisiera ser sucio pulpo del abismo, hijo mío, para poder abrazarte, para poder decirte al oído: ahora ya no te podrás escapar jamás (…).

     <<Y también quisiera, ¡qué vana pretensión!, ser sirena del acantilado, hijo mío, para poder recitarte a Homero o, al menos, para poder gustarte un poco>> (op.cit., pág., 67).

     Pasaje cuatro: <<Sobre las arenas del desierto, Eliacim, te hubiera amado con descoco, con valentía, como no me atreví a amarte en nuestra ciudad, más por miedo, tenlo por seguro, a las paredes que nos cobijaban y al aire que respirábamos, que a las gentes que pudieran mirarnos e incluso fotografiarnos para nuestro vilipendio y orgullo>> (op.cit., pág., 122).

     Pasaje cinco: <<Si pudiésemos conseguir, Eliacim, que los pájaros, cuando tu corazón fuera a echarse a volar como un pájaro, se nutriesen de tu propio corazón, cortándole las alas a picotazos y triturándolo como a una tierna fruta, podríamos sentirnos, hijo mío, más firmes y duraderos, más pétreos e inconmovibles en nuestras propias y débiles convicciones>> (op. cit., págs., 132-133).

     Pasaje seis: <<(…) los más tierno e inaprensibles objetos (…) [:] una campesina malaya (…), un mendigo cansado de caminar, un cisne>> (op.cit., pág., 138).

    De todo lo anterior se colige: que Cela hallaba un gusto especial, literario (repito: literario; no sé si, también, personal), por la maldad (así, a secas); que el niño y el adolescente, para él, poseía un poder de atracción erótico-literaria (repito: erótico-literaria) no exento de ser expuesto literalmente con yo no sé qué intención estética o de otra índole; que la empatía, quizá (repito: quizá), le era del todo ajena…

     Un libro, Mrs. Caldwell habla con su hijo, de bajo vuelo, como lo fuera Viaje a la Alcarria, quizá los dos peores del autor. Dos bazofias literarias, dos libelos realmente malos, especialmente el primero. Yo me agencio la opinión, respecto a este libro, de Juan Luis Alborg: <<Mrs. Caldwell… no es una novela ni es nada, más allá de un galimatías incomprensible>>. La cita (cito de memoria) no es literal.

     Al mejor escribano, sí, se le escapan muchos (repito: muchos) borrones. Ay.