viernes, 10 de agosto de 2018

286/ Arte y oficio

El 24 de abril de 1994 El País publicó el discurso de recepción del Premio Cervantes que escribiera un hombre drástico, sarcástico, encomiástico. Aquí las últimas líneas: “No puedo arrepentirme de haber visto pasar la vida entera con la pluma en la mano, yo ya no puedo dar marcha atrás por haberme pasado la vida escribiendo, tampoco quiero ni debo hacerlo y proclamo mi lealtad a mi oficio. Me reconforta pensar que la palabra tiene su mejor premio en sí misma, y doy gracias a Dios, también a los hombres, por no haberme querido mudo ni muerto”. La firma estampada pertenece a Camilo José Cela. 
     Vaya, ahora, una reflexión fugaz. El escritor se duele de haber vivido poco por escrito mucho de un modo excluyente. Esto le ocurre al de raza. Al vocacional. Al que desconoce cualquier forma de vida más allá de la metódica escritura. Al que no desperdicia la menor oportunidad para estampar en negro sobre blanco cualquier frase (o verso) por inoportuno (o no) que sea. En un folio. ¡Va! En un trozo de cartón. ¡Va! En una servilleta. ¡Va! Dónde da, un poco, lo mismo. La cosa (y el caso) es escribir. Qué no da, ni un poco, lo mismo. La cosa (y el caso) es escribir algo “que merezca la pena”. Traduzco el entrecomillado: digno de ser leído. El lector no querrá perder el tiempo.
     Juzgo triste la verdad acuclillada en el inextinguible temor del escritor. A saber: que mientras escribe no vive (y viceversa). Opino que escribir podría equipararse a vivir dos o más veces. Yo no le atribuyo al tiempo un carácter pasajero. Vivir para escribir conlleva una carencia inevitable: vivir para (no) contarlo. Vivir libre. Vivir fuera de sí uno. En su extrarradio.  
     El escritor permanece ensimismado. Se trata de un ensimismamiento productivo. Los abstraídos no están libres de auto-reproches. Un botón de muestra: “debería salir y mezclarme con la gente”. Otro: “¿me volveré majara?”. Otro: “no sé si alegrarme de no necesitar ocio”. Hay escritores como cencerros (Panero). Los hay mundanos (Llamazares). Los hay distraídos con otros oficios (Savater. O Trueba). Su obra literaria es (será) breve. Uno que otro título sacará a relucir éxitos. Vale. Pregunto: ¿qué es recomendable: vivir poco y escribir mucho y bien o escribir menos y mal y vivir más? Téngase en cuenta que cantidad y calidad, hoy, traban. 
     Camilo José Cela logró ambas aspiraciones. Escribió mucho. Escribió bien. Todavía ironizó más y mejor. Que se duela (por lo bajini. A lo gallego...) de haber dedicado su vida a la escritura, negándolo, no sorprende. Yo le alabo el gusto. Yo, mal o bien que me pese, vivo para escribir.           

martes, 7 de agosto de 2018

285/ De la deslealtad

Rechazar una realidad adversa y optar por convertir esa realidad en un ideal. Transformar, luego, ese ideal en una realidad adversa. ¿Uroboros? No. Todo escritor es humano. Aunque existen, ya, novelas escritas por robots. Todo humano no es escritor necesariamente. La obviedad viene a cuento. Los quisquillosos somos legión. El escritor piensa y siente distinto y distinto actúa o sobreactúa. Sus personajes hacen lo mismo.
     Léase lo que sigue: “Pensó que tendría que adoptar medidas urgentes para sobrevivir, pero cuáles, comenzando por dónde, puesto que todo el mundo adoptaba máscaras, sonrisas, pieles de ovejas, y ni siquiera supo, de pronto, si Demetrio Paredes, el escultor, era su amigo, o si era otra versión, hipócrita, de su enemigo. Se le vino a la cabeza, entonces, la idea extraña de que la única persona en el mundo a quien podía recurrir era Gertrudis, la de carne y hueso, pero descartó esa idea de inmediato, con una sacudida brusca de la cabeza, como si se tratara de una insinuación demoníaca. Con la instalación de su réplica en el salón de música, Gertrudis Velasco, la de carne y hueso, había sido suprimida de la realidad. Ése, por lo menos, había sido el propósito del marqués de Villa Rica. Había procurado confinar la realidad en la reproducción en cera, y reducir el personaje vivo a la condición de fantasma. Pero ese fantasma, ahora que los demás lo habían dejado solo, empezaba a revolotear en su cerebro con inusitada fuerza, haciendo que crujieran las paredes y que volaran plumas por todos los rincones” (El museo de cera. Jorge Edwards). El subrayado es mío. 
     Un proceso paralelo al arriba expuesto...
     Uno: perder la confianza en alguien. Dos: temer su deslealtad. Tres: sospecharla. Cuatro: corroborarla. Cinco: ahogar el resquemor producido por tal deslealtad en uno que otro texto “líquido”. Seis: renacer a modo de Fénix. Siete: hacer poesía con el mentado resquemor. Ocho: despejar las dudas suscitadas por el desleal (por la desleal). Nueve: hallar soledad en ello. Diez: hallar calma. Once: hallarse uno a sí mismo (a posteriori). Doce: perdonar la deslealtad. Trece: perdonar al desleal (a la desleal). 
     Fin del proceso.
     La amistad no es el eje sobre que gira la trama en la novela de Edwards. Sino el amor. La amistad dinamiza el argumento. El amor lo agrava. Gravedad deslucida. También el humor (culto. La ironía) está y se le espera. Acaso las líneas que preceden sean irónicas. Acaso ni tuve amiga ni fui traicionado ni rechacé, idealizándolo, nada luego.     

jueves, 26 de julio de 2018

284/ Un soneto magistral

¿Quién no ha experimentado lo que expresan los versos inmortales abajo transcritos?:

Echado está por tierra el fundamento
que mi vivir cansado sostenía.
¡Oh cuánto bien se acaba en solo un día!
¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!
¡Oh cuán ocioso está mi pensamiento
cuando se ocupa en bien de cosa mía!
A mi esperanza, así como a baldía,
mil veces la castiga mi tormento.
Las más veces me entrego, otras resisto
con tal furor, con una fuerza nueva,
que un monte puesto encima rompería.
Aqueste es el deseo que me lleva,
a que desee tornar a ver un día
a quien fuera mejor nunca haber visto.

    Pregunto: ¿quién no ha padecido, alguna vez, tan brutal conflicto interior? Sorprende (deleita) la perfección formal de los endecasílabos. También el equilibrio logrado entre la ¿caprichosa? forma y el ¿reflexionado? fondo. Pero lo que zamarrea fuertemente al lector es la verdad que grita, a los cuatro vientos, el poeta. He dicho: la verdad. No es, la suya, poesía particular. Es universal. La del más grande sonetista español de todos los tiempos (sus iguales en la élite fueron Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Miguel Hernández y José Antonio Muñoz Rojas. Opinión personal): Garcilaso de la Vega. Escribió este yo no sé cuándo ni dónde el soneto traído aquí (nº XXVI) de fácil y bella factura y de no menos bella y fácil lectura que, me da a mí, no deja indiferente a nadie. 
     Daría lo que fuera por haber presenciado, in situ, la escena: Garcilaso escribiendo Echado está por tierra el fundamento y lo que sigue.
     Me postro ante el poeta perito. 

viernes, 29 de junio de 2018

283/ "Ego sum"

La primera experiencia capitalina de Juan Ramón Jiménez fue publicada en El Sol (1936). La transcribiré: 
     “Villaespesa, acabando todos de subir los doscientos escalones, me pidió que le leyera en el acto mis versos; y sin preocuparme de otra cosa, sin ver ya nada ni a nadie, bajamos los dos los doscientos escalones, entramos en el café que había en la misma casa, y allí, mientras no sé si tomábamos no sé qué, le leía todos mis versos, mi profuso libro Nubes, sentimental, colorista, anarquista y modernista, de todo un poco, ¡ay!, mucho. Llovía largo fuera; dentro, humo, plomo, férreo estrépito diferente. Yo en ninguna parte. Cuando quise almorzar, cené”.
    Es difícil abstraerse de la obra propia. Máxime cuando esta se lee a alguien. Ello equivaldría, para el poeta, a darse a sí mismo la anchurosa espalda. Yo lo juzgo muy sano. Y humano. Y galano. Y espartano. Incluso hasta un arcano... 
     El ego no conduce a ninguna parte. O sólo a ti solo (esto lo sostendría JRJ). 
     ¡Que lance el primer alejandrino quien esté libre de egolatría! ¿Nadie entre los poetas? 
     ¡Que lance la primera frase quien esté libre de egolatría! ¿Nadie entre los novelistas, cuentistas, ensayistas…?    

martes, 29 de mayo de 2018

282/ Las vanas ínfulas

Hay una circunscripción territorial misteriosa (por desconocida) de la literatura en la que nadie ha puesto jamás un pie. Otras circunscripciones afines son la del historiador y la del teórico literario. Las mismas que pueden (o no) corresponderse con esa por la que el lector se incursiona cuando le dejan o se deja. Aquella (la circunscripción misteriosa) queda en el limbo de lo por venir (pero nunca viene): ni el más avispado erudito podrá rozarla siquiera con la punta del zapato. Queda, pues, en el ámbito profundamente oculto de la mente y del espíritu del autor. 
     Defiendo a pie juntillas la existencia de una literatura distinta a la escrita y leída por todos y por todos descuajaringada y analizada hasta el micro-detalle e interpretada a la luz de la conciencia. El escritor la lleva consigo a la tumba. Y entonces, dicho sea al modo galo, c`est fini. O tanto monta: nada sabremos, ya, de su verdadera intención (la de la obra o la del escritor: ambas pueden divergir) ni de sus orígenes por cercanos o remotos que sean. La explicación es menos enrevesada que profunda: el autor no tendrá la certeza absoluta de haber dicho lo que, en efecto, dijo o quiso decir en última instancia. 
     Carlos Fuentes dixit: “escribir un poema es como hacer una carambola cuando jugamos billar”. O algo así. Cito de memoria. Yo digo: “escribir literatura es aproximarse a lo que uno pretende escribir cuando escribe, o cree que escribe, literatura”.