viernes, 5 de junio de 2020

323/ Del vicio de leer

Juzgo pocas cosas en la vida tan estimulantes como el impulso de leer un libro en tanto se está leyendo otro. Tal es el fundamento del lector voraz. Otro prototipo hay: aquel que lee varios títulos sin aguardar a completar la lectura de ninguno para continuar leyendo cualquiera de ellos cuando lo estime oportuno. He conocido pocos lectores con este talante. Alguno respira aún. Mi amigo Alberto Pareja Campos viene al caso. Él es un monomio en toda regla. Lo digo en un sentido de excepción y salida a escape si ronda cerca el hombre masa. Yo le alabo el gusto.
     Mi estilo lector es otro: enlazo títulos pero subyugándome al yugo de la maravillosa dictadura del punto final. Nadie vea un oxímoron de mal gusto o ideológico, ¡Siddhartha Gautama me libre!, en la expresión “maravillosa dictadura”. No existe este. Téngase presente la acepción sexta del segundo término: “Predominio, fuerza dominante”. Conque…
     Decía que no hallo nada semejante a la felicidad que produce el impulso lector al unísono con otro impulso lector en quien lee con (o sin) asiduidad. Hombres y mujeres los poseen (impulsos) de variadísimo pelaje. Comprar. Vender. Entrar. Salir. Apechugar. Huir. Amar. Odiar. No seré yo quien les niegue eficacia y entusiasmo. Ninguno podrá compararse con el lector: saldría escaldado.
     Yo ya le he echado el ojo izquierdo al libro que sucederá en mi sacro tiempo de lectura al nefasto La carta esférica de Arturo Pérez Reverte que con el derecho (con el ojo derecho) leo. Silenciaré su título. Impepinable: el lector propone y la vida dispone. Para qué consignarlo aquí si, a lo mejor, no puedo acometer la lectura de lo que se encastilla tras él. A veces andorreo andurriales de dudosa moral estilística (páginas heterodoxas del alma mía).
     Cristina Pardo enunció la otra tarde esta frase: “Los escritores debéis seguir escribiendo para que los lectores podamos seguir leyendo”. O similar. Parafrasearé a Cristina así: Los escritores debemos seguir escribiendo para que los lectores podamos seguir leyendo (Juan Palomo dixit).
     No de cualquier manera. Fernando Alberca menciona en el libro Pequeños grandes lectores (Vergara) “once operaciones que componen el proceso de la lectura correcta”. Y son…
     Uno: Velocidad.
     Dos: Comprensión.
     Tres: Imaginación.
     Cuatro: Conocimiento referencial.
     Cinco: Lectura textual de signos de puntuación y de otras marcas gráficas.
     Seis: Expresión (articulación, pronunciación y entonación).
     Siete: Hábitos posturales.
     Ocho: Movimientos de los ojos.
     Nueve: Concentración.
     Diez: Retención.
     Y once: Acierto en el proceso mental.
     ¡Cuidado!: el mentado libro atufa a Opus Dei. Elitismo. Exclusividad de uno o del familiar de uno y no del otro. Amor divino. Poder. También lo que sigue: el placer (con todas sus letras y en mayúsculas niqueladas: P-L-A-C-E-R) puesto bajo sospecha de continuo. Lo que en modo alguno constituirá impedimento para disfrutar su lectura. O para sacarle a esta provecho. Tanto monta. Eso sí: más interesará al pedagogo que a ningún otro.

jueves, 28 de mayo de 2020

322/ ¡Alegría!

OPINIÓN

En “La piel de toro” se otorgan premios con demasiada ligereza. Refiero los literarios y periodísticos y uno que otro musical (no entraré en ese jardín). Podrá achacárseme que yo no he recibido ninguno de ellos y, por eso, opino cuanto expongo en esta columna. Vale. Acháquemelo quien así lo crea. Tendrá razón. A mí plim. Insisto: aquí no prima la excelencia cuando el fin último es premiar sino algo en exceso alejado del principal excusador de la vanagloria (la mentada excelencia): los dineros. O su primita hermana: la conveniencia. Quiere decirse: de grupo empresarial. O: la consanguinidad habida entre el otorgador y el recibidor del premio. O: la consanguinidad habida entre uno o varios miembros del jurado y el ganador del premio. He dicho: consanguinidad. También podría decir: afinidad ideológica. Esta es una intuición arrogante. Cuando uno lee la primera página de la novela finalista del Planeta y se da de bruces con una prosa digna de cualquier estudiante de ESO o Bachillerato, seguro estoy, recapacita y piensa para sus adentros: ¡Maravillosa sencillez! Cada quisque sabe que quedar finalista del Planeta es ganarlo por lo bajini. Si esa página acaparara espontaneidad tendríamos, ya, la perfección. Todo esto siguiendo la tesis de Juan Ramón Jiménez. Cuando uno lee un artículo galardonado con el Mariano de Cavia y advierte que lo ha concedido ABC a un tal Arturo Pérez Reverte y que este escribe en un semanario perteneciente al mismo tinglado empresarial donde se encastilla ABC, ¡tate!, reflexiona y concluye: ¡qué pluma la de este espécimen con tanto y tan bien definido plumaje! Si el plumaje de rigor fuese (in)definido no hablaríamos nada. Pero lo es: definido. Tales despropósitos suceden en este país (“perdone: ¡Se dice España!” La vocecita de duende de “El caballerito español” ha irrumpido de improviso. Excúseme don José María: en España quería decir) y lo dejan a uno boquiabierto. Ahora compararé aunque hacerlo equivalga a desembocar en el odio. Enrique Vila Matas ha escrito cientos de artículos muy muy superiores en gracejo y erudición libresca al premiado (el de Reverte: La posada de Dickens. Búsquenlo). ABC no convoca al bonachón de Enrique. ¿Puuurqué? Juan José Millás supera de corrido a Reverte en lo ficcional (esencia de la literatura de vuelo alto) y lo demuestra en cada artículo y libro que escribe: tiene voluntad de excelencia. ABC no invoca (tampoco convoca) a Millás. ¿Puuurqué? Ahora caigo: Juanjo no es periodista. Hummm. Dicen que escribir en España es llorar. Yo añado: y reír. Yo, ahora, estoy desternillándome. Llevo tanto tiempo aquí que soy invulnerable al espanto.
     Y, ¡alegría!

lunes, 25 de mayo de 2020

321/ A diestro y siniestro

OPINIÓN

Ser de la Izquierda es, como ser de la Derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la Hemiplejía moral (José Ortega y Gasset)

De un tiempo a esta parte no puedo evitar pensar que la ideología es el mal mayor de la especie humana. Yo entreveo dos discursos envenenados en el mundo. Uno: el mediático. Y dos: el político. Los (H)unos y los (H)otros se emplean y empeñan en hacernos comulgar con ruedones de molino del Siglo de Oro. Cada jornada hay oportunidad de comprobar esto que vengo sosteniendo. Donde he dicho `mediático´ digo “periodismo y periodistas” y donde `político´, aquí a secas, “partidos”. Los periodistas: columnistas y tertulianos (algún escritor hay). Ya saben: blablablá a mansalva. O: ratatá a tontas y a locas. Rellenar espacio resulta dificultoso. Mucho. Démosle el mérito que merecen. Pero para `partidos´ los políticos partidos. Partidos, estos, por el meloso poder (plata. ¿O debiera decir: grana y oro?) y por esa dolencia que voces agoreras y viperinas dan en llamar: “Gastroeconomititis”. Uno de sus síntomas es irse por la pata abajo el adepto al estado de bienestar en tanto que el hacedor del mismo tose y estornuda y permanece en una cama de Hospital y hasta parece que respira y habla con dificultad y se le han henchido las gónadas masculinas (testículos) o femeninas (ovarios). ¡Quite, quite, la huchaca llena y después departimos de lo que usted quiera! Empiezo a considerar en su amplitud semántica lo que decía mi abuelo: “Vine en cueros y estoy vestido. ¿Qué más puedo pedir?”. Nada. El precio devendría demasiado caro: tumbada no a la bartola en cualquier hamaca del Caribe colombiano sino en un camastro frío de Hospital españolito y acechado por la Parca. Perdónenme la digresión. ¡Yo he venido a hablar de mi libro! Mejor todavía: de un extracto del libro (soporífero y convencional y cansino y más de lo mismo y erre que erre con la burra al trigo y yo no sé si bestseller) de otro. Su título: La carta esférica (Arturo Pérez Reverte). ¡Al menester! El extracto: “Era el nostos de los héroes homéricos: el retorno y la soledad de los últimos guerreros que regresaban a casa tras la batalla, para ser asesinados (…) o perderse en el mar, víctimas de la cólera [léase: de la COVID] y el capricho de los dioses”. Sí: refiero los sanitarios. ¿Primarán ellos la economía sobre todo lo demás? Permítanme que me rasque, perplejo, el cogote y emita un “ay” desgarrado y juicioso. Arrojaré un típico tópico de cierre: ¡Esto es España!

miércoles, 20 de mayo de 2020

320/ Alabanza encarecida

Quisiera, hoy, poner en negro sobre blanco unas líneas con las que soñaría cualquier poeta inédito. Aludo a un hecho poco o nada propicio a la vanidad de algunos autores: la alabanza encarecida a la obra ajena. De ordinario aquellos que echan flores sobre el trabajo de otros se consagran a dos labores excluyentes entre sí: mentir a hurtadillas y decir verdad con, quizá, fondo de envidia.
     El caso que airearé aquí no adolece, creo, de ninguno de esos vicios. Y no hablo de la “confección” de un prólogo. Eso sería una horterada: habría un beneficio del febril alabador. No. Refiero una carta: la que remitió Juan Ramón Jiménez a Rafael Alberti a propósito de su Marinero en tierra. No tiene desperdicio. Jiménez era rara avis hasta cuando alababa. Todo quisque lo sabe. No así (o no tanto) el del Puerto de Santa María. La carta abajo transcrita contiene, me parece, una alabanza que profesa autenticidad. Júzguelo el lector de esta bitácora.

Madrid: 31–mayo–1925

Sr. D. Rafael Alberti
Madrid

Mi querido amigo:
     Cuando José Mª Hinojosa, el vívido, gráfico poeta agreste, y usted se fueron, ayer tarde (…), me quedé leyendo su Marinero en tierra. Las poesías de este libro (…) me sorprendieron de alegría (…) Ha trepado usted, para siempre, al trinquete del laúd de la belleza, mi querido y sonriente Alberti. La retama siempre verde de virtud es suya. Con ella, en grácil golpe, ha hecho usted saltar otra vez de la nada plena el chorro feliz y verdadero. Poesía “popular”, pero sin acarreo fácil: personalísima: de tradición española, pero sin retorno innecesario: nueva, fresca y acabada a la vez; rendida, ájil, graciosa, parpadeante: andalucísima (…).
     Le voy a decir a El Andaluz Universal que adelante un Sí, para que pueda lucir todavía en el aire lijero de esta goteante primavera, la tremolante cinta celeste y plata de su Marinerito. Y mandaremos enseguida ejemplares (…).
     Enhorabuena y gracias de su amigo y triple paisano: por tierra, mar y cielo del oeste andaluz,

     Juan Ramón
     Lista, 8

     Yo tengo la mismísima opinión que el maestro. 

martes, 12 de mayo de 2020

319/ A contralibro

Aprecio al autor que no le duelen prendas en reconocer que acaso no cabe todo en un libro. Anexémosle al dicho el hecho. Tiene, ahora, la palabra el narrador de La carta esférica: “Coy dudó en silencio. Había leído toda su vida sobre el mar, y nunca había encontrado allí nada sobre el grito de angustia de una marsopa que salta en el agua con el flanco arrancado por la dentellada de una orca. Ni la noche más corta de su vida, con el alba iniciándose encadenada al crepúsculo en el horizonte rojizo de la rada de Oulu, a pocas millas del círculo polar ártico. Ni el canto de los Kroomen, los estibadores negros en el castillo de proa una noche de luna frente a Pointe-Noire, Congo, con las bodegas y la cubierta llena de troncos apilados de okumé y akajú. Ni el estrépito aterrador de un Cantábrico donde cielo y mar se confundían bajo una cortina de espuma gris, senos de 14 metros y vientos de 80 nudos, con las olas deformando los contenedores trucados en cubierta como si fueran de papel antes de arrancarlos y llevárselos por la borda; la dotación de guardia sujeta en cualquier sitio del puente, aterrada, y el resto en los camarotes, rodando por el suelo contra los mamparos, vomitando como cerdos. Era como el jazz, a fin de cuentas: las improvisaciones de Duke Ellington, el saxo tenor de John Coltrane o la batería de Elvin Jones. Tampoco eso podía leerse en los libros” (Arturo Pérez Reverte. Op. cit. Punto de lectura, 2004. Pág., 193).
     Yo siempre he venido sosteniendo lo siguiente: “Todo está en los libros”. Me hallaba equivocado. “Todo no está en los libros”. Por dos motivos. Uno: el libro va en zaga del hombre aunque este sea más desmemoriado que aquel. Y dos: para que un libro, o conjunto de ellos, encierre todo habría que registrar en sus páginas los sueños y entresueños y las esperanzas y las inefables abstracciones y…
     Nada importa nada. Seguiré en pos de esa totalidad libresca. La infalibilidad no es mi fuerte. O: la falibilidad es mi suerte. Ojo: he dicho “suerte”. Si “todo no está en los libros”, al menos, “casi todo estará en los libros”. Eso quiero creer con base en un hermoso y recto apotegma. A saber: “La imaginación es más importante que el conocimiento” (dicen que lo dijo Einstein. ¿Será cierto? Debiera, por la cuenta que nos trae, serlo. ¡Y que Buda nos pille confesados!).