lunes, 18 de abril de 2016

228/ La primera en la frente

Un brillo especial aflora a las niñas oculares del lector cuando éste se topa con una obra maestra. Y su viejo mundo se desmorona. Los cimientos que lo sustentan se resquebrajan y oscilan sus pilares fundamentales. En cualquier lapso puede venirse abajo la estructura. Los ojos no dejan de barrer la página. De izquierda a derecha. De arriba a abajo. Y vuelta a empezar en la siguiente. Con cada nueva página, exaltado ya, su mundo que de apoco se resquebraja empieza a perder aristas. Salientes. Esquinas. Esos fragmentos caen al piso y se convierten en polvo. Dura es la caída. La distancia habida desde el voladizo superior hasta el suelo de tal mundo es notable. Los cascotes precipitados suman dígitos. El piso es un polvero. Del polvo resurgirá otra estructura. Otro mundo. Otro lector. Otro hombre.
     Lo metafóricamente arriba expuesto he podido experimentarlo al leer Los confines (Andrés Trapiello. Booket). Mi horizonte psicológico ha mudado en anchura y hondura: ya no es (ni será) el que fue. El tema es el incesto. Entre hermanos. El tema es el amor. El tema son las relaciones de pareja. El tema es el poder que tiene el dinero de transformarlo todo. El tema es la ética. El tema es la moral. El tema son los prejuicios sociales. El tema es el instinto. El tema es la sombra alargada de la tradición. Dos sub-historias emergen en pleno desarrollo de la Historia (con mayúscula) de la novela. Ambas dramáticas. Cada una con sus dimes y diretes pero en ningún caso indignas de la principal. Sabia técnica la manejada por el autor: entrelazar argumentos sin velar la columna vertebral de la trama novelística. Ésta se envuelve en uno (un argumento) que es bisagra de los otros dos.
     Me congratula el respeto con que Trapiello trata tan temido tema. No se deja influir por el loco placer de narrar, en tan delicado extremo, escenas de cama. Es lo emocional lo que prima y seduce. Lo intelectual. Acciones concretas de uno que otro personaje despuntan. Pero el peso y poso del discurso narrativo recae en los pensamientos y en la perspectiva vital de la narradora protagonista (hermana del protagonista). Incestuosa pareja, ésta, que obliga al lector a zamarrearse. A convencerse de lo erróneas que resultan sus prevenciones psicológicas. El resto de personajes no son meros comparsas: dejan su huella indeleble en quien lee sus peripecias. He aquí otro acierto de la novela: el equilibrio logrado entre actores y anécdotas que brilla en una atmósfera progresivamente desangelada y opresiva y gris. 
     Tampoco desmerece la metaliteratura implícita en la obra. Ficción versus realidad. Jugoso juego. Algo manido ya. Siempre recurrente. Al lector (idealista) que se cree lo que lee bien le sabe. Por más que se haya enfrentado a ello repetidas veces. Al lector (realista) que no suele creerse lo que lee le magullará sus adentros. Suerte que uno no pertenece a tan viciado grupo porque es unamuniano: Niebla. Borgiano: Ficciones. Y cervantino: Don Quijote de la Mancha. Suerte.                     

jueves, 14 de abril de 2016

227/ El mundo boca abajo

Amado Nervo nos legó esta joya:
     
     Atiborrado de filosofía, 
     por culpa del afán que me devora, 
     yo, que ya me sabía 
     dos gramos del vivir, nada sé ahora. 

     De tanto preguntar 
     el camino a los sabios que pasaban, 
     me quedé sin llegar, 
     mientras tantos imbéciles llegaban…
     
     Su título: En panne. Léase: Averiado. O escacharrado. O estropeado. O estancado. El franchute no es lo mío.
     Vislumbro, aquí, dos causas del pesar del yo poético. Una: que los sabios no son tales. Y dos: que el tonto soy yo (con mi filosofía y todo) por preguntar repetidas veces y no aclararme lo suficiente o nada de nada. 
     ¿Será que habemus sobre-información?  
     El imbécil resulta ser el que sabe. No cuestiona. Él (o ella) arriba al final del camino. Dos substancias entreveo ahora. Una: que aquél no es tan imbécil. Y dos: que aquél lo es (imbécil) sin saberlo. Saber significaría detenerse. ¿Y el afán? ¿Pero afán de qué? ¿De saber? ¿De conocer? ¡Tate!: de hacer. Aquel que hace (no tanto aquel que piensa) acaba conquistando su mando en plaza y lo que le echen por delante y por detrás.
     Eruditos del mundo: mi enhoramala. 
     Indoctos e incultos del mundo: vuestro será el reino de los cielos. Mi enhorabuena.

miércoles, 23 de marzo de 2016

226/ "La vida secreta de las palabras"

Lo que más reconforta es el perdón valorado y la promesa posterior cumplida. Lo que más reconforta es la aceptación, sin miedo, de la culpa. Lo que más reconforta es besar y abrazar el entusiasmo. Lo que más reconforta es no cometer falta alguna y no recibir, por ello, ningún puntapié. Lo que más reconforta es enterrar la semilla del cariño para recoger el fruto del aprecio. Lo que más reconforta es no verse obligado a dejar ir con la finalidad de no ser esclavo de las emociones. Lo que más reconforta es percatarse de que alguien es quien se creía que era. Lo que más reconforta es saberse a salvo de la propia ignorancia. Lo que más reconforta es darse al ciento por ciento a quien solo se da al veinte o al treinta, pero ¡qué veinte!, pero ¡qué treinta! Lo que más reconforta es la paz entre los sexos. Lo que más reconforta es el encanto producido por un comportamiento inmaduro e inocente. Lo que más reconforta es la felicidad que se deriva de verlo y de oírlo todo y hacer pensar al par que no se oye ni se ve nada. Lo que más reconforta es querer sin el artificio del querer querer por el hecho de que las circunstancias sean desfavorables. Lo que más reconforta es la voluntad aplicada a la búsqueda de un compromiso. Lo que más reconforta es la perturbación que se erige contra la imperturbabilidad. Lo que más reconforta es el respeto. Lo que más reconforta es la confianza. Lo que más reconforta es subir peldaños hasta el rellano de la última planta del bloque de pisos de las relaciones humanas. Lo que más reconforta es la vida secreta de las palabras que, al cabo, se muestra con cada gesto. Lo que más reconforta es la comunicación. Lo que más reconforta es una mirada que no rehuye (pudiendo rehuir) y una palabra que se pronuncia (pudiendo no pronunciarse). Lo que, con diferencia, más reconforta es la lealtad de una amiga.  

jueves, 17 de marzo de 2016

225/ Injusticia literaria

Sostiene Julio que los indios son unos fanáticos religiosos. Sostiene Julio que los chinos son (al igual que los indios) unos incivilizados. Sostiene Julio que los norteamericanos son unos cabezotas temerarios. Sostiene Julio que los ingleses son unos preceptivos y unos flemáticos. Todo lo dicho sostiene Julio Verne en La vuelta al mundo en ochenta días. Obra menor. Obra insulsa. Obra elevada al Olimpo de las obras, a mi juicio, inmerecidamente. 
     En la página 155 no llevo “vividas” más de cuatro aventuras. Nota: el total de carillas del volumen que manejo es 200. El resto, selva. La de los trayectos en paquebote y en tren. No hay reflexiones. Acaso una. O dos. No más. No hay frases sugerentes. Acaso ninguna. No más. Tres aciertos hay. Uno: el perfil psicológico de Fhileas Fogg y el de Passepartout (formidable Cantinflas… El mejicano interpretó al sirviente de Fogg en el cine). Dos: la representación del valor de la lealtad en la amistad. Y tres: la inducción al viaje. Leer esta historia y desear viajar es todo uno. Pero viajar sin haber leído esta historia es factible. Innecesaria resulta. También sobrante. También cargante. También mareante. Tanto como las descripciones paisajísticas en que abunda. Por más que éstas sean breves. Al lector (digámoslo así) le importan un bledo. No añaden nada a la historia. ¡Nada! Un mero relleno con, a veces, fechas y datos históricos como colofón del pastel. 
     Concluyo: ¡chasco grande!    

lunes, 14 de marzo de 2016

224/ Un recuerdo

Surge, el mismo, de aquí: “El buen chico había comprado unas cuantas docenas de mangostanes, grandes como manzanas, de un marrón oscuro en su exterior y de un rojo resplandeciente en su interior, y cuyo blanco fruto, al fundirse entre los labios, procura a los auténticos sibaritas un placer inigualable” (Julio Verne. La vuelta al mundo en ochenta días. Ediciones Rueda. Madrid, 2001. P., 86). 
     Me explicaré: los sábados o domingos mi padre y yo, tras una larga travesía matutina en bicicleta, rendíamos itinerario en el aeropuerto de Granada. Por el camino nos proveíamos del fruto que da nombre a la ciudad andalumora. Había en la linde de la carretera unos (del todo extraordinarios) Punica granatum en sempiterna florescencia. Explosión de agridulzura en la boca. Contemplábamos, allí, despegues y aterrizajes de aviones de Iberia y de Aviaco absolutamente extasiados. Él y yo. Nadie más. 
     Luego eran los renacuajos de la fuente aeroportuaria. Éstos constituían mi máxima ilusión. Verlos nadar como espermatozoides turulatos. Tenía yo ocho o nueve abriles y el mundo era maravilloso.
     Los mangostanes de Verne me han traído a la memoria las granadas de mi padre y mías. Y de éstas a todo lo demás hay un trecho solo: el de la infancia vivida. ¿He de aclarar que la que firmo yo queda enmarcada en los reflejos de un cielo granadí? 
     Pues eso.